El País
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Crítica: Chilla fuerte, más fuerte… no lo entiendo

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Sólo el fin del mundo

Lo mejor:
El intento de brindarnos una reflexión sobre el lenguaje y sus condicionantes

Lo peor:
En muchos momentos nos hallamos simplemente ante una película mala, exasperante

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 06/01/2017
  • Director: Xavier Dolan
  • Actores: Nathalie Baye (La madre), Vincent Cassel (Antoine Knipper), Marion Cotillard (Catherine), Léa Seydoux (Suzanne Knipper), Gaspard Ulliel (Louis-Jean Knipper), Antoine Desrochers (Pierre Jolicoeur), William Boyce Blanchette (Louis (15 años))
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, Canadá, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Louis (Gaspard Ulliel), un escritor de éxito que frisa la treintena, vuelve a su hogar natal tras años de ausencia, con la intención de anunciar a los suyos que le queda poco tiempo de vida. Las reacciones de su madre ( Nathalie Baye), su hermano Antoine ( Vincent Cassel) y su mujer, Catherine ( Marion Cotillard), y su hermana pequeña, Suzanne ( Léa Seydoux), estarán lejos de ser comprensivas. A lo largo de una velada que se abisma en el crepúsculo, todos ellos harán partícipe al recién llegado de sus frustraciones, sus envidias y sus recriminaciones, fruto de una infelicidad que no saben ni siquiera cómo articular con palabras, y que amenaza con impedir a Louis compartir sus inquietudes.

Hace un par de años, a propósito del estreno en nuestro país de su anterior película, Mommy (2014), ya trazamos desde estas páginas un perfil poco favorecedor de su realizador, Xavier Dolan, firmante asimismo de Sólo el fin del mundo. El director canadiense, arropado por una intelligentsia crítica pendiente ante todo de la agenda ideológica del día y de los narcisistas raptos emocionales de sus artistas idolatrados, con los que se identifica, cree ir evolucionando de película en película como creador, cuando, a falta de críticas y autocrítica, lo único que está haciendo es autoparodiar su condición como tal. Algo que, dado lo prolífico de su actividad –seis títulos en ocho años– y lo estereotipado y autoconsciente de sus argumentos, sus estrategias formales y su relato mismo como cineasta, puede hacer del efervescente niño prodigio un juguete roto antes que después.

Viendo sus primeras películas, Los amores imaginarios (2010) o Lawrence Anyways (2012), era posible interpretar incluso los defectos de Dolan como virtudes, habida cuenta del carácter desprejuiciado, entusiasta y juguetón de su cine. Hoy por hoy, constatando además Mommy era una relectura de Yo maté a mi madre (2009), y que Sólo el fin del mundo lo es de Tom en la granja (2013), empieza a ser evidente lo contrario: que hasta las virtudes han tornado en defectos, y que, por debajo de la histeria temática y los golpes de efecto audiovisuales, no hay más que una celebrity cultural; a la que, por tanto, en vez de exigirle rigor o talento cuando ejerza una mirada personal sobre el mundo, vale con regalarle likes cada vez que deposite una mirada obsesiva sobre sus cuatro fijaciones neuróticas.

De hecho, a la espera de su primera producción rodada íntegramente en inglés y en localizaciones europeas y estadounidense, The Death and Life of John F. Donovan, que protagonizarán Jessica Chastain y Susan Sarandon, ya Sólo el fin del mundo se erige en todo un gran espectáculo de autor, en el que los efectos visuales pasan a ser el adaptar la obra de un dramaturgo víctima mortal en 1995 del sida, Jean-Luc Lagarce; unas metáforas de lo más burdo, y no solo en el desenlace del filme; un reparto galo compuesto por estrellas antes que por actores –además, poco o nada creíbles a solas o en compañía de otros–, de modo que el clan familiar que encarnan se asemeja a una parada de monstruos acogotados por el aluvión de primeros planos; ligado a lo anterior, un maniqueísmo sonrojante en el dibujo de los personajes; y una sucesión de explosiones melodramáticas tan monótona y vulgar, que al espectador solo le queda reírse o enfurecerse mucho antes de que la película llegue a su fin, o de que puedan templar su ánimo los introspectivos escapes audiovisuales a que nos ha acostumbrado Dolan, y que dan cuenta menos de una presunta sensibilidad que de un insulso preciosismo pop.

No deja de ser meritorio el esfuerzo del realizador porque sus imágenes debatan sobre modelos de masculinidad; sobre el efecto emocional de las ausencias y las muertes entre seres queridos; y, en especial, sobre los trampantojos y las servidumbres del lenguaje, capaz de transformar la cotidianidad, y más cuando se comparte, en una jaula que acaba por imposibilitar la expresión de nuestros sentimientos más preciados. En este sentido, podría resultar hasta lógico que el cine de Xavier Dolan se centre a la postre menos en los dramas de nuestra existencia, que en el drama de las figuras retóricas con las que ambicionamos comunicarnos con los demás y que, sin embargo, acaban por impedirnos atravesarlas. El problema viene cuando se aprecia que él mismo insiste una y otra vez en tirar de lugares comunes expresivos que no revisa ni cuestiona, inoperantes; lugares comunes que, en virtud de una supuesta madurez, acaban por hacer de él en Sólo el fin del mundo un señor mayor pagado de sí mismo; un anciano tan fatigoso como sus personajes, que aúlla una y otra vez a los cuatro vientos gracietas artísticas que acuñó mientras veía videoclips en la adolescencia.

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