El País

Crítica: La calle como escuela

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
A cambio de nada

Lo mejor:
La lograda fusión de elementos cómicos y trágicos.

Lo peor:
Una historia que ya nos han contado muchas veces.

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 08/05/2015
  • Director: Daniel Guzmán
  • Actores: Luis Tosar, Miguel Rellán, Felipe Vélez, Antonia Guzmán, Miguel Herrán, Antonio Bachiller, María Miguel
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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La calle, dicen, es la mejor escuela de vida; pero como en todas las escuelas en esta también hay buenos y malos estudiantes. Daniel Guzmán escarba en el asfalto en busca de los sueños rotos de un adolescente varado, que trata de construir su propio espacio de confort, su territorio emocional desafiando las normas, huyendo de un nido familiar en el que no se reconoce, en busca de nuevos referentes en una urbe en la que sobran almas solitarias ávidas de adoptar a un cachorro descarriado. A cambio de nada es el retrato de iniciación de un rebelde con causa. La ciudad emerge aquí como espacio de desencuentros, como un hábitat inhóspito y hostil en el que el cachorro trata a la desesperada de encontrar su sitio.

Guzmán apuesta por el filtro clásico del drama social/naturalista, construyendo la tragedia sin aspavientos ni ramalazos sensibleros bordando el retrato del extrarradio obrero, y aledaños, con una película que, más allá de una tesis no demasiado original, se crece en el honesto retrato de un puñado de personajes auténticos, de carne y hueso, disertando acerca del significado de la palabra amistad, del concepto de lealtad-dependencia, gestionando con habilidad los códigos del costumbrismo de suburbio, sin torcer el gesto, de tal manera que la comedia, muy espontánea, delimite el drama y viceversa, trazando una brillante semblanza del universo adolescente.

Ese medido equilibrio entre tragedia y comedia, entre el rostro más amargo del desengaño ante una madurez enemiga y la media sonrisa resignada del pícaro tramposo que pone buena cara al mal tiempo, es el motor que mueve la máquina del debut de un director que, y ese es el mejor cumplido que cabe hacérsele, no parece un debutante. Guzmán se maneja con oficio en esa épica canalla de los suburbios, en el sorbo agridulce de la vida obrera de suburbio. Su película tiene mucho de mirada antropológica a un hábitat social que él conoce muy bien porque lo ha vivido en primera persona. Una mirada desprovista de intensidad forzada o atisbo de intensidad dramática mal entendida.

A cambio de nada mantiene el tipo aún moviéndose siempre por territorios muy bien conocidos, a vueltas con situaciones un tanto estereotipadas. Guzmán tiene mucha culpa porque sus personajes tienen alma, pero también por el soberbio trabajo de dirección de un puñado de actores amateur que transmiten verdad en cada palabra y gesto. Mención especial merecen los dos chavales sin brújula en torno a cuya amistad se asienta el notable calado emocional del relato. Miguel Herrán y Antonio Bachiller, que se mueven con la soltura del veterano, son un feliz descubrimiento.

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