EL MEJOR CINE “GRECORROMANO”

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Los trescientos y pico son solo los últimos representantes de una estirpe fílmica con solera: la de los actores cachas con faldita, sandalias romanas y toga resbaladiza. Preocupantemente de moda en estos últimos tiempos (de ninguna otra manera se puede calificar a un fenómeno que se ha consolidado gracias a bodrios del calibre de “Immortals” o “Hércules:  El origen de la leyenda), el peplum  pseudohistórico de pantalla verde vive su enésima resurrección (esteroides digitales aparte), mimetizándose con el lenguaje visual del cómic y la videoconsola. Pero el peplum es un género mayor al que debemos algunas (no muchas) películas de categoría. He aquí una sucinta relación de títulos más o menos dignos de revisión de cintas ambientadas, con mayor o menor acierto, en el meollo del mundo clásico.

QUO VADIS (1951)

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Cierto que el paso del tiempo no le ha sentado especialmente bien, pero la cinta de Mervyn Leroy sigue resistiendo visionados de Semana Santa. Como casi todos los peplums romanos de la época el propósito nuclear era contar lo malos que eran los paganos y la cantidad de perrerías que sufrieron los cristianos en manos de lunáticos imperiales como Nerón y demás fauna. Tenía ese tono mesiánico proselitista del cine bíblico pero sin Biblia, pero estaba contada por un artesano de los que ya no quedan, y defendida por un Peter Ustinov, que se adueñó de la personalidad demente de Nerón con una solvencia insultante.

ULISES (1954)

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Independientemente de su valor como aproximación cinematográfica a la obra de Homero, es una película de aventuras muy notable. Una superproducción de las de antes, frenética del primer al último minuto y con un acabado técnico sobresaliente para la época. Sigue siendo aún hoy, probablemente el mejor peplum griego de la historia del cine (bien es cierto que el nivel medio no da para lanzar cohetes) y, a grandes rasgos, es una respetable aproximación al espíritu epopeico de los poemas homéricos. Douglas, además, era un Ulises inmejorable.

ESPARTACO (1960)

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Más de medio siglo después sigue siendo la mejor película de romanos (y griegos) de la historia. Curiosamente Kubrick renegó de ella alegando que los productores le habían practicado un lifting y no reconocía su paternidad. Bendito error y enésima demostración de que hubo un tiempo en el que los productores eran un activo en el proceso creativo. Inmenso guion de Dalton Trumbo, el defenestrado (por los cazadores de brujas), historicidad más que respetable y un puñado de interpretaciones para el recuerdo. Sus últimos veinte minutos exigen uno o dos paquetes de Kleenex completos. Una joya.

EL LEÓN DE ESPARTA (1962)

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Antes de los 3oo Hollywood ya se había fijado en la batalla del desfiladero de las Termópilas. Los espartanos de Rudolph Maté vestían disfraces de romano de feria, pero era lo que se estilaba en la época, y a Hollywood le resbalaba la fidelidad histórica. Tiene un desfavorecedor tufillo de serie B, y es la prueba más papable de que Hollywood nunca ha sabido exprimir el filón narrativo que ofrece la Grecia clásica. Es de lo mejor del cine grecohollywoodiense de siempre, por eso está en esta lista, pero también es verdad que aún está por hacerse la película de griegos que supere holgadamente el aprobado.

LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO (1964)

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Otro peplum de mártires cristianos con ese aire añejo de superproducción de cine-città en la que el desfile de rostros conocidos maquillaba las deficiencias de un proyecto con demasiados delirios de grandeza. Típico blockbuster de Samuel Bronston, con cantidad de pasta invertida y escasa consistencia emocional, la película romana de Anthony Mann es historia por su espectacular reparto y su historicidad dudosa. Cine de ese que resiste malamente un revisionado fuera de contexto, sigue siendo, con todo, un referente del peplum crepuscular.

