“El valle de la venganza”, otro hombre y su perro

Nada que ver con el western dirigido en 1951 por Richard Thorpe con Burt Lancaster como protagonista a pesar de la coincidencia de su título español (en esta ocasión, una mala traducción de In a Valley of Violence), las expectativas en torno a El valle de la venganza, versión 2016 y producción Blumhouse, estaban puestas en el trabajo tras las cámaras de Ti West, cabecilla del movimiento mumblegore junto a nombres como los de sus secuaces Adam Wingard y Joe Swanberg que entregó hace tres años su película más redonda: la imprescindible e impactante The Sacrament. Pero, del mismo modo que Wingard se ha estrellado con un insuficiente regreso a los orígenes del universo found footage con su mediocre Blair Witch (2016) tras haberse confirmado como cineasta posmoderno a seguir después de la inabarcable The Guest (2014), a Ti West se le ha visto en esta ocasión demasiado el plumero con un supuesto homenaje al género de los géneros que no hace otra cosa que reproducir tropos ya masticadísimos, confundiendo la austeridad formal que tan bien le funcionara en films como la muy interesante La casa del diablo (2008) con lo directamente cutre, haciendo que, más allá de lo derivativo de la propuesta a nivel conceptual, El valle de la venganza parezca por momentos un teatrillo de parque temático o un cosplay para nostálgicos en el desierto de Almería.

West, que tan sólo hace gala de su indiscutible talento como dilatador de tiempos en la secuencia que desencadena todos los acontecimientos, parece el menos interesado en el esfuerzo al rendir homenaje a sus westerns favoritos, quedando la cosa en un epidérmico ejercicio de reciclaje que combina la premisa inicial de la memorable John Wick (ejemplo, ésta sí, de cine de género alternativo) con la del atípico (por su desarrollo) western de Ted Post Cometieron dos errores (1968) en el que, a diferencia del film de West y para sorpresa del personal, Clint Eastwood decidía vengarse de los responsables de su fallido asesinato con formas sorprendentemente democráticas. Previsible y con algún momento de violencia explícita reseñable (ese degollamiento en la bañera), El valle de la venganza acaba evocando más aquellos discretos western B de sobremesa de canal autonómico protagonizados por Fred McMurray que los verdaderos referentes del género, a pesar de los esfuerzos de unos entregados Ethan Hawke y Taissa Farmiga (no así de un Travolta poseído por la desidia) y del indisimuladamente morriconiano score de Jeff Grace.