“Tierra prometida”, utopías cotidianas

Promised Land

“No soy una mala persona”

Steve Butler (Matt Damon), Promised Land

A diferencia de otros autores como Richard Linklater o Steven Soderbergh, en los que la línea que separa sus proyectos personales de sus trabajos alimenticios está más o menos definida (bien es cierto que no tanto en los últimos años a raíz de trabajos, digamos, mixtos como Everybody Wants Some!! O Efectos secundarios), en el cine de Gus Van Sant resultaba un tanto más complicado catalogar las intenciones de un director que puede acabar resultando el menos convencional cuanto más “al uso” resulta su material de partida (veánse Mi nombre es Harvey Milk, aparente biopic de manual que acababa siendo protagonista por su atípico discurso formal) y viceversa, caer en tópicos y lugares comunes cuando se trata de films en los que el director de Kentucky da rienda suelta a sus ansias de vanguardismo experimental. En el centro, películas como El indomable Will Hunting (1999) o la propia Tierra prometida, encargos aparentemente artesanales escritos por amigos (Matt Damon y Ben Affleck en la primera, John Krasinski y el propio Damon en la que nos ocupa) que no obstante se encuentran repletos de buenos momentos de fluidez narrativa y puesta en escena con un material de base que en manos de otros bien pudiera estar más cerca de la TV Movie de sobremesa que de este magnífico drama en torno al fracking (fracturación hidráulica para la obtención de gas natural del subsuelo) y los perversos e infinitos modos de seducción de los que dispone el entramado capitalista.

Ejemplar en el modo de dinamitar los tropos del drama convencional desde dentro, Tierra prometida se aprovecha de su apariencia acomodaticia y progre para volcar los tópicos de una historia clásica de redención a través de un magnífico dibujo de sus personajes y un guion empeñado en alejarse del maniqueísmo: a partir de una base que bien pudiera ser el reverso minimalista y contemporáneo de la monumental Pozos de Ambición (Paul Thomas Anderson, 2008), el film nos presenta a un protagonista, el encarnado por Matt Damon, timorato desde la primera secuencia en que debe vender a un pequeño pueblo las bondades de la extracción de gas natural en sus tierras, un ejecutivo alienado e inseguro a quien los responsables del film, afortunadamente, pasan de mostrar como el monstruoso representante de una empresa demoniaca; tampoco como un ser carente de empatía, sino más bien como una (anodina) pieza más del perverso engranaje que mueve al monstruo de las mil caras, capaz de adoptar la forma necesaria para vampirizar a sus semejantes, alimentándose de ello. Probablemente sea éste el personaje más trabajado y rico en matices de la carrera de Damon, notable mérito de un guion – ayudado por la sensible labor de puesta en escena de Van Sant- que, a pesar de jugar con la credulidad del espectador, ayuda a definir los claroscuros de una historia con un amplio abanico de grises en sus descripciones.

Decíamos que el guion abusa de la credibilidad del espectador porque, en los últimos diez minutos de esta formidable película, sus responsables deciden tirar por una calle mil veces transitada y convertir en héroe cotidiano a alguien, que, sin embargo, no habían mostrado como un monstruo en ningún momento de su metraje. Sin embargo, hay otra lectura: tras el aparente optimismo de un epílogo utópico y condescendiente se advierte un desolador discurso sobre el comportamiento humano moderno, ese que hace cambiar de actitud a alguien por una humillación profesional y no por las muy probables consecuencias negativas que puede provocar el éxito de su labor…Van Sant, Damon y Krasinski (quien se reserva un papel tan tramposo como imprescindible) terminan por dar la vuelta a la tortilla tejiendo un falso Happy End que no simboliza más que una pequeña e ilusoria victoria en una lucha tan antigua como desgraciadamente estéril.