FURIA DE TITANES (1981)

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Obra cumbre de la factoría Harryhausen, sus efectos visuales nos dejaron a todos sin aliento en los 80. Sigue teniendo un encanto irresistible, en los tiempos de trampa digital, volver a la artesanía del stop-motion no tiene precio. Hay que mirarla con cierta condescendencia, pero resiste el paso del tiempo mucho mejor de lo que cabía pronosticar. Quizá el más brillante de los peplums mitológicos de serie B de la historia del cine anglosajón. Y para los perezosos que reniegan del efecto visual jurásico existe el digno remake de Louis Leterrier, una estimable película de aventuras que, inexplicablemente, fue juzgada con un rasero racional que no reconocía sus fascinantes atavismos.

GLADIATOR (2000)

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El peplum hibernó durante dos largas décadas, considerado y juzgado como la reliquia de un tiempo olvidado, pero Ridley Scott demostró en 2000 que el peplum aún tenía cuerda para rato con las desventuras de Máximo Décimo Meridio, heroica espina dorsal de una película que reinventó el cine de romanos y lo redescubrió para una nueva generación de espectadores. Cinco Oscar le dieron la razón, eso y unos mareantes números en taquilla. En el fondo era un refrito de viejos clásicos del subgénero, pero un refrito grandioso con una puesta en escena que cortaba la respiración. Si no existiera Espartaco, la mejor película de romanos ever.

ALEJANDRO MAGNO (2004)

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A Oliver Stone le esperaban con la porra a punto para atizarle a base de bien desde que se supo que se atrevería con la historia más grande jamás contada. Contar la vida y milagros del Magno en un largometraje es imposible, y pese al escarnio y la burla, el director de JFK  logró un resultado más que estimable, dadas las circunstancias. Convivían errores de bulto (algunos deslices de casting, el exceso de la antifílmica voz en off) con virtudes deslumbrantes (las batallas de Gaugamela y del Hidaspes son un diez), pero sus desequilibrios no justifican el linchamiento. El director’s cut hace de ella una película a reivindicar.

TROYA (2004)

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La fiebre Gladiator aún coleaba, pero las expectativas fueron desmesuradas. Homero no se habría reconocido en los tics hollywoodienses que olvidaba del todo la dimensión mitológica del relato (es decir, lo desnaturalizaba del todo), pero Homero está muerto, y adaptar La Iliada no es tarea sencilla. Otra que merece una segunda oportunidad, un visionado sin lupa y sin prejuicios. Contiene un puñado de secuencias muy logradas (el duelo Aquiles-Héctor es puro espectáculo), y se ve sin tentación de ir al baño o a la nevera. A pesar de los pesares, la mejor película homérica de siempre después de Ulises.

300 (2006)

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Está aquí porque no se puede negar que es y ha sido una de las películas de multisala más influyentes de lo que llevamos de siglo XXI. Creo escuela, patentó un esteticismo de pantalla verde imitado hasta la saciedad (y hasta la nausea) por el cine y la televisión, pero más allá de la gracia de lograr que una película pareciera un cómic en movimiento nunca hemos compartido, ni por lo más remoto, el entusiasmo general hacia una propuesta manierista hasta la extenuación y punta de lanza de un modelo de épica basado en el músculo, el grito y el torso desnudo que merece elogios escasos. Icónica, a pesar de todo.

EL ÁGUILA DE LA LEGIÓN (2011)

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La mejor película de romanos desde Gladiator aunque, admitámoslo, la competencia no opuso demasiada resistencia. Otro peplum de esos que de haber nacido en los 50 bien podría ser una película de referencia, pero que ha venido al mundo en una era de hostilidad hacia el filón grecorromano. Una de las películas históricamente más cuidadas de la historia del subgénero, porque no solo recrea ambientes, sino también ideas y creencias con un rigor bastante notable. Además es una estupenda película de aventuras coronada por un climax de altísimo octanaje. Otro título a rescatar del olvido.