“Logan”, superyonkis

Justo al comienzo de Sin Perdón (1992), Clint Eastwood utilizaba la torpeza en una serie de determinadas actividades cotidianas y sin aparente dificultad (cuidar cerdos, montar a caballo) para hacer hincapié en que su personaje principal era un hombre que había tocado fondo con respecto a su pasado, un antiguo asesino implacable devenido en pacífico (y casi patético) viudo a cargo de sus hijos y un triste rancho que poco a poco recuperaría su verdadera naturaleza a rebufo del motor de los acontecimientos. En el que es, probablemente, el momento más afortunado de Logan (y hay unos cuantos estimables), un alcoholizado y demacrado Lobezno (soberbio Hugh Jackman) protagoniza una grotesca (y violentísima, estamos ante la película Marvel con mayor cantidad de hemoglobina por plano, aunque se noten las costuras digitales) pelea contra un grupo de chicanos que están intentando robarle las llantas de la limusina en la que trabaja como chófer. La dilatación de este prólogo, sustentada en las dificultades de Logan para despachar a un puñado de macarras que no le habrían durado ni un asalto en los buenos tiempos, sirve para poner en aviso al espectador de dos cosas: 1. Que estamos ante una visión, como se ha dicho hasta el hartazgo, crepuscular del personaje y el cine de superhéroes en general (lo cual, estando ante una producción Fox, no es de extrañar que mucha gente vea como una excusa para ahorrar unos millones de presupuesto) y 2. Que James Mangold va a sustentar dicha visión en elementos inherentes al western, desde los áridos paisajes en los que Logan malvive junto a un senil profesor Charles Xavier (Patrick Stewart, of course) y el grimoso rastreador fotofóbico Calibán (Stephen Merchant) hasta las nada sutiles referencias a Raíces profundas (George Stevens, 1953), que van desde introducir de manera diegética escenas del film hasta acabar reproduciendo de manera literal (y un poquito bochornosa) el discurso final de Shane, su personaje principal, en la resolución del relato.

Consciente de estar por encima de la base que maneja (y no hablamos del cómic, sino de un guión irregular y por momentos perezoso, especialmente en lo concerniente al dibujo de sus pobres villanos), James Mangold se luce en las contadas pero excelentes -e, insistimos, sorprendentemente ultraviolentas- secuencias de acción pero se pasa de frenada en su discurso metalingüístico, reduciendo a Lobezno en no pocas ocasiones a un antihéroe acabado en mero material narrativo -un discurso ya presente en el film de Eastwood comentado- y enfatizando insistentemente en la condición catártica y redentiva de su devenir, hasta el punto de malograr por momentos algunos de los detalles más interesantes de la historia, como esa colonia de niños mutantes asesinos creada por el sistema o la irregular relación paternofilial del protagonista con Lobezno y, sobre todo, el profesor Xavier, la única “historia de amor” del film.

“Superman fuma hash, Batman trafica con crack, Hulk es una pornostar…” la escasamente rigurosa letra del tema del nunca bien ponderado grupo de pop rock madrileño Pereza Superyonkis bien podría ser un ejemplo de lo que es Logan: algo realizado con gracia y destellos de talento pero demasiado pendiente de remarcar que es en todo momento consciente de su condición, subrayada en cada nota, en cada verso, o en cada línea de diálogo, en cada plano. El cierre de Mangold a la trilogía del personaje es un interesante e irregular ensayo multiforme sobre las diversas formas posibles de acabar con el que ha sido un símbolo de la cultura popular durante los últimos quince años, aunque al final, más que un western (género al que guiña el ojo más que estrechar la mano) acabe resultando un violento pulp fronterizo de serie B en el que los mayores atractivos son, como viene siendo habitual, más de forma que de espíritu.

  • bloodykraken

    Cuando leí “enfatizando insistentemente en la condición catártica y redentiva de su devenir” deje de leer, hay personas muy enamoradas de si mismas.