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Crítica: Danny Boyle exhibe su genio visual, para lo bueno y lo malo, en una sobrecogedora epopeya de supervivencia empujada por un brillante James Franco

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
127 horas

Lo mejor:
Un sufridísimo James Franco

Lo peor:
El exhibicionismo visual de Boyle

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 04/02/2011
  • Director: Danny Boyle
  • Actores: James Franco (Aron Ralston), Amber Tamblyn (Megan), Kate Mara (Kristi), Clémence Poésy (Rana), Treat Williams (Padre de Aaron), Kate Burton (Madre de Aaron), Lizzy Caplan (Sonja Raston), Pieter Jan Brugge (Eric Meijer)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, EE.UU., 2010
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Enterrado de Rodrigo Cortés encerraba a Ryan Reynolds en una lata de sardinas (un ataúd) para inventarse una película de suspense absorbente que descansaba sobre la interacción del protagonista con un teléfono móvil. Danny Boyle se inventa un drama de supervivencia demoledor con los mismos rudimentos en un ejercicio de malabarismo narrativo que comparte minimalismo escénico y conceptual con el de Cortés cambiando el móvil por una videocámara y el féretro por las angostas paredes de un desfiladero.

127 horas es una de las propuestas "escénicas" más diabólicamente minimalistas del cine americano reciente, y a lo largo de sus 90 minutos de existencia se examina la capacidad de Danny Boyle para sacar petróleo de un pedazo de tierra seca. Basada en un escalofriante episodio real, la cinta narra la agónica lucha por la supervivencia de un aventurero temerario cuyo brazo derecho quedó atrapado entre la pared de un desfiladero intransitado y una roca rodante que lo atrapó sin escapatoria posible durante 127 interminables horas sin apenas alimentos, agua (acabó bebiendo su propia orina para sobrevivir) ni esperanza.

James Franco, candidato al Oscar, sujeta el marrón sobre sus hombros con una compostura que hasta ahora no se le conocía. 127 horas es un monólogo y Franco sale airoso del empeño auxiliado por el torbellino visual que Boyle ha montado a su alrededor, en un sofisticado ejercicio de planificación y montaje funambulista que viene a ser, o a intentar ser, un recordatorio de sus incontestables dotes como inventor de aparejos visuales con pedigrí. Su última película se sujeta a través de flashbacks, delirios mentales y percepciones distorsionadas del inhóspito contexto.

Y es que el protagonista real de 127 horasno es James Franco sino Danny Boyle, para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno porque la tensión es irrespirable del primer al último minuto; la dimensión de la hazaña es de esas que merecen ser contadas (a rebufo de aquel Tocando el vacío de Kevin McDonald, docudrama primo-hermano de la cinta de Boyle), y porque el dispositivo visual es de alto nivel. Para lo malo porque el toque Boyle es de piñón fijo.

127 horasabusa de malabarismos visuales para dar el pego (algo que no necesitaba Rodrigo Cortés en la notable Enterrado) y, peor aún, la mayoría de ellos son reciclados. Tenemos la sensación de que el manual de estilo del director británico es monotemático. A ratos 127 horases Slumdog Millionaire en las Rocosas; Boyle se repite demasiado como artista de lo visual, sencillamente ya no sorprende. 127 horas es cine un pelín exhibicionista y narcisista. Y eso es gracias y a pesar de su reputado autor, que tiende a estandarizar una foma muy suya de contar historias pero que necesita ventilación urgente.

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