El País
Imprimir

Crítica: Genios

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El editor de libros

Lo mejor:
Recomendable para todo aquel interesado en los entresijos de la literatura y la industria cultural

Lo peor:
No hace honor a la biografía de Max Perkins escrita por A. Scott Berg

Valoración GDO


Valoración usuarios
  • Actualmente 3 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
3
53 votos

Gracias por tu valoración!

Ya has valorado esta página, sólo la puedes valorar una vez!

Tu valoración ha cambiado, gracias por contribuir!

  • Género: Biográfica
  • Fecha de estreno: 07/12/2016
  • Director: Michael Grandage
  • Actores: Colin Firth (Max Perkins), Jude Law (Thomas Wolfe), Nicole Kidman (Aline Bernstein), Laura Linney (Louise Perkins), Guy Pearce (F. Scott Fitzgerald), Dominic West (Ernest Hemingway), Vanessa Kirby (Zelda Fitzgerald)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Reino Unido, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

+ info

Lo mejor que puede decirse de esta recreación del vínculo laboral y amistoso que mantuvieron durante casi una década el editor literario Maxwell Perkins (1884-1947) -una de las figuras culturales más relevantes del siglo XX en Estados Unidos- y el torrencial escritor Thomas Wolfe (1900-1938), es que sus imágenes dan testimonio, con la frecuencia suficiente como para que el espectador quede más o menos satisfecho, de la gran película que amaga y nunca llega a ser. Véanse, sin ir más lejos, los primeros planos, que establecen, no un contraste, sino un paralelismo, entre la intemperie literal y creativa de un Wolfe que pretende otorgar verbo a toda una sociedad sorda a sí misma a través de la expresión idiosincrásica de su propia voz, y un Perkins que, atrincherado en su confortable despacho de Charles Scribner´s Sons, se esfuerza por hacer de lo editorial entendido como negocio un altavoz privilegiado para las inquietudes de los autores. Atiéndase también a la escena, quizá la más inspirada de todo el metraje, en la que los universos vitales y las concepciones retóricas de escritor y editor armonizan por fin, y la lucha por condensar el final de un capítulo de El ángel que nos mira (1929), la primera novela de Wolfe publicada, deviene un ballet dialéctico entre ambos.

Son tales momentos los que hacen de El editor de libros una película obligada, de seguro disfrute, para todo aquel con cierta vocación por la escritura, y para los interesados en los entresijos de lo editorial y lo literario, la industria cultural, y el enigma íntimo de lo artístico y su reverberación en la esfera pública. Como en los casos de las recientes El último tour (2015) y Life (2015), nos hallamos menos ante un simple artefacto biográfico ambientado entre 1929 y 1938, que ante una fábula acerca del valor, la excepcionalidad y la pertinencia de la vocación creativa y su promoción; fábula consciente de haber sido gestada en una época muy diferente a aquella, la nuestra, en la que, como ha escrito la ensayista mexicana Avelina Lésper, "todos son artistas y todo lo que el artista designa como arte es arte; como consecuencia, ningún arte ni ningún artista son indispensables". El editor de libros brinda espacio a Perkins y Wolfe en tanto personajes, con las dosis de pintoresquismo, brochazos y golpes de efecto -más aun en lo tocante a las respectivas parejas de ambos, Louise (Laura Linney) y Aline (Nicole Kidman)-, esperables en una producción norteamericana de este tipo. Pero, en muchas ocasiones, se aprecia que los actores y, en especial, Jude Law (Thomas) y Colin Firth (Max), se emplean a fondo en encarnar, no tanto caracteres, como tesis, debates, reflexiones, vaticinios.

Hay sin embargo una tara importante en el guion escrito por el prestigioso John Logan -Gladiator (2000), Skyfall (2012)-, o, por expresarnos con más propiedad, en lo que leemos del mismo a través de la insípida labor conjunta del director novel Michael Grandage y el montador Chris Dickens. Logan ha entresacado lo referido a Wolfe y Perkins de un libro sobre la vida del segundo obra de A. Scott Berg -autor de otros perfiles biográficos del mismo tipo, también magníficos, con Sam Goldwyn o Charles Lindbergh como protagonistas-; y, aunque su labor de criba es meritoria, no cabe decir lo mismo de su traducción a relato orgánico para la gran pantalla. En El editor de libros parece que acontecen muchas cosas, hay lugar incluso para que Francis Scott Fitzgerald (Guy Pearce) y Ernest Hemingway (Dominic West) desempeñen papeles secundarios. Pero tanta acumulación de sucesos es incapaz de poner de manifiesto lo que está en juego en las vidas de todos los implicados. Son para variar los diálogos, como pasa siempre cuando las imágenes se emplean de manera tan solo ilustrativa, los que han de alumbrar con modos didácticos facetas esenciales de la narración: los claroscuros en la forma de ser de Wolfe, la turbia relación con su padre y sus secuelas psicológicas, la posibilidad de que abandone o no a Max en tanto editor (como así ocurrió en la vida real), las frustraciones de Aline y Louise…

Hasta el argumento que presta a la película su sentido mayor –implícito en su título original– sale a la palestra con torpeza, lo que termina por hacer de El editor de libros una película defendible pero menor. Nos referimos a esa cualidad de Genius (Genio) que, cuando arranca la ficción, pensamos convencionalmente atañe a Thomas Wolfe, y que, en última instancia, es más aplicable a Perkins, capaz de lidiar con los temperamentos y aprietos de los escritores nada ordinarios que editaba, y, al mismo tiempo, de procurarles visibilidad con estrategias respetuosas para con sus talentos. La reivindicación de la figura austera de Perkins en tanto editor y persona, frente a lo que entiende el vulgo por el ser genial, es otro de los puntos a destacar en El editor de libros.

Ir a la película >




Servicios


Recibe semanalmente los mejores
planes y premios del Club. ¡Suscríbete!


Blogs