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Crítica: Cuando la suerte aún no está echada

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Life

Lo mejor:
Anton Corbijn es uno de los artífices de cine comercial más interesantes de hoy en día

Lo peor:
Sea premeditado o no, la película carece de gancho

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 20/11/2015
  • Director: Anton Corbijn
  • Actores: Robert Pattinson (Dennis Stock), Peter Lucas (Nicholas Ray), Lauren Gallagher (Natalie Wood), Kendal Rae (Messy Actress), Drew Leger (novio), Dane DeHaan (James Dean), Alessandra Mastronardi (Pier Angeli), John Blackwood (Raymond Massey), Joel Edgerton (John Morris), Ben Kingsley (Jack Warner)
  • Nacionalidad y año de producción: Alemania, Australia, Canadá, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Como ponen de manifiesto los planos iniciales de Life -reiterados avanzado el metraje para subrayar su importancia-, que muestran al fotógrafo Dennis Stock ( Robert Pattinson) trabajando en un cuarto oscuro de revelado, esta nueva realización de Anton Corbijn tras Control (2007), El americano (2010) y El hombre más buscado (2014) pretende reivindicar ese estatus precario de lo contemporáneo -ubicado entre la vivencia y captura del presente tangible, y su inmortalización gráfica- en el que cabe aún la posibilidad de pensar, cuestionar, negar, nuestro lugar en el mundo de la imagen, en la imagen del mundo.

 Así pues, el título de la película, Vida, hace referencia literal a la revista donde Stock logró publicar en 1955 las instantáneas que le hicieron célebre y convirtieron al actor James Dean en un icono -instantáneas registradas en los viajes y encuentros entre fotógrafo y actor que conforman la cinta-; pero, a la vez, nos remite con ironía a esa vida plena en sí, ajena a la mirada del otro y hasta la de uno mismo, que solemos violentar hechizados por la posibilidad de devenir protagonistas y hasta demiurgos de nuestra cotidianidad en medios y redes sociales, mientras la incomprensión del día a día, la infelicidad, se acumulan bajo la alfombra. Al respecto, no importa que Life se ambiente en los Estados Unidos de hace setenta años: en palabras de su realizador, "algunos frecuentan el pasado por razones sentimentales. Otros lo hacemos para comprender mejor el presente".

 Corbijn, fotógrafo de estrellas del pop durante años antes de dedicarse al cine, ya abordó en su ópera prima como director, Control (2007) -biopic de Ian Curtis, líder de un grupo musical cuya impronta mediática él mismo había contribuido a erigir-, la distancia que separa lo existencial de los confortables estereotipos emocionales que articulan lo hiperreal. Curtis aspiraba a ser "una serigrafía de Andy Warhol", pero acabó por colgarse un vulgar amanecer de mayo en la cocina de su casa usando cuerda de tender, incapaz de lidiar con las vicisitudes de su yo real y con las expectativas en torno a su figura pública. Life reincide en esa tensión: el James Dean que encarna Dane DeHaan es otro joven que, sin haber tenido aún tiempo siquiera de asimilar su traumática infancia, se ve amenazado por el estrellato; algo a lo que contribuye la ambición profesional de Dennis Stock, empeñado en robarle el alma a Dean con su objetivo para hacerse un hueco en la escena periodística de la época.

 Stock es, en ese sentido, un personaje típico de Corbijn. Una prolongación del Ian Curtis que cantaba acerca de las tinieblas que le hacían desmoronarse y llorar cuando le abandonaba el control; del asesino a sueldo que en El americano perdía pie cuando se atrevía a vivir sin mirilla telescópica de por medio; del agente de la ley que en El hombre más buscado creía tener un caso bajo su égida porque podía inmiscuirse en las vidas ajenas espionaje mediante… A lo largo de Life, Stock se revelará un ser humano sin atributos, desconectado de sus experiencias, aunque, por primera vez en el cine de Corbijn, no se le condene por ello: en un extraño acto de vampirismo, aprende a acceder a su propia vida tratando con Dean, mientras que este se ve obligado a dejar atrás su pasado, a desdeñar la idea de un hogar literal y espiritual, para ser un astro de Hollywood, un bonito cadáver.

 Esta relación ambigua entre fotógrafo y actor, que, como decíamos, se erige en la columna vertebral de Life, está puesta en escena por Corbijn de manera más arrítmica, imprecisa, que en anteriores ocasiones, hasta el punto de poderse afirmar que nos hallamos ante su peor película. Sin disculpar esa laxitud -hay otros defectos flagrantes, como la arriesgada elección de Dane DeHaan para dar vida a Dean o la mediocre actuación de Robert Pattinson-, sí podría entenderse que responde a una intención: ¿No es en esencia Life un ejemplo paradigmático de ficción industrial? ¿No es acaso susceptible de transformar la recreación de lo acontecido entre Dean y Stock en imágenes asimismo trilladas, estereotípicas, en cromos? La narración parece acogerse a un cierto principio de indeterminación, que nos haga sentir lo que vemos como si fuera un fragmento de realidad que hubiese burlado décadas de imaginarios colectivos creados, desustanciados, reinterpretados, degradados hasta no ser más que signos carentes de significados; que nos permita sentir que la suerte aún no está echada en lo que toca a personajes, cineasta, incluso público. Algo que se logra en los momentos suficientes como para que, pese a ser fallida, Life merezca que le demos una oportunidad.

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