El País

10 vampiros de cine

Colmillos afilados directos a la pantalla

Llega a nuestra cartelera Underworld: Guerras de sangre, quinta entrega de la saga vampírica protagonizada por Kate Beckinsale. Con motivo de este estreno, recordamos otros míticos chupasangres que, entre el humor negro y el puro terror, tiñeron de rojo las pantallas.

 

El de vampiros es, sin duda, un género cinematográfico en sí mismo. Bajo los colmillos de los no muertos, el séptimo arte ha alumbrado comedias o falsos documentales ( Lo que hacemos en las sombras), dramas intimistas ( Déjame entrar), aventuras superheroicas (Blade), romances adolescentes (la saga Crepúsculo) y, sobre todo, relatos de terror. Entre este último y la acción desenfrenada se mueve la saga Underworld, cuya última entrega, Guerras de sangre, llega a nuestras pantallas para mostrarnos un nuevo capítulo de la sempiterna batalla entre vampiros y hombres lobo. En medio de la contienda vuelve a estar Selene ( Kate Beckinsale), la chupasangre que, traicionada por su propia especie, deberá proteger a su hija mestiza de los ataques de unos y otros, que quieren usar su sangre como arma definitiva.

Aprovechando el derroche de sangre que nos ofrece la directora Anna Foerster, reunimos a los mejores, y más sedientos, vampiros que se han paseado por el cine.

Nosferatu el vampiro (1922), de F.W. Murnau

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Pilar del cine de vampiros, esta cinta muda, creada en los albores del cine y obra clave del expresionismo alemán, ya bebía de la obra de Bram Stoker (cambió su nombre para evitar pagar derechos) mucho antes de que Bela Lugosi se pusiera la capa. En la cinta, el glamour que años más tarde Universal daría al vampiro desaparece para mostrarnos una criatura inquietante, aterradora, de colmillos afilados y orejas puntiagudas, que sin embargo conserva una insaciable sed de sangre. Max Schreck daría vida a este emblemático vampiro, creado en su día como marca blanca del personaje de Stoker, pero que el cine supo dar un lugar propio en el imaginario colectivo. Werner Herzog lo recuperó, ya en color, en 1979 en la piel del gran Klaus Kinski, mientras que Willem Dafoe conseguiría una nominación al Oscar por su interpretación de Schreck (que parece que se tomó demasiado en serio su papel) en el rodaje de Nosferatu en la más que recomendable La sombra del vampiro.

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Drácula (1931), de Tod Browning y Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola

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Se dice que una conversación entre Bram Stoker y un erudito húngaro que le habló de la leyenda de Vlad el Empalador, además de las historias sobre vampiros que empezaban a surgir en la época, inspiraron al escritor irlandés a crear su gran novela y a dar vida (sólo en las páginas, por suerte) al chupasangres más famoso de la historia. El éxito de la obra, publicada en 1897, no pasó desapercibido para los estudios de Hollywood, más concretamente la Universal, que dio presencia al mito de Drácula y forma al arquetipo del vampiro en el cine: imponente y seductor (y eso que no se miraba al espejo), con un gran don de palabra y colmillos afilados. El eterno Bela Lugosi se convirtió en mito gracias a él en Drácula, tanto que su sombra aún era alargada cuando Christopher Lee se puso la capa del conde en numerosas (algunas olvidables) ocasiones. Por suerte, Francis Ford Coppola en su momento más dulce rescataría al legendario no muerto y Gary Oldman conseguiría volver a aterrar a toda una generación en uno de los clásicos indispensables de finales del siglo XX. En el nuevo milenio, Luke Evans se puso en la piel de Drácula en una revisión más "histórica" que terrorífica en la irregular Drácula - La leyenda jamás contada.

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El ansia (1983), de Tony Scott

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Debutaba el mítico Tony Scott con esta cinta de vampiros sin colmillos protagonizada por una impresionante Catherine Deneuve que, hoy en día, es uno de los exponentes más personales y fascinantes del género, en gran parte gracias a su banda sonora y a su inconfundible ambientación. Deneuve es Miriam Blaylock, una mujer de increíble belleza que disfruta de su inmortalidad en Nueva York. Coleccionista de arte, también las almas humanas son un objeto de lujo para su vitrina, en forma de amantes a los que convierte en vampiros mientras los ama, para convertirlos en decrépitos no muertos cuando pierde el interés. Clásico de culto en el que David Bowie y Susan Sarandon (esta última, protagonista de la escena más comentada del film) dejan su impronta y que, desde el vampirismo, habla sobre tabúes de la sociedad de la época como la homosexualidad o el SIDA.

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Noche de miedo (1985), de Tom Holland

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Aunque menos cacareado que otros clásicos de los 80 como Los Goonies o Regreso al Futuro, esta comedia de terror plagada de humor negro tiene su lugar guardado entre las aventuras adolescentes imprescindibles de los 80. Sin búsquedas del tesoro o viajes intertemporales, la cinta de Tom Holland (al que también debemos Muñeco diabólico) conseguía hacernos reír, disfrutar y, sobre todo, pasar mucho miedo desde un, aparentemente, aburrido barrio residencial de clase media americano. Allí vivía Jerry ( Chris Sarandon), un adicto al cine de terror que está convencido de que su encantador vecino es un vampiro responsable de la ola de misteriosos asesinatos que hay en los alrededores de su localidad. En 2011 Craig Gillespie dirigiría un digno remake en el que un memorable Colin Farrell daba vida al chupasangre, cuyos planes sólo podrían ser detenidos por Anton Yelchin y David Tennant, inmenso como el farsante televisivo Peter Vincent.

