Catálogos de juguetes sí, atracciones de parque temático también, canciones incluso, pero juegos de mesa o pasatiempos de papel y boli no, hasta hoy. Cuenta una leyenda urbana que a Ridley Scott le dio un aire un día que se levantó con el pie cambiado y estuvo a un tris de hacer una película, estragos de la falta de sueño o alimentación equilibrada probablemente, del mismísimo Monopoly. Se le pasó el acaloramiento (crucemos dedos), pero en Hollywood las ideas descabelladas tienen siete vidas. El empeño de Battleship es contar una historia, que ya tiene mérito, con las cordenadas de disparo del mítico juego de los barquitos. Esta ocurrencia, no hay duda, marcará una antes y un después en la historia del cine; lo siguiente es adaptar el manual de instrucciones de una nevera o el listín telefónico, pero vayamos al grano. En realidad es una vacilada monumental, una golosa operación de marketing camuflado. Hasbro, la multinacional de juguete, hace publicidad de Battleship y Battleship hace publicidad de Hasbro. Es todo.
Huelga decir que no hay guión sino sinopsis corta, de media cuartilla. En realidad es una película de marcianos furibundos a lo Independence Day pero en modo Michael Bay. La conexión con Hundir la flota es tan forzada como la de El Señor de los Anillos con, por ejemplo, el Estratego. La coartada es un atracón de flema patriótica y militarista con derroche de recursos. Los dólares están muy bien amortizados, la invasion alienígena parece un documental de La 2, pero por dentro está completamente hueca.
Todo es mucho más terráqueo y tangible en el amorío egipcio de Patricia Clarkson y Alexander Siddig en Cairo Time, que se nutre de miradas y cosas que nunca te dije. Clarkson es Bill Murray y Siddig Scarlett Johansson en Lost in Translation. O sea, ciudad exótica, un par de soledades mal acompañadas y dos extraños in the mood for love. Hay chispa pero la llama no prende, en todos los sentidos. Romance elíptico, por inoportuno y a destiempo, y amor verdadero frustrado por el qué dirán. Al menos Meryl Streep y Clint Eastwood se conocían, bíblicamente hablando, en Los puentes de Madison. En síntesis: presentación impecable, dos actores fabulosos y un escenario muy propicio para las cosas del querer, pero ya la hemos visto antes un buen puñado de veces.
Del resto, dar fe de que a Sarkozy le gusta la púrpura más que a un tonto un lápiz. Sus escarceos con el gran poder y sus movidas político-sentimentales en la antesala de la segunda vuelta de las presidenciales de 2007 nutren De Nicolás a Sarkozy, que abunda en la moda esa de hurgar en el yo íntimo y personal de los prohombres (y las promujeres) de la alta política universal. Curiosa pero no memorable.
Compartelo con tus amigos:


Comentarios
Miguel Angel
Fecha: 13/04/2012
Le tenía ganas a "Cairo Time". Patricia Clarkson es una de mis actrices favoritas, pero por tu comentario supongo que no es muy alla.