Hay maneras y maneras de dar la espalda a la cámara. Una es girándose ciento ochenta grados y marchándote por donde has venido; la otra es siendo John Wayne y llevándote a cuestas el vacío de un hogar irremediablemente perdido, meditabundo y cabizbajo, a sabiendas que el mundo no acoge de buena gana a tipos de tu calaña. Así se apaga Centauros del desierto. Digo se apaga porque películas así empiezan, pero no se terminan nunca, tal es el poder evocador de sus imágenes. Ford tocó la perfección con los dedos llenando de miseria la penitencia romántica de Ethan Edwards, ese vaquero matacomanches que dormía al raso noche sí y noche también porque no encajaba en ningún sitio. Tiene mérito doble porque "Centauros" tuvo un rodaje accidentado. Ford filmaba a su bola, y se llevaba mal con los calendarios. Dice la leyenda que un día le inflaron los bajos entre quejas por lo retrasado que andaba el rodaje. Ford agarró el guion, preguntó el número de días de demora y procedió a arrancar el número equivalente de páginas de guion, borrando el problema de un plumazo.
Es verdad que Centauros del desierto abunda en elipsis vertiginosas, tanto como para poder dar crédito al cuento chino en cuestión. Ford no era un tipo habituado a seguir a rajatabla las pautas de un guion. Algunas de sus películas acusan esta "dejadez" estructural, pero a nadie se le ocurriría protestar ante semejante avalancha de gran cine. Tuve durante años una relación tirante con los Centauros (por una vez el título español es infinitamente mejor que el original, The Seachers). A día de hoy creo haberla visto más de una decena de veces, pero las dos primeras no supe cogerle la medida. Tuvo que ser el cine (es decir, sala a oscuras, pantalla grande) el que me indicó el camino de la redención. Fue una tarde de agosto de hace la torta en el British Film Institute, el templo del cine clásico de la capital británica; es decir a Londres lo que la Filmoteca a Madrid, pero con medios e infraestructura de gran lujo. Fue un fin de semena memorable cinematográficamente hablando. La guinda la puso Eddie Felson, perdedor titulado por antonomasia, en El buscavidas al día siguiente, pero esa es otra historia. Fue entonces cuando se me reveló la épica desértica del condenado viaje de Ethan a las catacumbas de sí mismo, eso y el irresistible encanto de las batallitas de mecedora del viejo Mose Harper, o los humos al trote y al galope del reverendo Johnston.
Centauros del desierto es muchísimo más que un western legendario, es una de las películas más desgarradora e implícitamente románticas que recuerdo. No es el odio y el rencor anti indio lo que mueve los impulsos primarios del vengativo Ethan. Es el amor perpetuo por la mujer cuya compañía nunca pudo gozar, arrebatada por los salvajes, lo que impulsa la visceralidad obsesiva de su particular revancha. Pero en cine, lo juro, sobrecoge; la tele es demasiado pequeña para hacer justicia a imágenes tan bellas. Pocos placeres mayores que descubrir o redescubrir a los centauros desérticos de Ford en pantalla grande. Y he aquí que la ocasión se presenta a partir de este viernes.
Los cines Verdi de Madrid y Barcelona repescan la obra cumbre del western fordiano exhibiendo una copia totalmente restaurada y proyectada en alta definición. Precio reducido (5,5 euros) para cualquier día de la semana y sesión (horarios y demás a partir del viernes en esta misma web). Es decir, un lujo y un regalo apra cualquier amante del cine que se precie de tal.
Una ocasión única, más aún en medio de la atonía de estrenos comerciales de las últimas semanas
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