El País

10 rutas suicidas del cine de acción

Cuando ser transportista es la profesión más peligrosa del mundo

No son pocas las ocasiones en las que el cine de acción ha convertido una trepidante persecución no sólo en una gran escena, sino en todo el arco argumental de la película, donde la urgencia de llegar a un destino preciso en un tiempo determinado ayudaba a aumentar las dosis de tensión y espectáculo. Por supuesto, el viaje no sería precisamente un camino de rosas, sino más bien una gymkana mortal en la que asesinos, mercenarios y hasta la policía eran, explosiones y tiroteos mediante, las pruebas a superar. La última ruta suicida del séptimo arte la protagoniza Mark Wahlberg que, de nuevo a las órdenes de Peter Berg, interpreta en Milla 22 a un agente de la CIA que, en un país sospechoso de actividad nuclear ilegal, deberá trasladar a un oficial disidente con información privilegiada desde la embajada americana hasta un aeropuerto seguro. Para cumplir su misión, tendrá que atravesar una ciudad convertida en polvorín.

 

Con motivo de este estreno, repasamos en la galería sobre estas líneas otros filmes en los que llegar de un punto A a un punto B, sin morir en el intento, se convierte en una misión casi imposible.

Ruta suicida (1977), de Clint Eastwood

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No es la primera, pero seguramente sí una de las más emblemáticas de este subgénero del cine de acción en el que dos protagonistas deben superar una gymkana de balas y explosiones para alcanzar su objetivo. En Ruta suicida, Clint Eastwood (también director) interpretaba a la antítesis de su Harry el Sucio, un policía alcohólico y mediocre que se veía obligado a acompañar a una prostituta (Sondra Locke) desde Las Vegas hasta Phoenix para que declarara en un juicio contra la mafia. Sin embargo, esta mujer no sólo conocía los tejemanejes del hampa, sino también unos cuantos secretos oscuros de altos cargos políticos que pondrían todo de su parte, helicópteros y policía incluidos, para que no llegaran a su destino.

El otro guardaespaldas (2017), de Patrick Hughes

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Cinco años después de El invitado, Ryan Reynolds volvía a interponerse entre un comando de asesinos profesionales y su presa, de nuevo uno de los criminales más buscados del mundo. Sin embargo, el trasfondo serio y político de la cinta de Daniel Espinosa se convertía en El otro guardaespaldas en un desparrame de humor negro, delirantes gags y una química entre protagonistas (Reynolds y Samuel L. Jackson) heredera de las buddy movies. Reynolds interpretaba al mejor guardaespaldas del mundo, al que siempre ha complicado el trabajo un letal sicario internacional (Jackson) que, ahora bajo custodia policial, debe declarar en el tribunal de La Haya contra un dictador ( Gary Oldman) acusado de crímenes contra la humanidad. Si la trama es rocambolesca, el viaje de esta extraña pareja, entre persecuciones, explosiones, cadáveres y lenguaje no apto para todos los públicos, va aún más allá.

El tren de las 3:10 (2007), de James Mangold

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El fantástico western de Delmer Daves se renovaba para las nuevas generaciones de la mano de un eficaz James Mangold, que en El tren de las 3:10 proponía un cara a cara de altos vuelos entre Russell Crowe y Christian Bale en medio de una frenética persecución sin tregua a través del salvaje oeste. Crowe interpretaba a un temible y carismático forajido, Bale a un granjero a punto de perder su rancho. Sus caminos se cruzarían cuando el segundo se ofreciera a transportar al primero hasta el convoy que da nombre al film, previa recompensa, para que fuera llevado a juicio por sus crímenes. Sin embargo, el viaje no les permitiría disfrutar de los atardeceres de Arizona, ya que una sanguinaria banda de cuatreros, dispuesta a matar a quien se interpusiera en su misión de rescatar a su jefe, les pisaba los talones.

Una noche para sobrevivir (2015), de Jaume Collet-Serra

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Cuando pasa lo que a Joel Kinnaman en Una noche para sobrevivir (ser el único testigo de un tiroteo entre bandas mafiosas y que todos quieran verte muerto) lo único que te puede salvar la vida es que tu padre sea un Liam Neeson al que apodan "El sepulturero". En una noche de pesadilla, Neeson e hijo recorrían los bajos fondos de Nueva York en busca de una prueba que exonerara al muchacho de la sentencia de muerte impuesta por un implacable capo con el rostro de Ed Harris, ávido de venganza por la muerte de su hijo. Durante la trepidante persecución, dirigida con nervio por Jaume Collet-Serra, se encontrarían con asesinos a sueldo, dilemas familiares, unos cuantos cadáveres y la redención.

