Las ganadoras del Oscar a Mejor película más infames de la historia

Cuando el dinero, la influencia o las filias y fobias de la Academia pueden más que la calidad artística. Repasamos aquellos films que, contra todo pronóstico (y la lógica) se llevaron un inmerecido Oscar a Mejor película.

 

Los gustos de la Academia son inescrutables. Sólo así uno puede explicarse que algunas de las películas más grandes de la historia, como Ciudadano Kane, El tercer hombre o Pulp Fiction, por citar sólo a tres, se quedaran sin Oscar a Mejor película en favor de notables (pero inferiores) largometrajes como Qué verde era mi valle, Eva al desnudo o Forrest Gump. Sin embargo, éstos no son los ejemplos más flagrantes de cintas mediocres que, sin llegar a la categoría de bodrios, se alzaron con la estatuilla cuando había otras mejores. Con la igualada 92ª ceremonia de los Oscars a la vuelta de la esquina, renunimos las que, desde nuestra humilde opinión, son las 10 peores (o más injustas) ganadoras del máximo premio que otorga la industria del cine.

Crash (2004), de Paul Haggis

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Crash consiguió, para sorpresa del personal (no hay más que ver la cara de Jack Nicholson al leer el sobre), el Oscar a Mejor película ante competidoras tan potentes como Munich, de Spielberg, o Brokeback Mountain de Ang Lee. Paul Haggis, reputado guionista, supo combinar sin rubor los ingredientes que tanto gustan a la Academia, véase historias cruzadas, dramas al más puro estilo americano, y temas tan oscarizables como el racismo, la religión o la política en una historia sobre la redención plagada de rostros conocidos que salían de su zona de confort. Los intérpretes hacían lo que podían con esta película, pura manipulación emocional digna de un melodrama de sobremesa, donde Haggis (que ha admitido que no merecía el premio) demostraba sus nulas tablas tras la cámara con una dirección plana y sin alma. 16 años después, pocos se acuerdan de ella.

Shakespeare in Love (1998), de John Madden

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Ni el mismísimo William Shakespeare sería capaz de imaginar una tragedia como aquella ocurrida en 1998, cuando Shakespeare in Love, aseada pero intrascendente tragicomedia romántica dirigida por John Madden, le robaba el Oscar a Mejor película a dos clásicos del cine bélico como Salvar al soldado Ryan o La delgada línea roja. El infame Harvey Weinstein, en la cumbre de su poder en Hollywood, tuvo mucha culpa de este grosero error de la Academia y consiguió rascar hasta siete estatuillas para esta olvidable producción donde un joven Bardo ( Joseph Fiennes) sin inspiración terminaba encontrándola, como era de esperar, en una mujer ( Gwyneth Paltrow) con algún que otro secreto.

El mayor espectáculo del mundo (1952), de Cecil B. Demille

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Lo de las injusticias en los Oscars es algo que lleva ocurriendo desde casi el principio de su existencia. Todavía se recuerda lo que ocurrió en 1953, cuando El mayor espectáculo del mundo se alzó con la preciada estatuilla y ganó a clásicos como El hombre tranquilo o Sólo ante el peligro (Cantando bajo la lluvia no estaba ni siquiera nominada). Nadie puede discutirle a Cecil B. Demille su importancia como uno de los grandes de la industria americana, pero también hay que reconocer que este descafeinado drama familiar (con triángulo amoroso) ambientado en el mundo del circo no fue su película más brillante.

La vuelta al mundo en 80 días (1956), de Michael Anderson y John Farrow

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En 1957, Cecil B. Demille probó de su propia medicina cuando vio cómo La vuelta al mundo en 80 días, entretenimiento familiar protagonizado por David Niven y Mario Moreno "Cantinflas", se llevaba la estatuilla por delante de una de sus obras maestras: Los diez mandamientos. Cuesta encontrar una explicación (que no implique el soborno) a qué llevó a la Academia a premiar esta cinta de aventuras en un año en el que también competía Gigante y donde Los siete samuráis, de Akira Kurosawa, ni siquiera llegó a estar nominada. Quizá tuvo que ver el hecho de que 40 de las estrellas más influyentes de Hollywood (desde Marlene Dietrich hasta Buster Keaton o Frank Sinatra) hicieron cameos en esta cinta que, todo hay que decirlo, tenía un diseño de producción impecable para la época.

