Crítica: Resistir hasta el final

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha: 04/12/2014
Adiós al lenguaje

Lo mejor:
La libertad creativa, la elaboración formal y el fragor expresivo de las imágenes hacen de la película uno de los ensayos audiovisuales más logrados de Godard.

Lo peor:
A la hora de cuestionar nuestro presente cultural y político, la nostalgia arrogante, tan característica del cineasta, predomina a veces sobre el análisis riguroso.

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 28/11/2014
  • Director: Jean-Luc Godard
  • Actores: Héloise Godet (Josette), Kamel Abdeli (Gédéon), Richard Chevallier (Marcus), Zoé Bruneau (Ivitch), Christian Gregori (Davidson), Jessica Erickson (Mary Shelley)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2014
  • Calificación: Pendiente por calificar

+ info

En el implacable y divertidísimo ensayo El intelectual melancólico (Anagrama, 2011), Jordi Gracia denunciaba la estéril afectación melancólica de ciertas facciones de la clase intelectual contemporánea, provocada por «la frustración en el límite de la edad productiva, el desengaño frente a las mutaciones sociales imprevistas, la herida abierta de una vanidad nunca estabilizada». El Jean-Luc Godard de hoy podría ser la encarnación perfecta de esta figura. No queremos tampoco pasarnos de iconoclastas, teniendo en cuenta que hablamos de un cineasta que, gracias al desparpajo creativo y a los no pocos hallazgos formales de las películas que firmara durante los años 60, llegó a ejercer un influjo decisivo en el devenir del cine mundial. Pero no es menos cierto que buena parte de su filmografía ha envejecido mal; el mayor interés ahora de trabajos una vez subversivos como La China (1967), Sympathy For The Devil (1968), Pasión (1982), Yo te saludo, María (1984) o las piezas rodadas con el Grupo Dziga Vertov es principalmente arqueológico.

Uno diría que tras culminar, en 1998, la monumental Histoire(s) du Cinema, Godard se fue recluyendo progresivamente en un búnker artístico, volviéndose cada vez más autocomplaciente, distanciándose de las transformaciones que ha ido viviendo el audiovisual desde entonces y emitiendo petulantes y airados juicios de valor sobre el presente desde su aislamiento. Sus admiradores incondicionales no parecen excesivamente preocupados por ello, aplaudiendo cada nueva ocurrencia del legendario director —ya sean largometrajes, desplantes o declaraciones controvertidas en los medios de comunicación— como si se tratase invariablemente de transgresiones. Pero, ¿hasta qué punto, en un panorama donde la imagen está sometida a toda suerte de mutaciones, siguen siendo revolucionarios ensayos solipsistas como Filme Socialisme (2010), henchido de un elitismo cultural que le impide siquiera intentar entender el carácter promiscuo y aterritorial del audiovisual hipermoderno? Y es que quien contribuyera a dinamitar las fronteras entre alta y baja cultura por medio de la reivindicación del cine de género norteamericano ha acabado por instituirse en un icono de la burguesía cultural con ínfulas progresistas.

Lamentamos que en España no sea posible visionar la película en 3D, tal como la concibió el cineasta. Desconocemos, por tanto, lo que hubiera podido aportar el uso de este formato, más allá de la apropiación de una herramienta vertebral en el cine espectáculo para denunciar la falta de imaginación que oferta la cultura de masas actual. Aunque a Adiós al lenguaje podamos achacarle los mismos problemas que a sus collages recientes, sus méritos y brotes de lucidez lo convierten en uno de los trabajos más estimulantes del último Godard.

En primer lugar, hay una clara radicalización de los recursos formales a los que el realizador lleva recurriendo desde  tiempo atrás: la dislocación narrativa, la asociación de imágenes por textura o nexos conceptuales, la fragmentación del espacio escénico, el montaje visual y sonoro abrupto o la sobreimpresión de imágenes y textos. En Adiós al lenguaje, articulada en torno a un brillante juego de repeticiones y reflejos oblicuos, Godard experimenta con las imágenes con el fin de reivindicar la cultura del esfuerzo manual en plena hegemonía de lo digital, alcanzando momentos francamente hermosos: difumina el plano hasta hacer de él un lienzo de luz y color  o compone secuencias de una belleza cromática abrumadora.

Atravesada por un fino hilo conductor que conecta la sombra del totalitarismo que se cierne sobre los Estados modernos, el futuro incierto de los países emergentes, la "desustanciación" del lenguaje de las imágenes —reducidas a meros signos— en la era 2.0 y la necesidad de refundar nuestra mirada devolviéndole la primitividad perdida, Adiós al lenguaje establece un diagnóstico del presente más inspirado de lo habitual. Existen planos y tramos con auténtico fulgor poético —la alegoría que construye sobre la concepción de Frankenstein por parte de Mary Shelley es brillante— y un puñado de inteligentes apuntes en torno a nuestros tiempos, desde meditaciones a propósito de la des-igualdad de género hasta notas terribles acerca de lo que heredamos del nazismo.

Adiós al lenguaje es, en última instancia, un artefacto de resistencia a través de la melancolía, pero también de la esperanza: frente a la egolatría predominante propone el fortalecimiento de lo relacional, y contra la mirada anestesiada, el regreso a la animalidad, al balbuceo infantil ante un mundo nuevo en el que todavía todo esté por nombrar; es decir, por significar.

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