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Crítica: Ruido a toda pastilla y desvaríos digitales a discreción en una película de catástrofes que presenta grietas en todos sus frentes

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
2012

Lo mejor:
La inundación del Himalaya

Lo peor:
Que se crea tan importante como para durar casi tres horas

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  • Género: Ciencia-ficción
  • Fecha de estreno: 13/11/2009
  • Director: Roland Emmerich
  • Actores: John Cusack (Jackson Curtis), Amanda Peet (Kate Curtis), Chiwetel Ejiofor (Adrian Helmsley), Oliver Platt (Carl Anheuser), Thandie Newton (Laura Wilson), Danny Glover (presidente Thomas Wilson), Woody Harrelson (Charlie Frost), Morgan Lily (Lilly Curtis)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2009
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Roland Emmerich es un agorero del pasado mañana. Sus películas, cuando la tienen, tienen gracia precisamente por proyectar miedos del presente en un futuro inminente. Es la ciencia-ficción instantánea, de una hora después del ahora, y es en ese universo de milenarismo express donde su cine, muy limitado en forma y fondo, se mueve más a sus anchas. Pasaba con "Independence Day" y "El día de mañana", la elementalidad ingenua de sus respectivos dramas tenía la virtud de la inmediatez, el calor que mana de las elucubraciones y los delirios creíbles. En "2012" se acabó el pastel, el artificio empacha y la ensalada de filigranas digitales remite sistemáticamente al ámbito de lo acrobático, del ilusionismo vasto y torticero.

Rapapolvo a Emmerich, antes que nada, por seguir contando la misma historia ad infinitum, sin dar muestras de fatiga. Otra vez lo mismo: un encadenado monstruoso de cataclismos naturales o innaturales con mogollón de pantalla verde y en medio un padre incomprendido que se desvive por poner a salvo a su familia en medio del caos. Otra vez Emmerich toca el mismo instrumento, la misma música; no hay nada mejor que la familia unida, ni, en su defecto, que un Presidente de los EE.UU. como mandan los cánones; heroico, sacrificado y padre ejemplar de la nación.

Cine, otra vez, toscamente moralista y atolondrado, enganchado a la melaza del melodramatismo facilón y la emoción de cartón-piedra, "2012" no engaña a nadie: la historia, el guión o su sombra, están colados con calzador en el desmadre digital, en el descomunal destrozo pirotécnico multifactorial: la alineación de los astros provoca erupciones volcánicas, tsunamis, inundaciones, seísmos y toda clase de calamidades que, no obstante, se comportan disciplinadamente como un personaje: Las desgracias derrumban el mundo en estricto orden jerárquico, Washington siempre es la última en caer, para que de tiempo a evacuar a la gente importante.

Por lo demás los terremotos, erupciones y desmadrados oleajes respetan siempre a los actores protagonistas; no ocurren simultáneamente; empiezan en un lugar determinado y luego persiguen a los protagonistas que huyen de ellos como quien lo hace de una estampida de búfalos. A Emmerich se le va totalmente la mano con las acrobáticas secuencias de acción y con el aparejo digital, tan denso y ominipresente, tan alejado de la mesura y del sentido común que a ratos vivimos en la ilusión de habitar en los cromas de un episodio de "Star Wars" o cosas aún más irreales. Al director alemán se le va la mano con todo; con las piruetas persecutorias, con el sentimentalismo, con los decorados virtuales y con la duración.

Las dos horas y media de carreras entre la megadestrucción elevada al cubo y los afortunadísimos protagonistas que esquivan todos los pedruscos por tierra mar y aire están en las antípodas del buen cine de catástrofes. Nada que ver con "El día de mañana", que por tener tenía hasta discursillo político con discretos recados a la administración Bush, en mitad de una orgía destructiva escalofriante por tener al menos medio pie en el suelo y, dentro de lo que cabe, una relativa modestia. "2012" es un vendaval de hecatombes sin ton ni son, cosidas por los hilos finos de un guión infumable que no sabe siquiera asumir su posición decorativa en medio de la explosión incontinente de dinamita y fuegos artificiales.

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