El País

Crítica: La vida es sueño

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
Amar, beber y cantar

Lo mejor:
Sus complejas estrategias formales son capaces de invocar una permanente sensación de ensoñación y misterio

Lo peor:
En ocasiones, la faceta ensayística neutraliza la parte puramente dramática del filme

Valoración GDO


Valoración usuarios
  • Actualmente 3.5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
3.3
30 votos

Gracias por tu valoración!

Ya has valorado esta página, sólo la puedes valorar una vez!

Tu valoración ha cambiado, gracias por contribuir!

  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 21/08/2015
  • Director: Alain Resnais
  • Actores: Hippolyte Girardot (Colin), Sabine Azéma (Kathryn), Caroline Sihol (Tamara), André Dussollier (Simeon), Alba Gaïa Kraghede Bellugi (Tilly), Sandrine Kiberlain (Monica)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

+ info

Fallecido en marzo de 2014, Alain Resnais comenzó su andadura cinematográfica a finales de los años 40, viéndose impelido en el largo camino por los nuevos vientos de aquella Nouvelle Vague que contribuyó decisivamente a certificar la defunción del clasicismo cinematográfico tal como lo habíamos conocido. Películas fundamentales en su filmografía como las archicitadas Noche y niebla (1955), Hiroshima, mi amor (1959) o El año pasado en Marienbad (1961) dan cuenta de la manera en que fructificaron búsquedas estilísticas que emergían de las cenizas del paradigma clásico americano y de un mundo extrañado de sí mismo, reconfigurado en términos políticos, sociales y morales tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Así pues, se ha repetido hasta la saciedad -con el peligro latente de fosilizar el estudio de su legado- que Resnais es el cineasta de la memoria desgarrada, y que sus largometrajes responden a la tensión entre los laberínticos pasillos del recuerdo y un presente sumido en la opacidad.

 No obstante, el director ha sido el foco de, al menos, dos problemas originados en los acercamientos críticos canónicos. Para empezar, la mitología creada en torno a sus colaboraciones con los escritores Alain Robbe-Grillet y Marguerite Duras ha acabado relegando parcialmente a la sombra títulos tan recomendables como Te quiero, te quiero (1968), pionera de cierto cine fantástico; Providence (1977), primera de las meditaciones explícitas acerca de la naturaleza de los relatos y de su nexo con lo real; la tragicomedia científico-sociológica Mi tío de América (1980); o un díptico que deconstruye los códigos del melodrama clásico: El amor ha muerto (1984) y Melo (1986). En segundo lugar, cabe destacar un fenómeno tristemente habitual: determinadas facciones de la cinefilia, cual sacerdotes que se arrogan el privilegio de la interpretación bíblica, han terminado apropiándose y codificando, a través de un discurso hoy oficializado, trabajos mucho más accesibles -pese a los no pocos retos que proponen- de lo que se ha dado a entender comúnmente.

 El propio Resnais, a quien difícilmente podríamos tildar de elitista, inicia en 1989, con Quiero volver a casa, una travesía por la cultura popular -cinematográfica o no- que siempre lo había fascinado, intentando orientar su voluntad creativa hacia el cine que le suscitaba una mayor afinidad sentimental. De este modo surgen sus primeros musicales -On connaît la chanson (1997) y En la boca no (2003)- y las imágenes se inundan de juegos cromáticos, escenas vodevilescas, elementos referenciales, diálogos e interpretaciones con aires de sátira teatral y malabares de realización y montaje con carácter indisimuladamente lúdico -donde el surrealismo, cómo no, obtiene un peso notable-. Una sensibilidad lindante con lo posmoderno que casi nunca se le ha querido reconocer.

 Poco antes de su defunción, Resnais presentaba en la Berlinale la que sería su última película, Amar, beber y cantar. Como Smoking/No Smoking (1993) y Asuntos privados en lugares públicos (2006), está basada en una pieza teatral del británico Alan Ayckbourn, quien ha sabido condensar en sus escritos una mezcla de la ligereza propia de la farsa británica arquetípica y estimulantes disquisiciones metaficcionales. Resnais, desde la senectud, aporta un aura ensoñada y melancólica a una narración que, como todo su cine tardío, se ha ido sumergiendo en una celebración (agridulce) de la vida, que discurre en permanente huida de la insatisfacción mientras la muerte acecha. Producciones en las que, por así decirlo, se repliega sobre su intimidad mientras persigue, en esa pretendida aproximación al arte que más lo influyó, difuminar la barrera entre la experiencia vivida y las imágenes -la experiencia imaginada.

 Tres parejas de Yorkshire entran en estado de shock cuando descubren que un amigo en común, George Riley -demiurgo que orquesta la trama desde un permanente fuera de campo, como el dramaturgo Antoine D´Anthac en Vous n´avez encore rien vu (2012)- sufre de una enfermedad terminal. Dadas las circunstancias, deciden invitarlo a participar junto a ellos en una obra teatral amateur. Una vez incorporado a los ensayos, tendrá un affaire con cada una de las mujeres, sacando a relucir los problemas que están a punto de echar a perder sus relaciones conyugales. Para adentrarse en esta comedia de enredos, Resnais emplea, como ha hecho en otras ocasiones, estrategias típicamente teatrales. Dos medios, cine y teatro, que confluyen en la génesis del primero, nutrido por la escenografía y las formas de representación propias de la dramaturgia tradicional. El canto de cisne de Resnais tiene, pues, un componente de primitividad, de regreso a los orígenes, reflejado asimismo en una cámara que, aparte de algún paneo y de los close-ups que enmarcan los monólogos, se mantiene más bien estática.

 Las enigmáticas escenas de transición en paisajes naturales fotografiados en digital; el uso de viñetas para ubicar la acción; o la recurrencia a decorados de cartón-piedra y tela son algunas de las tácticas con las que Amar, beber y cantar sondea los límites de la verosimilitud narrativa y se instala en la mágica, extraña frontera entre la recreación dramática y la visibilización de los engranajes que posibilitan que la realidad recorra, a veces, los rieles de la ficción. Pero el gran twist de Resnais, en ese mismo sentido, parte del hecho de convocar a un puñado de intérpretes que han colaborado con él durante largo tiempo: Sabine Azema (su mujer a lo largo de dieciséis años), Andrè Dussollier, Hippolyte Girardot o Sandrine Kiberlain se reúnen en el crepúsculo de sus carreras para disfrutar de los meses de vida restantes de un amigo en un doble sentido: el que otorga la ficción y el del marco en que esta fue producida. Lo cual sirve, además, para plantear un estudio performativo de menor calado, hay que decirlo, que en el filme precedente del director.

 Sin renunciar a la sofisticada arquitectura narrativa y visual que ha caracterizado su quehacer creativo, durante ciertos instantes -especialmente en la amarga, pero nunca condescendiente, escena final-, Resnais consigue alcanzar uno de los sueños de su obra reciente: que la vida -su vida- y el cine crucen la mirada.

Ir a la película >



Servicios


Recibe semanalmente los mejores
planes y premios del Club. ¡Suscríbete!




Blogs

Logo del blog de Guía del Ocio LA GASTRONOMA

15 RAZONES PARA VISITAR ECHAURREN

De Mapi Hermida

“La culpa la tuvieron las colmenillas”. Sí, esa fue exactamente la frase que dijo una de las personas sentadas en nuestra...


Podcast de cine: BUTACA VIP