El País
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Crítica: Creencias, identidad

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Silencio

Lo mejor:
Es imposible no sentir que lo relatado nos atañe

Lo peor:
La película peca en algunos momentos de árida, de poco inspirada formalmente

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 06/01/2017
  • Director: Martin Scorsese
  • Actores: Andrew Garfield (Rodrigues), Adam Driver (Garrpe), Liam Neeson (Ferreira), Tadanobu Asano (Interprete), Ciarán Hinds (Padre Valignano), Issei Ogata (Inoue), Shin´ya Tsukamoto (Mokichi)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., México, Taiwan, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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El vigésimo cuarto largometraje de ficción realizado por Martin Scorsese –un largometraje que le ha costado materializar al cineasta italo-estadounidense cuarto de siglo, y que es probable se erija a su vez en jalón esencial para el abordaje crítico en un futuro del conjunto de su filmografía– alberga una figura de estilo reiterada en sus películas: la del hombre que se pavonea ante el espejo, ansioso por identificarse con un reflejo enaltecedor de sí mismo, aunque lo que le devuelva la mirada sea un retrato del desasosiego, de la alienación.

En Silencio, ese hombre es el padre Rodrigues ( Andrew Garfield); un joven jesuita portugués que, en 1639, se infiltra en Japón junto a otro sacerdote, Garrpe ( Adam Driver), para reconfortar a la comunidad cristiana, perseguida cruelmente por entonces en aquel país, y para averiguar si otro compatriota misionero, el padre Ferreira ( Liam Neeson), ha apostatado de su fe como se rumorea, lo que supone una pésima publicidad para la Iglesia.

Rodrigues y Garrpe inician su aventura convencidos de su trascendencia. Pero el hostigamiento y la tortura por parte de las autoridades niponas a que se verán sometidos ambos y los aldeanos que les han adoptado como guías espirituales, les hacen dudar. ¿Es el silencio inescrutable de Dios ante sus padecimientos una muestra de su inexistencia, o una señal de que han de reformular sus creencias de manera que alumbren, no unos determinados ideales preestablecidos, unos dogmas circunscritos cómodamente a su propio universo de rituales y certezas, sino la vida misma? Garrpe y Rodrigues empiezan a ser conscientes de que la existencia es el único don recibido del que podemos y debemos dar testimonio pleno en todos sus aspectos; incluso, aquellos que destruyen la ilusión indulgente que habíamos concebido en torno a nuestra propia naturaleza...

En el momento clave de la película que apuntábamos, Rodrigues se topa con su reflejo en la superficie de un riachuelo, y confunde vanamente sus rasgos con los de un Cristo fantaseado por El Greco. De inmediato, el espejismo se desvanece, y el jesuita se ve abocado a la expresión desencajada de su alma. A partir de ese instante, emprenderá un vía crucis sin interlocutor en lo alto hacia el conocimiento verdadero de sí mismo, cuya expresión suma de gracia acabará por ser una modesta lumbre capaz de otorgar vida nueva a su corazón.

Por tanto, la adaptación por Scorsese de la novela homónima de trasfondo histórico escrita por Shûsaku Endô y ya llevada al cine en 1971 por Masahiro Shinoda, ostenta un carácter espiritual tortuoso, que hace de ella el culmen de una trilogía autoral iniciada por La última tentación de Cristo (1988) y Kundun (1997), y que la emparenta a otros estrenos recientes con las creencias y sus convulsiones como tema: Hasta el último hombre (2016), Eternidad (2016), Las inocentes (2016). Pero también es cierto que Scorsese no es un católico que emplee el cine como púlpito, sino un cineasta con inquietudes religiosas, y que estas cabe adscribirlas, además, a una preocupación de espectro más amplio acerca de lo que entiende el ser humano y, en especial, el hombre, por identidad, y los tutelajes y constricciones a que la somete el cuerpo social. Hasta que nuestra estampa pública, cultural, salta por los aires, minada por una agónica crisis de fe en sus virtudes.

Tal es el verdadero argumento de fondo en Silencio y, por extensión, en el cine de Scorsese; recordemos, entre otros muchos ejemplos a escoger, los últimos veinte minutos de Infiltrados (2006), en los que el policía de incógnito Billy Costigan ( Leonardo DiCaprio) le exigía al mafioso Colin Sullivan ( Matt Damon) hasta en cuatro ocasiones “devuélveme mi identidad”, solo para recibir un disparo que arrasaba literal y figuradamente con su conciencia… Ello quiere decir que Silencio es muy recomendable para creyentes no fanatizados, pero, también, para cualquiera con el valor de cuestionarse a diario la solidez y el sentido mismo de sus filiaciones ideológicas en un mundo cada vez más reacio a plegarse a ninguna.

Las formas de la película, conviene advertirlo, hay que interpretarlas hasta cierto punto en sintonía con sus argumentos, y exigen del público paciencia. El metraje alcanza las dos horas y media de metraje sin que la realización de Scorsese y el montaje de su sempiterna colaboradora, Thelma Schoonmaker, hagan nada por aliviar la gravedad de lo planteado. Nos hallamos ante una propuesta árida, desapacible, en ocasiones discursiva y redundante. Sus facetas más creativas puede que sean la compleja y dinámica labor de fotografía a cargo de Rodrigo Prieto, y la orquestación de los sonidos y la ausencia de los mismos: si se escucha el filme con la suficiente atención, sus imágenes adquieren una mayor profundidad de campo. Rasgo de estilo que, como analizó en 2014 el videoensayista Tony Zhou, puede extenderse a otras muchas realizaciones de Scorsese, y que contribuye a que sea difícil no sentirse conmovido y, lo más meritorio, afectado intelectualmente, por Silencio.

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