El País

Crítica: Niños perdidos

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Alguien a quien amar

Lo mejor:
Las interpretaciones y la fotografía

Lo peor:
Las hechuras impecables de la película no logran disimular, incluso puede que subrayen, la naturaleza muy convencional del relato

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 24/10/2014
  • Director: Pernille Fischer
  • Actores: Mikael Persbrandt (Thomas Jacob), Trine Dyrholm (Molly Moe), Birgitte Hjort Sørensen (Julie), Eve Best (Kate), Lourdes Faberes (Pepita Ponce), Peter Frödin (Talkshow Host)
  • Nacionalidad y año de producción: Dinamarca, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Desde que el mítico vagabundo encarnado por Charles Chaplin se topase con un bebe arrojado a la basura en El chico (1921), y se convirtiese a regañadientes en un padre adoptivo sin duda pintoresco pero rendido incondicionalmente al amor por la criatura que el destino había puesto en su camino, pueden contarse por docenas las películas centradas en la relación tortuosa entre un adulto alérgico por la razón que sea a los dictados sociales sobre la familia, y un pequeño infante aparecido por sorpresa que le obliga a afrontar responsabilidades y a dar cabida en su corazón a sentimientos altruistas.

Por supuesto, en cada época esta historia ha mudado sus rasgos, de manera que el espectador no perciba claramente la manipulación moralista de que es objeto por parte de la estructura sociocultural y económica en que se inscribe la producción de la película en cuestión: lo "natural", vienen a decirnos este tipo de cintas, a lo que toca abocarse pese a la ilusión individual momentánea de que existen otras posibilidades, es a contribuir a la perpetuación de la especie, al ciclo de la vida; a olvidarse de uno mismo en nombre del bienestar de las generaciones venideras.

No es casual que la incorporación progresiva de la mujer desde el ámbito doméstico al laboral haya propiciado títulos en que también es víctima de esta trampa, véanse títulos como Baby, tú vales mucho (1987) o Lío embarazoso (2007). Ni que las parejas hipster hayan sido asimismo aleccionadas al respecto en los últimos años por productos hechos a su medida como Declaración de guerra (2011) o Alabama Monroe (2012).

Pero el hombre continúa siendo objetivo primordial de estas fábulas. Quizás, porque en su asignación de género ha salido mejor librado, y es menos receptivo de entrada a la supuesta autoridad ética que confieren los cuidados. Alguien a quien amar es en este sentido una película paradigmática, aunque se le dará más crédito que a propuestas comerciales como Un papá genial (1999) -de la que hereda, por cierto, un momento escatológico icónico-, No se aceptan devoluciones (2013), o la todavía en cartel Así nos va (2014), por aquello de tratarse de una producción nórdica, haber sido programada en el Festival de Berlín, y estrenarse en el circuito de versión original subtitulada.

Su protagonista es Thomas Jacob, un cantautor de éxito afincado en Los Ángeles que regresa a su Dinamarca natal para grabar un disco. Allí se topa con familiares que decidió dejar atrás años ha: su desequilibrada hija Julie, y Noa, un nieto que desconocía tener. Una serie de circunstancias que no desvelaremos obligará a Thomas a hacerse cargo de Noa, lo que le llevará a confrontar su actitud ante la vida y hasta a reinventar sus esencias como músico, un tanto agostadas en la madurez.

En su cuarto largometraje, la realizadora Pernille Fischer Christensen juega de nuevo con las apariencias, tanto en lo que se refiere a los argumentos como a lo audiovisual, a fin de dignificar una sensibilidad femenina de manual, una búsqueda de nuestra catarsis emocional por la vía de la manipulación tosca. Por supuesto, los paisajes desolados cubiertos de nieve, los silencios, la cámara plantada a menudo en el cogote de la estrella sueca Mikael Persbrandt (en un papel que guarda ciertas concomitancias con su agitada vida real), el subrayado de los momentos depresivos, pueden hacer que el espectador se engañe o simule engañarse al respecto de lo que está viendo, poco más que un drama televisivo de sobremesa.

Y apuntar que las interpretaciones del primer al último actor son impecables, que la fotografía de Laust Trier-Mørk es excelente, o que, cuando acaba la película, dan ganas de comprarse su banda sonora, tan solo acrecienta el fracaso global de Alguien a quien amar, en la que solo algunas escenas responden a sus pretensiones: el intento patético de Thomas por forzar un contacto íntimo con una de sus colaboradoras más fieles, la estancia en un velatorio del veterano músico y su nieto, y, sobre todo, la conversación final de ambos en un internado, que nos deja claro que uno y otro, sin importar sus edades respectivas, son niños perdidos.

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