Un lavado de cerebro y el muro de la vergüenza

Ni la de Verhoeven era tan buena ni esta es tan mala. Len Wiseman no se anda con complicaciones en el nuevo Desafío total y se aplica copiando la atmósfera asiática, nocturna y decadente de Blade Runner. A diferencia de la versión precedente esta va de adulta y apocalíptica. No es original, los personajes femeninos son planos y hay una ascensor que cruza el globo de extremo a extremo por el centro de la Tierra: una idea peregrina que, no obstante, no ensucia demasiado las dos virtudes cardinales del revival: Douglas/Hauser es un eprsonaje con motivaciones más jugosas que entonces, el diseño de producción es la pera, y todo transcurre a un ritmo vertiginoso. Ni mucho ni poco, pero suficiente.

Ya con los pies en la Tierra, citamos el buenismo integrador e interétnico de Una botella en el mar de Gaza, que es una mirada blanca, y sin esquinas, al conflicto palestino-israelí, con un formato epistolar en plan Romeo-Julieta. Las intenciones son muy nobles, pero es cine exageradamente literario, y además, plantea preguntas de perogrullo, esforzándose demasiado por ser didáctica y ejemplar. Mucho menos complaciente es El nombre, que viene a ser la variante francesa del rapapolvo frontal de Polanski a la burguesía yankee en Un dios salvaje. Como aquella, esta es demasiado teatral, y aún así hace camino gracias a la vitriólica maldad de los diálogos y a la tremenda prestación del elenco al completo.

Ojo al ciclo de John Huston en el Círculo. Tres de sus mejores personajes masculino hacen pleno el sábado. El Achab abrasado por la ira y el rencor que bordaba un inolvidable Gregory Peck en Moby Dick, Dobbs, perdedor tramposo y sin escrúpulos que reía como las hienas en El tesoro de Sierra Madre, una de las mejores películas de aventuras de siempre, y el mejor Richard Burton recitando a Tennessee Williams en La noche de la iguana.