Los mártires de la galaxia: “Rogue One: Una historia de Star Wars”

 

Star Wars: Rogue One..L to R: Actors Riz Ahmed, Diego Luna, Felicity Jones, Jiang Wen and Donnie Yen..Photo Credit: Jonathan Olley..©Lucasfilm 2016

Hay en Rogue One: Una historia de Star Wars (Gareth Edwards, 2016), primer spin off de la nueva expansión del universo creado por Lucas que Disney ha puesto en marcha, un elemento claramente diferencial con respecto al (para mí, muy disfrutable, aunque es una opinión poco compartida en el mundillo del periodismo cinematográfico/crítica) episodio VII de la saga realizado por J. J. Abrams, que la convierte, con todas sus irregularidades, en una muy estimable aportación, a modo de pie de página, a ese vacío argumental que existía entre el último capítulo de la “nueva” (hablando en términos de fecha de producción”) trilogía, La venganza de los Sith (George Lucas, 2005), y el primero de la de “toda la vida”, La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), a posteriori bautizada por su creador, una vez completó las precuelas, como Una nueva esperanza. Y es que hay que reconocer que, aunque la jugada saliera maestra y sirviera tanto para contentar a fans como para captar nuevos espectadores, el mérito de Abrams estuvo en su habilidad para repetir la plantilla del film primigenio al tiempo que sustituía personajes ya existentes con nuevos llamados a desempeñar un rol parecido a sus antecesores, pagando los peajes correspondientes a los tiempos que corren y estableciendo una interesante digresión sobre el paso del tiempo en el cine y el papel decisivo del fandom y la nostalgia en la construcción del nuevo mainstream de masas.

Sin abandonar la fórmula, Rogue One es otra cosa, por más que sus evidentes problemas de producción (tijeretazos y reshoots que afectan sobre todo a la parte central del film y a personajes como el de un nefasto Forest Whitaker) impregnen al conjunto de una irregularidad por momentos molesta incluso para el fan más radical. Su planteamiento argumental y la creación de nuevos personajes (en su mayoría, y salvo el caso de Donnie Yen, bastante escasos de desarrollo y carisma), aunque no sean nada del otro mundo, transmiten una sensación que no se daba con El despertar de la fuerza: la de estar viendo algo novedoso, o, al menos, distinto a la que ofreciera Abrams con respecto a la saga. Estas diferencias no están sólo en el hecho de la obligación de inventar una historia desde cero que sirva como puente o explicación a uno de los hechos clave del primer film o episodio IV, el cómo los rebeldes consiguieron hacerse con los planos de la Estrella de la muerte, sino también en el tono del film -sin perder los golpes de humor, bastante más dramático, por momentos fatalista- y el trabajo tras las cámaras de un Gareth Edwards que, como ya hiciera en su injustamente infravalorada e interesantísima Godzilla (este sí, uno de los blockbusters más arriesgados de los últimos años), se guarda las mejores cartas para el tramo final del film, acaso el menos perjudicado por las injerencias de los ejecutivos.
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Rogue One no es un film tan fluido como El despertar de la fuerza, y puede que sus personajes no estén dotados del mismo carisma (las interpretaciones son, en general, bastante flojas, si dejamos de lado el par de ratos del siempre estupendo Mads Mikkelsen) pero tiene un sello de autenticidad tan sólo difuminado en sus instantes más convencionales -el prólogo, correcto pero mil veces visto; la innecesaria aparición final de Darth Vader repartiendo sablazos láser, concesión forzada a los fans- que alza el vuelo en el fragor de la batalla a partir de uno de los instantes más memorables que ha dado la saga, el del caminante acorazado que surge de entre la neblina (un plano recurrente en la corta filmografía de Edwards), a partir del cual la película ofrece 40 minutos de un clímax repleto de pequeñas piezas de cine sublime hasta llegar a una de las resoluciones más bellas (y arriesgadas) que se pueden ver hoy en día en un film de estas características. Es la rebelión de un Edwards cuya quijotesca y agotadora lucha por imprimir un sello personal a un universo con tantas reglas de producción preestablecidas puede asemejarse al empeño de ese grupo de mártires galácticos por propiciar una nueva esperanza cuando todo parecía estar perdido.