Schrader contra Schrader: “Dog Eat Dog”

dog%20eat%20dog%20poster%20cropPuede que por la situación de decepción y posterior resignación que le provocara el hecho de que los productores mutilaran hasta lo irreconocible su última película, Caza Terrorista (2014) para convertir lo que se pretendía un vitriólico thriller político en un mediocre actioner a sumar a la lista de pelis de Nicolas Cage directas a video (si alguien quiere saber más, escribí sobre el asunto en este post de mi antiguo blog en la web de Fotogramas) o por ese poso de cinismo y estar de vuelta de todo que te da la experiencia y el paso de los años en una jungla como la de Hollywood (sobre sus cloacas y la muerte de ciertos géneros también reflexionaría en la irregular The Canyons), Paul Schrader ha decidido restar importancia a su obra y su figura desde las primeras entrevistas a propósito de su nuevo film, que pudo verse fuera de concurso en el pasado Festival de Cannes. “He escrito y dirigido películas importantes, pero esta no es una de ellas”, es uno de los mantras que ha repetido hasta la saciedad a propósito de Dog Eat Dog, sórdido thriller de criminales de baja estofa cargado de suciedad y humor negro que mantiene la mayoría de inquietudes temáticas de la trayectoria del director de Aflicción –personajes incapaces de soltar el lastre de su pasado, arquetipos marginales, sin familia ni amigos, en constante búsqueda de una quimérica y, a la postre, catártica redención- pero despojadas (en la forma) de la carga trascendental de films como Taxi Driver, Toro salvaje, Al límite o Posibilidad de escape,  en una película que se mira a sí misma desde una distancia lo suficientemente irónica como para no verse perjudicada por comparaciones con ese pasado siempre tan subyugante en la trayectoria profesional de su autor.

Resulta significativo, en el sentido de que nos encontramos ante una propuesta cargada de este tipo de duplicidades, el hecho de que el propio Schrader se guarde para sí mismo el papel del bronco hampón que guía los designios de un trío de ex-presidiarios imbéciles en busca de un último golpe que les pueda permitir huir de sus miserables vidas en torno a mugrientos clubes de alterne y drogas duras, bajo el permanente estado de paranoia de quien sabe que no va a tener una segunda oportunidad de coger el tren que pasó mientras vivían entre rejas. Antes, y a modo de alucinado prólogo que recuerda en su concepción estética y granguiñolesca resolución al universo creativo de John Waters, el director deja claro que el personaje con el que pretende dar carpetazo a toda una vida de arquetipos inherentes a su universo es el de un inabarcable Willem Dafoe (actor presente en buena parte de la filmografía de Schrader), a quien Nicolas Cage cede el testigo de los excesos lisérgicos y verborrea incontenida de su Teniente corrupto con admirable generosidad y profesionalismo.

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Comentábamos en una conversación tuitera el crítico de Fotogramas y amigo Gerard Alonso y el autor de este blog el indudable regreso a algunos de los parámetros del thriller de los noventa que suponen tanto The Canyons (en este caso, el erótico) como Dog Eat Dog (en su vertiente criminal, referencia a Nirvana incluida), a pesar de contar con algunas diferencias en cuanto a los referentes. Él se refería a los barriobajeros y posmodernistas relatos quinquis del primer Guy Ritchie (Un apunte: Dog Eat Dog está basada en una exitosa novela de Edward Bunker, que participó como actor en Reservoir Dogs, germen de ese pulp noventero, interpretando al señor Azul) mientras que yo pensaba en la particular concepción del noir americano de los hermanos Coen o en los primeros films de aquella década de Abel Ferrara, todos ejemplos más que válidos. De cualquier forma, en lo que sí deben coincidir todos los espectadores con un mínimo de curiosidad por trascender sus imágenes (ojo a una soberbia puesta en escena capaz de extraer elegancia de la mugre) es en que Dog Eat Dog funciona de igual forma como sarcástica reflexión acerca del sitio que ocupan cineastas como Schrader en el panorama de autores actual que como contenedor de toda la porquería que la nostalgia ochentera escondía bajo la alfombra.