El País

Crítica: Cincuenta piezas de moralina

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Batman: La LEGO película

Lo mejor:
La locura que electriza en ocasiones las imágenes

Lo peor:
El irritante discurso moralista y emocional sobre la necesidad de la familia

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  • Género: Animación
  • Fecha de estreno: 10/02/2017
  • Director: Chris McKay
  • Actores: Jenny Slate (Harley Quinn (voz)), Will Arnett (Batman / Bruce Wayne (voz)), Ralph Fiennes (Alfred Pennyworth (voz)), Rosario Dawson (Batgirl / Barbara Gordon (voz)), Zach Galifianakis (El Joker (voz)), Michael Cera (Robin / Dick Grayson (voz)), Mariah Carey (Mayor McCaskill (voz)), Billy Dee Williams (Dos Caras (voz))
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Dinamarca, 2017
  • Calificación: Todos los públicos y especialmente recomendada para la infancia

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A estas alturas, parece evidente que la sinergia más fructífera entre empresas de juguetes y productoras de Hollywood de entre todas las generadas en los últimos años, es la que han establecido el emporio danés de piezas de construcción LEGO y la productora Warner Bros, con permiso de la que aún mantienen los Transformers de Hasbro y Paramount Pictures. Tras La LEGO película (2014), Batman: La LEGO película es el segundo largometraje para la gran pantalla fruto de dicho acuerdo entre la juguetera y el gran estudio, que también ha dado lugar a un buen número de videojuegos exitosos y de producciones para el mercado televisivo y doméstico.

 Al mismo tiempo que este tipo de artefactos procuran a LEGO un escaparate publicitario gigantesco y legitimado por el aura de la creación audiovisual, han brindado a Warner Animation Group la posibilidad de experimentar con imágenes digitales de cierta inventiva, así como con un talante desprejuiciado y de metafábula que, en vez de disimularlo, realza el absurdo esencial de propuestas como la que nos ocupa, al fin y al cabo un bacanal de marcas del cine y el cómic que luchan por simular un estatus verosímil como figuras de ficción capaces de decir algo significativo sobre nosotros y nuestro mundo, anhelo que aplaudiría cualquier publicitario actual.

 La estrategia puede indignar más o menos, pero se erige un síntoma muy interesante de nuestros tiempos, y, de hecho, propiciaba en La LEGO película un discurso libertario y proto-anarquista a niveles existencial, político y casi metafísico, que, a pesar de estar lleno de contradicciones, resultaba de lo más estimulante. Batman: La LEGO película -que, como indica su título, convierte en protagonista al secundario más carismático de aquel primer filme- cae sin embargo en el error, al menos desde nuestro punto de vista, de articularse como relato con un determinado sesgo moral, didáctico; algo que no solo menoscaba el alcance trastornado de las imágenes, sino que acaba degenerando, como era de temer dada la afasia intelectual del cine popular contemporáneo y su público mayoritario, en la pura y simple moralina, entre lo rancio y lo políticamente correcto.

 Y es que Batman: La LEGO película nos cuenta cómo el hombre murciélago creado en el seno de DC Comics y adaptado al cine por Christopher Nolan y otros, vence por enésima vez a su archienemigo el Joker, que pretendía como siempre destruir Gotham City, solo para descubrir que ese triunfo le aboca a una soledad que él mismo se ha buscado por su prepotencia, y por su empeño en aferrarse a la rabia por la muerte de sus padres que hizo de él en primera instancia un superhéroe. Cuando el Joker logre liberar al panteón de supervillanos DC presos en la Zona Fantasma, y el poder maligno de todos ellos se cierna sobre la ciudad, Batman se verá obligado a reconsiderar sus valores y a confiar en el equipo de combate que, inadvertidamente, se ha formado a su alrededor, compuesto por Robin, Barbara Gordon, y su fiel mayordomo Alfred.

 Mientras Batman: La LEGO película apuesta por reírse de las convenciones formales del cine de superhéroes, como ocurre durante los primeros minutos, o por sumir las escenas en un delirio de luz y sonido que en algunas ocasiones se adscriben al registro del musical y en otras se abandonan a la pura abstracción figurativa -y no solo en los momentos más espectaculares, atención a la expresividad colorista de la pieza minimalista que ejerce como recepcionista en la Zona Fantasma-, el espectador tiene garantizado pasar un buen rato. Por el contrario, cuando hace acto de aparición la apología de lo colaborativo, la empatía emocional y el contubernio familiar -tan adocenado como siempre pese a su aparente heterodoxia-, perorata que además se reitera a lo largo del metraje sin sentido ninguno de la medida, es muy probable que se empiece a sentir irritación ante lo que se ve, y, más aún, que se acabe por cuestionar la legitimidad ética de un invento tan comercial como este para andar adoctrinando sobre unas y otras cuestiones. Lo que en principio podía tener encanto como amoral, pasa a inspirar aborrecimiento por su inmoralidad.

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