El País

10 rodajes infernales que acabaron en grandes películas o en auténticos bodrios

Las catástrofes naturales, los problemas de financiación o la megalomanía de directores y actores son solo algunas de las causas que convirtieron estos rodajes en un verdadero infierno que no siempre terminó con final feliz.

 

Brian de Palma ha necesitado Dios y ayuda para estrenar Domino, un film cuyo rodaje ha sido un verdadero via crucis debido a los problemas económicos con sus productores daneses, que dejaron a buena parte del equipo de Almería sin cobrar y provocaron el abandono de algunos actores y la correspondiente eliminación de escenas. Sin embargo, este thriller sobre el terrorismo es sólo uno de los muchos proyectos malditos de Hollywood, donde todo lo que podía salir mal (desde catástrofes naturales hasta enfermedades o delirios de grandeza de sus responsables), salió. En este reportaje repasamos cómo algunos de ellos acabaron dando lugar a clásicos de culto o, por otro lado, a despropósitos que casi llevan a más de un gran estudio a la bancarrota.

Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola

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Casi tan fascinante como la propia Apocalypse Now, es el documental Corazones en tinieblas, que narra la odisea que sufrió el director Francis Ford Coppola, y todo su equipo, para sacar adelante el film. Lo que iban a ser 16 semanas de rodaje se convirtieron en 15 meses, cuadruplicando un presupuesto inicial que Coppola tuvo que negociar casi dólar a dólar. A las primeras semanas, el realizador despidió a Harvey Keitel y los sustituyó por un Martin Sheen que llegó a Filipinas con alcoholismo y tabaquismo, y salió de allí con un ataque al corazón. El dictador local les permitió usar sus helicópteros y soldados, y bombardear con napalm las hectáreas de selva que quisieran, pero era habitual tener que parar la escena porque tenían que abandonar el set para aniquilar a las guerrillas rebeldes. Luego llegó el tifón Olga, que arrasó los decorados, y otro con nombre de leyenda: Marlon Brando, que exigió cobrar 3 millones por semana, no se aprendió los diálogos (se los recitaban por el pinganillo) y, un buen día, decidió que había terminado su papel y se fue. Para el atrezzo se utilizaron cadáveres reales, obtenidos de forma ilícita, que obligaron a paralizar la producción hasta que la policía hubiera concluido la investigación de cómo llegaron hasta allí. Concluido el rodaje, Apocalypse Now ya era la película más cara de la historia, Coppola había perdido 50 kilos, había sufrido un ataque epiléptico, contempló el suicidio en más de una ocasión y estaba endeudado hasta las cejas, pero al final recaudó 5 veces lo invertido y el film consiguió 8 nominaciones al Oscar (ganó 2), para luego convertirse en uno de los grandes clásicos del cine bélico.

El sonido del trueno (2005), de Peter Hyams

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A principios de siglo, El sonido del trueno aspiraba a convertirse en uno de los grandes blockbusters de la década. Dirigía Renny Harlin, todo un maestro del entretenimiento en horas bajas, pero con un presupuesto de 80 millones de dólares. La historia era material del mismísimo Ray Bradbury y proponía un cruce de Parque Jurásico y las películas de viajes en el tiempo, donde un grupo de turistas viajaban hasta el momento exacto de la extinción de los dinosaurios, para luego provocar un desastre de proporciones apocalípticas en el presente. La verdadera catástrofe llegó cuando las inundaciones que anegaron Praga en 2002 se llevaron por delante el set de grabación, donde habían construido prácticamente un ecosistema propio. La productora entró en bancarrota, se retrasó durante años la fecha de estreno, Harlin fue despedido por sus roces constantes con Bradbury y se encargó al artesano Peter Hyams acabarla como buenamente pudiera. Rodó casi el 95% de nuevo, a base de efectos dignos de un remake turco, mucho croma y cantidades indecentemente cutres de CGI. Con todo, quedó un digno entretenimiento de serie Z.

El bueno, el feo y el malo (1966), de Sergio Leone

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Para el cierre de su Trilogía del Dólar, Sergio Leone encontró un valioso aliado en Franco o, más bien, en el Ejército Español. Decidido a rodar una de las explosiones más espectaculares que jamás se habían visto en el western, Leone dispuso que uno de los momentos más épicos de El bueno, el feo y el malo fuera uno en que sus protagonistas ( Clint Eastwood y Eli Wallach) volaban un puente con suficiente dinamita como para enviarlo hasta la estratosfera. En algún lugar de Burgos, los artificieros de las Fuerzas Armadas colocaron los explosivos, con la condición de que quien diera la orden fuera un militar de alto rango. Pues bien, alguien apretó el botón antes de tiempo y la deflagración se produjo sin que ninguna cámara la captara. Dos semanas después, 1000 soldados habían reconstruido el puente, lo habían vuelto a llenar de TNT y, entonces, sí que quedó registrado. Leone presenciaría todo desde un lugar seguro, pero exigió que fueran los actores (al final les tocó a los dobles) quienes corrieran a refugiarse. Eastwood se negó, y con razón. En la escena puede verse cómo los restos sobrevuelan las cabezas con más realismo del que, seguramente, hubieran deseado.

