El País

Crítica: Formas de lo autoral

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Aprendiendo a conducir

Lo mejor:
Las calles de Nueva York

Lo peor:
Ben Kingsley ha conseguido con su falta de criterio que sea difícil tomárselo en serio como actor dramático

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 03/07/2015
  • Director: Isabel Coixet
  • Actores: Patricia Clarkson (Wendy), Ben Kingsley (Darwan), Grace Gummer (Tasha), Jake Weber (Ted), Sarita Choudhury (Jasleen), John Hodgman (vendedor de coches), Daniela Lavender (Mata), Jessie Nagpal (amigo de Mata), Samantha Bee (Debbie), Matt Salinger (Peter), Michael Mantell (padre de Wendy), Joan Juliet Buck (Ruth)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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El estreno de una película como Aprendiendo a conducir pone de nuevo sobre el tapete el eterno debate sobre lo que ha de significar la autoría en un ámbito tan sometido a vaivenes industriales como el cinematográfico. ¿Tiene sentido tratar de ser un artista a toda costa, aunque se vean limitadas las señas de identidad a un entorno cinéfilo reducido en el que las cualidades propias acaban convertidas en tics al gusto de los admiradores? ¿Tiene sentido, por el contrario, renunciar a lo que uno considera es su expresión individual para adaptarse al medio y tratar de aportar al mismo una mirada personal encargo a encargo?

 La respuesta a estas preguntas pasaría lógicamente por saber de qué cineasta estamos hablando, qué tipo de autoría se pretende plantear al público, qué se perdería o ganaría en uno y otro caso en lo relativo a una visión determinada del mundo. En el caso de Isabel Coixet, durante los primeros veinte años de su carrera profesional, los que abarcan desde su segunda película, Cosas que nunca te dije (1996), hasta Mapa de los sonidos de Tokio (2009), vendió -en el sentido más amplio y complejo de la palabra, se forjó tras la cámara rodando anuncios- una sensibilidad transnacional y metapublicitaria que hizo de ella un tótem para los adeptos a la versión original subtitulada y el audiovisual postmoderno.

 Pero el fiasco crítico y, sobre todo, comercial, de la citada Mapa de los sonidos de Tokio, dejó en evidencia que Coixet era menos una autora que otro síntoma de la burbuja socioeconómica que por entonces saltaba por los aires. La melancolía caprichosa, los esteticismos líricos de colegiala, la gravedad de suplemento dominical, que regaban títulos como Mi vida sin mí (2003), La vida secreta de las palabras (2005) o Elegy (2008), delataban no ya fecha de caducidad, sino la falta de un sustrato intelectual de valor que hiciese de sus imágenes una incógnita, y no un mero espejo complaciente del ecosistema cultural en el que habían germinado la directora y sus fans, que empezaba a marchitarse.

 Coixet inició a partir de entonces una travesía del desierto cuyo primer jalón lo constituyeron las lamentables Escuchando al juez Garzón (2011) y Ayer no termina nunca (2013), en las que trató de pagar el peaje ideológico exigido por la crisis demostrando una afasia política explícita que tan solo subrayaba la implícita en su cine durante las dos décadas previas; y cuya segunda fase la están integrando meros encargos como la horrenda intriga adolescente Mi otro yo (2013) y la película que ahora nos ocupa. Una película sin duda menor -nadie se acordará de Aprendiendo a conducir pasados unos días de su estreno-, pero que confirma Coixet ha dejado atrás por el momento unas formas de autoría caracterizadas por la impostura, y se ha lanzado a aprender lo que entraña asomarse al mundo real del cine y sumar lo que pueda.

 Los protagonistas de Aprendiendo a conducir, inspirada en un artículo de Katha Pollitt para The New Yorker que ha adaptado al cine la guionista y artista polifacética Sarah Kernochan, son Wendy ( Patricia Clarkson), una crítica literaria neoyorquina, y Darwan ( Ben Kingsley), un inmigrante hindú que sobrevive en la Gran Manzana impartiendo clases de conducción y ejerciendo como taxista. Wendy y Darwan no tienen, por supuesto, nada en común y, por supuesto, acabarán entablando una relación significativa debido a hallarse en momentos cruciales de sus vidas y, por tanto, con las defensas bajas, más expuestos a lo inesperado: Wendy acaba de separarse tras un matrimonio de veintiún años que creía feliz, y Darwan está a punto de abocarse a un matrimonio concertado tras años de soledad.

  Aprendiendo a conducir es una tragicomedia elemental sobre dos personas de edad madura que se ayudan la una a la otra a la hora de superar constructivamente circunstancias que han obligado a ambos a salir de sus zonas de confort, muy similar en espíritu a films como Dame 10 razones (2006), Madres e hijas (2009), El amor es extraño (2014) o Siempre Alice (2014). Un ejemplo de cine burgués, estereotipado hasta lo autoparódico -Clarkson, que sugirió a Coixet el guión de Sarah Kernochan, parece salida de Si la cosa funciona (2009), mientras que el prolífico y encasillado Kingsley no se sabe si ha escapado de Casa de arena y niebla (2003) o de Iron Man 3 (2013)-, pero que llega a buen puerto gracias a la química entre los dos actores principales, que ya habían trabajado para Coixet en Elegy; la atención de la directora por los detalles y los gestos de los actores, que pone sobre todo de manifiesto una discusión de Wendy con su hija en el salón de aquella; y un montaje por parte de Keith Reamer y la veterana colaboradora de Martin Scorsese, Thelma Schoonmaker, que prima la sencillez y la transparencia. Con estos escasos mimbres, puede que nos hallemos ante una de las mejores películas de Isabel Coixet. O, si se prefiere, ante una de las más apreciables. Al menos, revela que Coixet está tratando de reconsiderar y reformular sus signos como artista.

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