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Crítica: Carnicería samurái impecáblemente coreografiada en un brillante chambara de serie B de tintes épico-crepusculares

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
13 asesinos

Lo mejor:
Una puesta en escena sobresaliente

Lo peor:
Alguno de los inoportunos paréntesis humorísticos

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 12/08/2011
  • Director: Takashi Miike
  • Actores: Kôji Yakusho (Shinzaemon), Takayuki Yamada (Shinrouko), Yûsuke Iseya (Koyata), Gorô Inagaki (Lord Naritsugu Matsudaira), Masachika Ichimura (Hanbei Kitou), Mikijiro Hira (Sir Doi), Hiroki Matsukata (Kuranaga), Ikki Sawamura (Mitsuhashi)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, Japón, 2010
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Con Los siete samuráis como referente más inmediato, Takashi Miike explora por primera vez el paisaje del chambara (cine de samuráis) en el presupuesto clásico de una ficción voluntariamente convencional que remoza los arquetipos más anacrónicos del género reubicándolos en un paisaje fílmico moderno. 13 asesinos no es una estéril y pasiva mirada hacia el glorioso pasado del género: sí, Miike guiña el ojo a la heroica, a la representación clásica del orgullo samurái como catársis social, como ejemplo ético (y estético) en el marco de una lealtad social-institucional inquebrantable y admirable.

Pero hay mucho más que eso; Miike reinterpreta el ideal tradicional desde la veneración de la épica informal e iconoclasta de la serie B, pero más aún su película bucea en los patrones formales y conceptuales del Manga Gekiga, de la narrativa gráfica crepuscular, descarnada y brutalmente desmitificadora de las viñetas de Hiroshi Hirata.

De esa mirada multimedia emerge una epopeya de autoinmolación sólo aparentemente lineal. Miike no beatifica a sus héroes, más bien cuestiona la sinrazón de sus acciones. Los samuráis de 13 asesinos no son los abnegados defensores de causa perdidas, los caballeros andantes custodios de una ética marcial en proceso de extinción. La ética marcial aquí ya es historia, y los lazos de lealtad y vasallaje se han corrompido y desfigurado al límite del delirio.

Miike cuestiona esa servidumbre ciega y enfermiza del samurái que, desprovisto de voluntad, mata por servir a un tirano anteponiendo la lealtad a los principios. 13 asesinos, así, no tiene nada de condescendencia; Miike desluce el mito en un baño de sangre coreográficamente dantesco del que no emerge gloria alguna, sólo los escombros de un sistema político-social clamorosamente disfuncional. Pero ante todo 13 asesinos es un chambara de palomitas y la salvaje orgía de acero y sangre que motoriza el relato saca lo mejor de Miike, que sacrifica a sus samuráis de manual en una cruenta masacre que es en sí un prodigio de puesta en escena y de caótico crescendo.

La batalla final ocupa prácticamente media película, pero Miike no es Michael Bay: aquí la destrucción aviva el fuego de un conflicto de honor de proporciones épicas y palpita en medio de una intensidad trágica nada desdeñable. Aquí el movimiento frenético de la interminable set-piece enfatiza el carácter epopeico de una historia de arquitectura dramática elemental pero vívida y coherente que escudriña, con rigor y vehemencia de estilo incontestable, el sombrío y bárbaro heroísmo de una casta guerrera ahogándose en los estertores de su propia leyenda

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