The Artist (2011), de Michel Hazanavicius

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La nostalgia es una poderosa arma. De no ser así, cuesta encontrar una explicación lógica al Oscar a Mejor película para The Artist. La cinta de Michel Hazanavicius se convirtió en una de las grandes sorpresas de la historia de estos premios, más por lo arriesgado de la propuesta (película francesa, muda y en blanco y negro), que por la calidad de sus competidoras ( War Horse, Midnight in Paris o El árbol de la vida son buenas películas, pero no obras maestras). La Academia, siempre sensible a las historias de cine dentro del cine, se rindió al homenaje a la edad de oro de Hollywood y pasó por alto las muchas deficiencias de un largometraje con encanto, pero artificiosa.

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (2014), de Alejandro G. Iñárritu

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No hay nada que guste más a un académico de Hollywood que una historia de redención donde el protagonista (y quien lo interpreta) es un actor en horas bajas a punto de salir del agujero. Si a esto añadimos un enfoque revolucionario y un indiscutible logro técnico, la estatuilla está prácticamente asegurada, sin importar si el argumento es más o menos coherente o si los movimientos de cámara invitan a tomarse una Biodramina. Boyhood (que si hablamos de hito cinematográfico, se lleva la palma) se quedó sin estatuilla ante una Birdman que, si merecía algún Oscar, era el de Mejor actor para Michael Keaton, y no se lo llevó.

Una mente maravillosa (2001), de Ron Howard

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Con Una mente maravillosa, Ron Howard firmaba todo un manifiesto de su manera de ver el cine, una película de impecable acabado visual y diseño de producción, sólidas interpretaciones y una poco disimulada tendencia a la manipulación emocional del espectador. En esta ocasión, el biopic de John Nash, que mientras intentaba sentar cátedra en el mundo de las matemáticas tuvo que luchar con la esquizofrenia, no sólo consiguió tocar la fibra sensible del público, también la de los académicos, que se olvidaron de que era una cinta previsible, de códigos narrativos próximos a la obsolescencia y edulcorado acercamiento a una terrible enfermedad mental y le dieron el Oscar para el que había sido diseñada. Era la más oscarizable de las nominadas (la notable Gosford Park, la primera entrega de El señor de los anillos y la videoclipera Moulin Rouge, entre ellas) y, quizá, eso fue lo que la llevó al éxito.

Chicago (2002), de Rob Marshall

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Daría para un programa de Cuarto Milenio el caso de los Oscars 2003, cuando películas como Gangs of New York, El pianista (de Roman Polanski) o Las horas vieron desde el patio de butacas cómo Chicago recogía el eunuco dorado a Mejor película. Demasiado premio para el largometraje de Rob Marshall, repleto de espectaculares coreografías (al César lo que es del César), pero cuyo poso dramático no daba ni para un estribillo. Eran los años 2000 y quizá la Academia tenía mono de premiar a un musical (la última había sido Oliver!, en 1969, de la que hablaremos luego), así que se decidió por esta lujosa, pero vacía, adaptación del clásico de Broadway.

Paseando a Miss Daisy (1989), de Bruce Beresford

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Imposible discutir el encanto de esta adaptación de la obra teatral de Alfred Uhry protagonizada por una malhumorada jubilada (Jessica Tandy) y su nuevo chófer negro ( Morgan Freeman), pero cuesta más defender que esta dramedia familiar de moraleja subrayada en amarillo fosforescente se alzara con el Oscar a Mejor película por encima de joyas como El club de los poetas muertos, Nacido el 4 de julio o Mi pie izquierdo. Aunque aborda temas de calado dramático como la cuestión racial en la América sureña, la dirección impersonal de Bruce Beresford restaba enteros a una película cuyos buenos sentimientos (y la completa ausencia de sexo o violencia) cautivó a los (casi siempre) conservadores académicos. Premiar la calidad artística quedaría para otro año.

Oliver (1968), de Carol Reed

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Los años 60 habían sido los de West Side Story, Sonrisas y lágrimas o My Fair Lady, aunténticas obras maestras del musical que convirtieron esta década en, posiblemente, la mejor para el género. A ellas se unió Oliver!, cinta de Carol Reed que reformulaba, a base de canciones y coreografías, el clásico de Charles Dickens Oliver Twist. Quizá la Academia pensaba que le debía una a Reed desde El tercer hombre y decidió premiar a esta película que, sin ser mala, no consiguió pasar a la posteridad, quizá por su incapacidad para encontrar el equilibrio entre el espectáculo familiar y el duro trasfondo del material original. Además, en un año donde 2001: Odisea en el espacio y La semilla del diablo ni siquiera fueron nominadas, el premio debería haber quedado desierto.

Autor: Juanjo Velasco Fecha de actualización: 05/02/2020

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