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Jóvenes ocultos (1987), de Joel Schumacher

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Otra de esas cintas ochenteras que uno guarda con cariño en su filmoteca particular (lo que no significa que haya envejecido especialmente bien), la película de Joel Schumacher aunaba con suspense y un negro sentido del humor el cine de vampiros y el de bandas callejeras, en auge por aquellos años. Jason Patric y Corey Haim eran dos jóvenes que, tras el divorcio de sus padres, se mudan con su madre a California. Allí les llegarán los rumores de la presencia de vampiros, que resultarán ser más ciertos de lo que creen cuando conozcan al carismático David ( Kiefer Sutherland). Para evitar que el personaje de Patric termine su transición a chupasangre, ambos unirán sus fuerzas para acabar con David, el vampiro jefe, en un film desprejuiciado y cuyo absoluto desdén en tomarse en serio a sí mismo lo convierten en un entretenimiento de lo más disfrutable.

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Entrevista con el vampiro (1994), de Neil Jordan

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Posiblemente Anne Rice sea la novelista que más cerca haya estado de Bram Stoker en lo que al subgénero vampírico se refiere. Gran parte de culpa la tuvo Entrevista con el vampiro, primera entrega de su saga sobre el chupasangre Lestat, que tuvo una igual de exitosa adaptación de la mano de Neil Jordan. Película imprescindible de la década de los 90, Rice recuperaba el glamour (incluso el erotismo) del vampiro clásico y a su vez revisionaba el mito en esta historia sobre la inmortalidad, el amor y la pérdida en la que Tom Cruise era tan seductor como terrorífico y Brad Pitt un hombre atormentado por la pérdida de su familia que revelará a un periodista (Christian Slater) su vida y obra como no muerto.

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Abierto hasta el amanecer (1996), de Robert Rodríguez

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No uno, sino toda una legión de vampiros esperaban al bueno (en esta ocasión, no tanto) de George Clooney en un insólito bar de carretera. Hasta allí llegaría con su hermano, un psicópata interpretado por Quentin Tarantino, y la familia que habían tomado como rehenes hasta cruzar la frontera. Robert Rodríguez continuaba haciéndose un nombre con esta cinta pulp de ecos carpenterianos y guion del propio Tarantino que destilaba humor negro y mala baba por los cuatro costados y que dejaría para la posteridad una de las escenas más sugerentes del cine de chupasangres. Una pista: involucra a Salma Hayek y una serpiente.

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Blade (1998), de Stephen Norrington

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El vampiro de Marvel fue un pionero en lo que se refiere a adaptaciones cinematográficas de superhéroes. Fue de los primeros en dar la dentellada a la taquilla de la mano de un Wesley Snipes en sus grandes años al que el papel le venía como anillo al dedo. Este antihéroe, hijo de una humana y un vampiro, albergaba lo mejor de los dos mundos, y usaba sus dones para dar caza a cuanto chupasangre se cruzara en su camino. La primera entrega daba un giro a la mitología del vampiro, mostrando una sociedad decadente, a punto de estallar, entre los que aún defienden la pureza de la sangre y los convertidos, que reclaman su lugar en los organismos de poder. Stephen Dorff conseguía un villano de kilates (hoy en día sigue siendo uno de los mejores que hemos visto en un film de Marvel), precisamente lo único que le faltaba a la superior secuela de Guillermo del Toro y a la infame tercera entrega (Blade: Trinity), que sin embargo sirvió para presentar en sociedad a Ryan Reynolds y Jessica Biel.

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Vampiros (1998), de John Carpenter

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Imprescindible para cualquier amante del género vampírico, la cinta de John Carpenter aunaba los convencionalismos del western con la clásica mitología de los no muertos en una cinta pulp cuyo espíritu de serie B no le resta (en todo caso, suma) un ápice de encanto. Vale la pena pasar por alto los efectos especiales de baratillo y el esquemático villano con tal de presenciar el show de James Woods, auténtico amo y señor de la función como el cazavampiros más badass que ha pisado la gran pantalla, toda una máquina de mal carácter, frases lapidarias, humor negro y lengua más afilada que las estacas de madera que clava en los pechos de los incautos chupasangres.

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Déjame entrar (2008), de Tomas Alfredson

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Cuando parecía que el cuello del género vampírico se estaba quedando seco, Tomas Alfredson insufló sangre nueva con esta aclamada cinta que trata, desde el drama, temas como el acoso escolar y la amistad entre dos niños, un joven maltratado en el colegio, y una niña que acaba de llegar al vecindario, y que coincide en el tiempo con una serie de misteriosas muertes. Con un falso ritmo pausado, la belleza y el realismo de la cinta construyen un suspense que desemboca en un clímax final difícilmente superado por cualquiera de sus compañeras de género. En plena fiebre del remake hollywoodiense, la cinta sueca tuvo su reflejo americano de la mano de Matt Reeves y con Chloe Grace Moretz y Kodi Smit-Mcphee que, si bien no llega a la excelencia de la original, sirve como magnífico complemento para una sesión doble.

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Autor: Juanjo Velasco Fecha de actualización: 10/01/2017
 


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