Guía del Ocio

Secuencias, por Roberto Piorno. Un blog de Guía del Ocio



ACERCA DE ROBERTO PIORNO

Roberto Piorno
Trasnocho para ver los Oscar desde los trece, miro mal a los que hacen ruido en la butaca de al lado desde los catorce y nunca me arrepentí de dejar colgados a mis amigos el día que fueron a ver “Las Tortugas Ninja”. Probablemente me quedaría en casa con Errol Flynn, Toshiro Mifune o con el mismísimo séptimo de caballería al trote en el Monument Valley de John Ford.
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11abr2012

El cine y la crisis

El problema de las crisis es que uno se acostumbra a ellas. Sobrevivir con cuatro perras gordas en el bolsillo te acaba, a la fuerza, alejando de aquellos gastos que no son estrictamente necesarios. El Economista se hace eco hoy de un par de datos espeluznantes: La recaudación en las taquillas de cine es un 18,5 % más baja en este primer trimestre del año respecto a la del mismo período del año anterior, y un 27,7 % que hace dos años. Lo terrible es que 2011 y 2010 también fueron años malos de solemnidad. Pero no hay que estrujarse los sesos para buscar las causas. El negocio de las salas se está yendo a pique en consonancia con los tiempos que llueven. Pocos sectores, gremios y/o colectivos se libran de esta debacle. Cada día somos un poco más pobres, y el ocio se vuelve cada vez más y más doméstico. Un jarro de agua fría, además, para quienes soñaban con un repunte sensible en las colas de los cines a raíz del cierre de Megaupload y el suicidio de otras webs de intercambio de archivos en los últimos meses.

Sí, las cifras asustan, por lo que implícitamente cuentan sobre el estado general del bolsillo medio en general y del pulso moribundo del cine de pantalla grande en particular. El problema es complejo porque lo que aquí se plantea es el escenario de una crisis que se alimenta de la otra. Es decir, que la crisis grande, la de la prima de riesgo y los recortes está acelerando el desguace de una industria, la del entretenimiento, que está asistiendo a un intenso recrudecimiento de los problemas estructurales que ya estaban dañando drásticamente el sistema muho antes de que Lehman Brothers inaugurara oficialmente la depresión interminable. Es verdad que en tiempos de vacas tan flacas es difícil, por no decir imposible, dilucidar tendencias, dinámicas de mercado, o reacciones colectivas con un una mínima lógica causa-efecto. La ley SOPA y la Ley Sinde no pueden ni deben ser calibradas en el meollo de un agujero negro tan profundo. Es probable que tal cual andan los precios por entrada de cine el personal prescinda igualmente de pasar por taquilla con o sin Megaupload. Al fin y al cabo la tele es gratis. Lo peor no es eso; hay que cavar muy hondo para encontrar números que no sean rojos en mitad de la tormenta financiera, pero no es menos verdad que la crisis macro es una apisonadora que no tiene piedad con lo obsoleto.

No somos adivinos y no sabemos hacia donde camina a medio plazo el negocio de la exhibición cinematográfica. Una cosa es segura, los márgenes se han estrechado dramáticamente. Si hay soluciones tendrán que aparecer ya, porque mañana igual ya es demasiado tarde. Las crisis pasan, antes o después, pero ciertos usos y costumbres no. Los rigores de una depresión como esta crean hábitos nuevos, y aceleran el desgaste de estructuras oxidadas. Que nadie piense que después de la crisis la gente volverá a moverse al ritmo al que se movía antaño; el cine podrá, quizá, encontrar un horizonte de estabilidad dentro de la gravedad extrema, pero volver al estado de la cuestión de 2008 es impensable. En condiciones normales, sin el modelo de consumo imperante en occidente en peligro por culpa de las turbulencias de la deuda, el cine ya miraba sin optimismo hacia el futuro, pero miraba. Sucede que el abismo se ha hecho visible mucho antes de lo previsto, y que la crisis ha precipitado una crisis estructural, la del cine, que, a diferencia de la otra no tiene ya vuelta atrás. La crisis no tiene misericordia con los sistemas inestables, y el cine lo es, y de que manera.

Lo que se ha perdido y se siga perdiendo durante la depresión es, probablemente, irrecuperable. Al menos con el modelo actual. Llevamos cuatro años de penurias, y lo que nos queda. En ese tiempo los hábitos se tuercen; los espectadores perdidos por culpa de la escasez están perdidos para siempre, y lo están porque el negocio del cine empezó la crisis siendo obsoleto y saldrá de ella todavía más obsoleto. Y en mitad de toda esta tormenta despunta también una tercera crisis, toda nuestra. La cuota de pantalla de nuestro cine dentro de esta nada suculenta tarta es de un paupérrimo 12,7 %. Más triste aún considerando que el cifra está artificialmente engordada gracias a Ira de titanes, que como está parcialmente rodada en Canarias se incluye en el lote como si de una película española más se tratara. En plena tormenta por el hachazo en las subvenciones al cine patrio en los espartanos presupuestos del gobierno, que ve reducida su asignación en un 35%, no hay peor publicidad ante la opinion pública que esta. Nuestro cine interesa poco o nada, y eso es incontestable. La industria del cine nacional es una industria disfuncional, y eso es un problema de solución difícil.

La cuota de pantalla del cine nacional en Italia en 2011 fue, nada menos, de un 37,5%. Muchas de las películas más esperadas del año allí son italianas; el respetable asocia cine americano a efectos especiales y sofisticadas películas de acción; pero a la hora de optar por un drama o una comedia se quedan con el producto local. Es decir; el cine nacional ha encontrado un hueco propio en el reparto del pastel; un sitio fijo que genera una industria potente y altamente competitiva. Aquí el cine USA se come prácticamente todo el pastel; y más allá de los tímidos avances en el ámbito del cine de género (de terror fundamentalmente), nuestro cine se limita a vivir de las migajas, sin sitio propio y sin arraigo alguno entre las preferencias del público mayoritario. Las subvenciones son necesarias (ya dedicaremos una entrada propia a la cuestión en las próximas semanas) y, desde luego, ni mucho menos el lastre económico que muchos medios de comunicación se empeñan en denunciar desde la interesada desinformación. Pero el problema del cine español no es ese, ni mucho menos. El recorte en las subvenciones es una anécdota en el medio y largo plazo; lo catastrófico es el estado de salud de nuestra industria. O arreglamos eso o lo demás es perfectamente superfluo. Pero claro, remontar el vuelo librándose de las cadenas de tres crisis; una industrial, la del nuestro cine, otra estructural, la del negocio de la exhibición en salas en general, y otra global y financiera exige más que iniciativa, tesón e imaginación, un verdadero milagro.

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