El País
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Crítica: Imágenes de clase

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
13 horas: Los soldados secretos de Bengasi

Lo mejor:
Para quien tenga inquietudes, es algo más que una crónica de hazañas bélicas

Lo peor:
Quien no tenga inquietudes, la disfrutará sin problemas como mera crónica de hazañas bélicas

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 26/02/2016
  • Director: Michael Bay
  • Actores: John Krasinski (Jack), Max Martini (Oz), David Giuntoli (Scott Wickland), Toby Stephens (Glen ´Bub´ Doherty), Pablo Schreiber (Tanto), Freddie Stroma (Brit Vaynor), James Badge Dale (Rone), David Denman (Boon), David Costabile (The Chief), Wrenn Schmidt (Becky Silva), Peyman Moaadi (Amahl), Elektra Anastasi (Agente de la CIA ), Ivy George (Emily)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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El plano inicial de esta la duodécima película del director californiano Michael Bay, consiste en una panorámica sobre el globo terrestre que dirige nuestra mirada hacia Oriente Medio; 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi recrea en clave de acción y suspense el asalto que llevaron a cabo en 2012 milicias locales contra un consulado estadounidense y una base cercana de la CIA en Pakistán. La última imagen del filme, por el contrario, es un plano detalle de un muro conmemorativo que honra el fallecimiento en acto de servicio de norteamericanos al servicio de su país.

 No es ni mucho menos la primera vez que Bay -artífice previo de Dos policías rebeldes (1995), Armageddon (1998), La isla (2005) o la saga Transformers (2007-)- plasma el contraste entre la idea maniquea de América como encarnación de los valores supremos de la democracia y la libertad, y la constatación por parte de sus protagonistas de que la realidad es muy distinta a los sueños vendidos por el complejo mediático-cultural vigente en aquella sociedad; sobre todo, si no se pertenece a su clase dirigente. El heroísmo que puede practicarse en esas circunstancias tiene más que ver con las nociones del sacrificio, la carne de cañón, la nota a pie de página.

 Se trata de inquietudes presentes en varias de sus realizaciones, que habían adoptado perfiles más visibles y ásperos en algunas de las últimas - Transformers: El lado oscuro de la Luna (2011), Dolor y dinero (2013)-, y que expone sin disimulos, sin sutileza ninguna, en 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi, como rubrican esos planos en que la bandera estadounidense -icono fetichista, tortuoso de Bay- se estremece como un ser vivo mientras es acribillada a balazos, y acaba por yacer abrasada en una piscina. La película sigue, por lo demás, la estela pionera de Black Hawk derribado (2001) y de cintas bélicas más próximas como Acto de valor (2012), El único superviviente (2013) y El francotirador (2014); todas ellas han dejado a un lado la política expresa, para centrarse en escaramuzas concretas de resultados agridulces, experimentadas por militares cuyos únicos intereses estriban en cubrir durante el combate la espalda a sus compañeros, y en volver a casa sanos y salvos.

 En 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi, los protagonistas no son ni siquiera soldados, sino contratistas externos de la CIA, que se han visto abocados a tan peligroso empleo por la recesión económica. La llamada Batalla de Bengasi, que se cobró la vida del embajador en Pakistán y otros tres norteamericanos, servirá sobre todo en pantalla para que Jack Silva ( John Krasinski) y sus compañeros hagan tragarse a sus superiores institucionales el desprecio con que les habían tratado hasta entonces, y para exponer la poca fiabilidad de las elites gobernantes a la hora de comprometerse con sus ciudadanos.

 En este sentido, se ha acusado a 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi de estrenarse en fechas inoportunas, dado el momento presente de carrera electoral en Estados Unidos, a la que concurre Hillary Clinton -Secretaria de Estado en 2012 y presunta responsable subsidiaria, por tanto, de que la legación norteamericana en Pakistán quedase abandonada a su suerte durante horas-. Pero la película, pese a estar repleta de sobreimpresiones que nos informan con exactitud de horas y localizaciones, y de concluir con los típicos rótulos explicativos y fotografías reales de los implicados en la refriega, tiene como es habitual en su autor poco de documental.

 En efecto, ni la minuciosidad de datos y ambientación, ni unas formas atemperadas para lo que es habitual en Bay que remiten al Ridley Scott de la citada Black Hawk derribado y al Peter Berg de La sombra del reino (2007), impiden que 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi termine convirtiéndose en un cómic de hazañas bélicas primario y retrógrado: su puesta en escena es incapaz de trascender los infinitos tópicos sonrojantes con que se describe a los personajes y se han escrito sus diálogos, y en un momento cumbre se abandona a un autohomenaje visual procedente de Pearl Harbor (2001) que, si nos habla de algo, es de cine, de espectáculo vergonzante, de autorías frustradas y frustrantes.

 Ello no obsta para que abunden los momentos brillantes: la reunión abortada en un café y la escena de persecución que le sigue, el reflejo de la cotidianidad durante el amanecer previo al asalto, el primer intento nocturno de las milicias por tomar la base de la CIA y, en especial, la caza de un automóvil que confunde el sentido de su rumbo en mitad del ataque. También es interesante cómo Bay, abonado por primera vez en su carrera al digital durante todo un metraje, juega con puntos de vista y texturas, sin que eso implique abdicar de su llamativo, a veces muy bello, sentido del estilo y el encuadre.

  13 horas: Los soldados secretos de Bengasi vuelve a ser, en resumidas cuentas, la propuesta de un director más interesado en la expresividad de las imágenes que en la coherencia narrativa y argumental de los relatos; y de un tipo cuya obra evidencia su ineptitud y/o su desinterés por elaborar discursos culturales y lograr con ello el beneplácito de la intelligentsia. A Bay le gusta contar que su abuelo le instruyó en la creencia de que "la única manera de hacer dinero es vender a la América profunda", algo que delata de por sí una apología de la mediocridad, heredada por su nieto. Bay es único para vender fábulas que subliman lo que puede llegar a fantasear un nativo cualquiera de Iowa, alienado estética y espiritualmente por la ficción y la publicidad televisivas, acerca de lo que significa ser norteamericano. En ello radican, como exploró a conciencia una película tan elocuente ya desde su título como Dolor y dinero, el perverso encanto y las muchas limitaciones de su cine.

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