16 calles (2006), de Richard Donner

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Como si de un crepuscular John McClane se tratara, Bruce Willis afrontaba su, hasta la fecha, último gran papel de héroe de acción en esta pieza de artesanía que sirvió como despedida de la dirección del genial Richard Donner. En 16 calles Willis era Jack Mosley, un detective de dudosa moralidad, alcohólico y envejecido al que se le encomienda una sencilla misión: trasladar a un ladrón de poca monta ( Mos Def) hasta los juzgados, a 16 calles de distancia, para que testifique. Sin embargo, el viaje no sería para nada tranquilo, pues al desquiciante tráfico de la hora punta neoyorkina se unía la pléyade de policías corruptos que no estaban dispuestos a que el malhechor desvelara al tribunal sus turbios trapicheos. Con algún que otro titubeo, el personaje de Willis se pondría del lado de la justicia en una tensa huida hacia adelante.

Huída a medianoche (1988), de Martin Brest

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Uno de esos clásicos imprescindibles de los 80, Huída a medianoche ofrecía, en apenas dos horas, un interesante thriller de persecuciones, una divertida comedia y una road movie que explotaba al máximo la química entre sus protagonistas, unos fantásticos Robert De Niro y Charles Grodin. En una de las etapas más dulces de su carrera, De Niro interpretaba a un ex-policía metido a cazarrecompensas al que le ofrecen 100.000 dólares por encontrar a un contable de la mafia (Grodin) que había estafado a su jefe una considerable cantidad. Dar con él no sería difícil, pero si cruzar el país por tierra con el FBI, otros cazarrecompensas y matones de la mafia pisandoles los talones. Tensión, risas y acción se complementaban y funcionaban como un reloj en una cinta dirigida por todo un experto en la materia: Martin Brest (Superdetective en Hollywood).

El invitado (2012), de Daniel Espinosa

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Daniel Espinosa hacía su debut en Hollywood con esta cinta de acción que debía mucho a los colores saturados y el montaje frenético de la última etapa de Tony Scott. En ella, Ryan Reynolds era el anfitrión de un piso franco de la CIA al que llegaba un ex espía convertido en buscado criminal internacional ( Denzel Washington). Cuando un grupo de asesinos profesionales asaltaba la casa, dejando un reguero de cadáveres a su paso, Reynolds y Washington iniciaban una trepidante huida por las calles de Ciudad del Cabo para sobrevivir. Mientras tanto, secretos gubernamentales, agentes corruptos y conspiraciones a gran escala saldrían a la luz entre espectaculares tiroteos y explosiones.

Transporter (2002), de Louis Leterrier y Corey Yuen

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Jason Statham alcanzó el Olimpo de las estrellas del cine de acción con esta saga donde interpretaba a un conductor profesional que se especializaba en transportar mercancías o personas de dudosa procedencia en tiempo récord y sin hacer preguntas. Durante su último encargo, violaría una de las reglas primordiales del Transporter (nunca abrir el paquete), lo que le haría protagonizar, junto a la joven que llevaba en el maletero, una trepidante y mortal persecución en la que intentaban sobrevivir de la horda de asesinos a sueldo enviada por un traficante de personas. La fórmula (acción descerebrada y espectaculares peleas) funcionó durante tres entregas, una serie de televisión y un reboot.

Eraser (1996), de Chuck Russell

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Vanessa Williams interpretaba a la científica de una empresa armamentística que, tras descubrir que sus jefes iban a vender un poderoso rifle a un grupo terrorista, se ofrece como informante del FBI. Su trabajo de infiltración no tardaría en ser descubierto, y la mujer se convertiría en objetivo de asesinos sin escrúpulos, agentes corruptos y hasta el mismísimo departamento de Defensa. Por suerte, contaba como aliado con el agente de Protección de Testigos menos sutil y discreto de la historia del cine, un Arnold Schwarzenegger en pleno apogeo de su rol como héroe de acción que haría volar cuantas cabezas fueran necesarias para que el personaje de Williams pudiera declarar en los tribunales. Chuck Russell cambiaba el histrionismo de Jim Carrey en La máscara por el hieratismo de Chuache en esta cinta entretenida y trepidante que si ha pasado a la posteridad es por lo disparatado de algunas escenas.

Caza legal (1995), de Andrew Sipes

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En los 90, cuando el cine de acción era la gallina de los huevos de oro, cada semana aparecían por la cartelera subproductos donde el guion era mera excusa para llenar la pantalla de tiroteos y explosiones. El boom de las top models servía también para que los productores convirtieran a algunas de las mujeres más deseadas del planeta en reclamo para los instintos primarios de la audiencia. Uno de los ejemplos más recordados (en gran parte, por las numerosas reposiciones televisivas) fue Caza legal, vehículo para el lucimiento de las curvas de Cindy Crawford (nominación al Razzie incluida) en el que la acción descerebrada compartía protagonismo con ridículas escenas de cama donde la química entre Crawford y William Baldwin brillaba por su ausencia. Ella era una prestigiosa abogada de derechos civiles (sic) que descubría una trama protagonizada por ex-agentes de la KGB. Él, un policía que la protegía de los intentos de asesinato de los criminales en una cacería humana a través de EE.UU.

Autor: Juanjo Velasco Fecha de actualización: 26/09/2018
 




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