El hombre que mató a Don Quijote (2018), de Terry Gilliam

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Santo Grial de los proyectos malditos, si hoy podemos ver El hombre que mató a Don Quijote es gracias a la perseverancia de Terry Gilliam, que durante ¡30 años! no cejó en su empeño de hacer su particular versión de la historia del Caballero de la Triste Figura. El primer intento fue a finales de los 90, con un presupuesto de 35 millones de dólares y Jean Rochefort, Johnny Depp y quien sería luego su mujer, Vanessa Paradis, en los papeles principales. Sin embargo, durante el rodaje en Navarra, una terrible inundación destruyó los equipos de grabación y, como la aseguradora decidió no hacerse cargo de los desperfectos y Rochefort se retiró debido a una enfermedad, la producción se vino abajo. Todo esto fue relatado en el imprescindible documental Lost in La Mancha. 2005 y 2015 fueron nuevos fiascos (en una ocasión se llegó a interrumpir a sólo 6 días de empezar a filmar), hasta que Jonathan Pryce y Adam Driver acabaron con la maldición protagonizando el filme que, finalmente, vio la luz en 2018.

Waterworld (1995), de Kevin Reynolds

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De ser un proyecto de bajo presupuesto pasó a ser una película de aventuras de considerables recursos y vehículo de lucimiento de una de las grandes estrellas de por aquel entonces: Kevin Costner. Sin embargo, Waterworld terminó convirtiéndose, en aquel momento, en el film más caro de la historia, y uno de los mayores fracasos en la carrera del protagonista de El guardaespaldas, que nunca más se recuperaría. Las peticiones del protagonista (vivir durante todo el rodaje en una villa que costaba 4.500 dólares ¡la noche!) empezaron por aumentar los costes, que terminaron disparándose cuando un huracán arrasó con los decorados, que hubo que reconstruir. La lista de desgracias es casi tan larga como la de nombres que metieron mano en el guion (36, entre ellos Joss Whedon), y van desde protagonistas a punto de morir ahogados, 50 miembros del equipo enfermos por las insalubres condiciones en que vivían (Costner no les hizo hueco en la villa) y el abandono del director, Kevin Reynolds, por desavenencias con su, por aquel entonces, gran amigo Coster, que tuvo que acabar la película también como director. Tras 157 infernales días de rodaje, la cinta se estrenó, fue número 1 en taquilla, acabó nominada a 4 Razzies (y un Oscar). Una milagrosa maniobra empresarial permitió a Universal llegar incluso a conseguir beneficios.

Fitzcarraldo (1982), de Werner Herzog

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Muy poco distanciaba al director de este clásico de culto, Werner Herzog, del megalómano protagonista de Fitzcarraldo, un millonario obsesionado con construir un teatro de la ópera en plena selva del Amazonas. Fiel al personaje, Herzog sacó a relucir su lado más loco y decidió que había que subir un barco real (320 toneladas) desde el río hasta una colina, a través de la selva peruana y con un complicado sistema de poleas, al estilo de la construcción de los monumentos megalíticos. Esto terminó hiriendo a seis de sus trabajadores y llevó a Herzog a autonombrarse "conquistador de lo inútil". Su reparto no salió indemne, pues Jason Robards, que lideraba el reparto, tuvo que abandonar con el 40% de la película rodada tras contraer disentería. Le sustituyó un demente Klaus Kinski y la cinta empezó a filmarse desde cero, lo que supuso eliminar el personaje que interpretaba Mick Jagger, cuyo contrato expiró durante el impás. Kinski enfureció tanto a los nativos que participaban como extras, que el jefe de la tribu se ofreció a Herzog para asesinarlo. Todo esto daría lugar al documental Un montón de sueños.

Cleopatra (1963), de Joseph L. Mankiewicz

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En junio de 1963 se estrenaba Cleopatra, la que, hasta ese momento, se convirtió en la película más cara de la historia del cine. No era para menos, pues no había más que ver el variado vestuario de esta (casi) diosa egipcia interpretada por Elizabeth Taylor, formado por 65 piezas, entre ellas el famoso vestido de oro de 24 quilates con el que hacía su entrada triunfal en Roma, que costó 200.000 dólares. Que se disparara el presupuesto llevó al director original, Robert Mamoulian, a dejar su silla a Joseph L. Mankiewicz, que firmó una película de 6 horas, recortada después hasta los 192 minutos finales. El affaire extra matrimonial entre Taylor y su coprotagonista (Richard Burton) sólo fue la punta del iceberg de uno de los rodajes más accidentados, y largos (duró 4 años, en parte por la neumonía que dejó a Elizabeth Taylor en coma y obligó a retrasar la producción 6 meses, cambiar de actores y volver a rodar escenas) que se recuerdan. De los 2 millones de dólares de la época previstos llegó a los 44, lo que casi arruina a la 20th Century Fox, que construyó unos decorados para los estudios en Londres y, cuando decidió mudar la producción a Roma (por que el clima era más propicio para la salud de Taylor), tuvo que rehacerlos todos desde cero. En este proyecto faraónico también participó España con montones de extras durante su paso por el desierto de Almería. Tras este sonoro fracaso (ganó 4 Oscars de los 9 a los que aspiraba), el género histórico quedó herido de muerte.

