“Train to Busan”, fuego y cenizas

train-to-busan-2Las dos conclusiones principales que se pueden sacar después de ver una película como Train to Busan (Yeon Sang-Ho, 2016) no son demasiado positivas: la primera es el absoluto agotamiento de la fórmula zombies/infectados (táchese lo que proceda, no vaya a ser que se nos enfaden los puristas de George A. Romero, en este caso parece ser más del segundo término), la cual comenzó a vivir un importante revival a principios de siglo con películas tan importantes dentro del género fantástico moderno como 28 días después (Danny Boyle, 2002), Resident Evil (Paul W. S. Anderson, 2002); Amanecer de los muertos (Zack Snyder, 2004) o Zombies Party (Edgar Wright, 2004) para crear una burbuja que fue cada vez acercándose más a los componentes habituales del blockbuster con gente como Will Smith o Brad Pitt: ahí están las mediocres Soy Leyenda (si bien en esta teóricamente eran vampiros) o la mutiladísima Guerra Mundial Z (Marc Forster, 2013), por no hablar de subproductos como la legendaria cutrez House of the Dead (Uwe Boll, 2003) o comedias intrascendentes al estilo de Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009), tan aplaudida en su día como olvidada en la actualidad. Al final, el fenómeno zombie ha acabado encontrando la sinergia perfecta con su fandom en la longeva e irregular serie de televisión The Walking Dead (2010-Actualidad), inicialmente creada por Frank Darabont; la segunda conclusión tiene que ver con el exagerado recibimiento positivo que ha tenido en la crítica española el film de Sang-Ho, al parecer por su procedencia surcoreana, cinematografía que vivió su década dorada entre la cinefilia europea con la exportación de films de cineastas como Kim Ki-duk (Hierro 3), Park Chan Wook (Old Boy), Na Hong-jin (The Chaser), Bong Joon-ho (Memories of murder) o Kim Jee-woon (I Saw the Devil) pero cuya ambición comercial ha ido virando progresivamente hacia las formas más reconocibles del mainstream occidental, con una evidente y progresiva pérdida de la identidad que hizo a ese cine único y perfectamente reconocible, despersonalización de la cual Train to Busan es un ejemplo perfecto sin resultar una película del todo despreciable.

Más allá de su intermitente atractivo visual, el buen aprovechamiento del espacio y algún momento inspirado de puesta en escena, la cual nunca llega a explotar su potencial -ese amago de presentar las peleas en los vagones al estilo del travelling lateral que tan buen resultado dio a Chan Wook en Old Boy, diluido finalmente en convencionales montajes a base de planos cortos-, lo cierto es que Train to Busan no ofrece mucho más de lo que podría hacer cualquier blockbuster norteamericano al uso, sino que más bien reincide en errores de bulto y topicazos de guion que ningún film con pretensiones de salirse de los márgenes debe rondar: la enésima y arquetípica representación del conflicto paternofilial con padre adicto al trabajo e hijo desatendido y su correspondiente carga moralista, de una banalidad digna de Mentiroso compulsivo (Tom Shadyac, 1997); la no menos sobada secuencia del “sacrificio” de uno de los del grupo de supervivientes para salvar a sus compañeros, subrayada con sensiblera música de piano…incluso el diseño y comportamiento de los “infectados” dista bastante de resultar original, una especie de mezcla entre los zombis espídicos de 28 días después y su secuela y los que aparecían en el famoso y relativamente reciente videojuego de Naughty Dog The Last of Us.

Si Train to Busan es un espectáculo de acción con toques de terror meramente aceptable no es, desde luego, por los méritos de su premisa, realmente derivativa, ni tampoco por una estructura narrativa tremendamente repetitiva, comparada por algunos con la de la muy superior Snowpiercer (Bong Joon-ho,2013) simplemente por el hecho de transcurrir en un tren y proceder de Corea del sur, sino que más bien sus méritos residen en las migajas que aún quedan de una manera de entender el cine de género que enganchó a toda una generación de espectadores: detalles como la excelente planificación de la multitudinaria set piece de la estación,  alguna imagen de poderosa fuerza poética como la del tren llegando en llamas o un par de tímidos arranques de humor excéntrico salvan la función de la mediocridad absoluta, como si aún quedaran las cenizas de un fuego sofocado hace tiempo por los vampíricos designios del mercado global.