La isla del Dr. Moreau (1996), de Richard Stanley y John Frankenheimer

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Tener a Marlon Brando en tu reparto te aseguraba talento inconmensurable, pero también una avalancha de problemas. En la cumbre de su egocentrismo, Brando, él solito, casi lleva a la bancarrota a la Metro-Goldwyn-Mayer con Rebelión a bordo, épica marítima donde (craso error), le dieron al actor potestad para hacer y deshacer a su antojo. Por eso se desechó el guion original y, con todo el mundo ya instalado en Tahití, hubo que esperar a la versión definitiva. A esto hay que unir la construcción del barco, que llevó más tiempo del esperado, se incendió en dos ocasiones y casi se hunde otras tantas. El triángulo de desgracias se cerraría con las enfermedades tropicales (y venéreas, fruto de las orgías patrocinadas por Brando) que contrajo gran parte del equipo. El director original, Carol Reed, no pudo más y fue sustituido por Lewis Milestone. Similar fue el via crucis que tuvo que pasar Richard Stanley en La isla del Dr. Moreau. Aunque en un principio contó con el apoyo de Brando, luego vio cómo el actor (que no se aprendió ni una sola línea del libreto) dejaba en el limbo el proyecto tras el suicidio de su hija. Quien sí fue un completo incordio fue Val Kilmer, que no paró de quejarse, quemó la cara de un compañero e incluso pidió que cambiaran su rol en la película. Después de aguantar todo tipo de vicisitudes, Stanley sería despedido vía fax y sustituido por John Frankenheimer. Este delirio de presupuesto malgastado en drogas y alcohol quedaría luego inmortalizado en el fantástico documental Lost Soul.

Capitán Trueno y el Santo Grial (2011), de Antonio Hernández

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En España todavía se recuerda el caso de El Cosmonauta, financiada por crowdfunding y considerada por muchos como un nuevo modelo cinematográfico (era un proyecto transmedia), pero que terminó perdida en un laberinto de denuncias, disputas internas y un rodaje más que accidentado. Similar fue La mula, de la que su director, Michael Radford, reniega por completo y que tuvo que completar Sebastien Grousset ataviado con pasamontañas para evitar demandas. También destaca Manolete, biopic con Adrien Brody y Elsa Pataky como protagonistas que, tras 3 años secuestrada por las deudas contraídas, se estrenó con críticas nefastas y un halo de producción maldita. Pero la que se lleva la palma es Capitán Trueno y el Santo Grial, una adaptación que pasó por mil y una manos (Juanma Bajo Ulloa y Daniel Calparsoro estuvieron a punto de dirigir), hasta que Antonio Hernández la culminó en 2011. Sin embargo, los problemas presupuestarios provocaron un rodaje tenso, donde buena parte del equipo no cobraba y que terminó reflejado en uno de los mayores esperpentos de nuestro cine, con unos efectos especiales de vergüenza ajena y un diseño de producción indigno incluso para un desfile de Moros y Cristianos. El retraso del proyecto llevó a  Elsa Pataky a bajarse del carro para rodar Fast 5 y ser sustituida por una Natasha Yarovenko que de carisma iba justita y de la que nunca más se supo.

Dune (1984), de David Lynch

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El documental Jodorowsky´s Dune cuenta cómo Alejandro Jodorowsky intentó llevar a la gran pantalla el clásico de ciencia ficción escrito por Frank Herbert y cómo, ante la negativa de los estudios de embarcarse en semejante delirio, sus diseños acabaron utilizándose para Alien. Precisamente el director de ésta, Ridley Scott, fue el primero en ser considerado por el productor Dino de Laurentis para ponerse al frente de Dune. Scott, que tiene un sexto sentido para esto del cine, vio el peligro y decidió embarcarse en Blade Runner. Así se llegó a David Lynch, que mordió el anzuelo y terminó filmando una película de más de 5 horas. Sin embargo, las presiones de De Laurentis le llevaron a recortar hasta las poco más de 2 horas, lo que sacrificó buena parte de la coherencia de esta cinta, ahora considerada clásico de culto. El trauma sufrido en la sala de montaje llevó a Lynch a renegar de la película, y de los grandes estudios, para siempre.

Autor: Juanjo Velasco Fecha de actualización: 19/02/2020

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