El País
Imprimir

Crítica: El mercado de las emociones

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha: 23/12/2016
Belleza oculta

Lo mejor:
Helen Mirren, insumergible hasta en películas tan desastrosas como esta.

Lo peor:
¿Quién se atreverá a despertar a Will Smith de su ilusión fallida de ser un predicador cinematográfico?

Valoración GDO


Valoración usuarios
  • Actualmente 3 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
3.2
82 votos

Gracias por tu valoración!

Ya has valorado esta página, sólo la puedes valorar una vez!

Tu valoración ha cambiado, gracias por contribuir!

  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 23/12/2016
  • Director: David Frankel
  • Actores: Will Smith (Howard), Edward Norton (Whit), Kate Winslet (Claire), Michael Pena (Simon), Helen Mirren (Brigitte), Naomie Harris (Madeleine), Keira Knightley (Amy)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

+ info

Llegada su carrera a un punto tan abisal como el representado por Belleza colateral, lo único que cabe preguntarse ya es por las distorsionadas razones psicológicas o de imagen que están llevando a Will Smith a sacrificar de manera sadomasoquista su condición como actor y estrella de cine, en el altar de unas fábulas fílmicas sobre el arte del buen vivir que parecen destinadas, sobre todo, a aliviar una conciencia torturada como persona o, quizás, a maquillar su auténtico semblante moral.

Es probable que en un futuro se estudie –y revalorice– con mirada más justa el ciclo de películas protagonizadas por Smith que hacen gala de las inquietudes apuntadas. Ciclo iniciado por En busca de la felicidad (2006), proseguido por Siete almas (2008), After Earth (2013) y La verdad duele (2015), y rematado quizá por Belleza colateral; película que, a la hora de escribir estas líneas, es notorio que ha saldado su exhibición en Estados Unidos con un brutal fracaso de público y crítica. Muy merecido, conste. Que dentro de unos años sea analizable de forma distanciada, apreciando con ecuanimidad ciertas constantes creativas, no significa que a fecha de hoy esta serie de películas y, más en concreto, Belleza colateral, no puedan amargarle la vida a un espectador ansioso por sobrevivir en el cine a una tarde de festivo, y ello es obligado advertirlo sin dejar lugar ninguno a la duda.

En efecto, nos hallamos ante una fábula de espíritu navideño víctima mortal de los irrisorios artificios orquestados por el guionista Allan Loeb, que no acierta a hacer más digeribles una puesta en escena informativa, plúmbea, a cargo de David Frankel, firmante previo de títulos hasta cierto punto similares, y estimables, como El diablo viste de Prada (2006) y El gran año (2011). Smith interpreta a Howard, un publicista que pierde la ilusión de vivir cuando su única hija fallece con solo seis años debido a un cáncer. Su conducta errática empieza a preocupar a sus tres compañeros de trabajo más cercanos. No solo porque amenaza con abismarle en el desequilibrio mental. También, porque pone en peligro la existencia de la empresa en la que trabajan los cuatro. Sus colegas ponen en marcha un ambicioso plan con el que pretenden recuperar a Howard para el mundo o, en el peor de los casos, inhabilitarle profesionalmente a fin de que la compañía pueda salir a flote.

No hay nada verosímil o, en su defecto, cautivador, en Belleza colateral. La historia funciona desde el minuto uno de metraje a base de irritantes golpes de efecto sentimentales y escenográficos que, sin sentido ninguno de la gradación, pretenden arrancarle al espectador sonrisas y lágrimas, y adoctrinarle al respecto, tanto de las prioridades a tener en cuenta en la vida, como de la belleza colateral rastreable en las coyunturas desgraciadas que antes o después cualquier ser humano habrá de atravesar. Como las recientes La vida secreta de Walter Mitty (2013) y El juez (2014), la película de Frankel y Loeb pretende encarnar un cine de talante entrañable, humanista, susceptible de ser reconocido por crítica y académicos; opuesto en cualquier caso al modelo de blockbuster que prima en Hollywood desde hace unos años. Y, sin embargo, las formas de todas ellas están envenenadas por el sentido del espectáculo sintético, sensacionalista, característico de las superproducciones. Lo que, dado el scope cotidiano de sus imaginarios, acaba por generar efectos grotescos.

Baste con apreciar que las relaciones entre los protagonistas de la ficción carecen de organicidad, la expresión de las mismas es incapaz de bastarse a sí misma para trasladar al público las intenciones de los artífices de la cinta. Los gestos, los dilemas y las resoluciones de los personajes, están mediados por figuras diegéticas aparatosas: representaciones teatrales, juegos de efecto dominó, grabaciones en vídeo, sorpresas como si nos hallásemos viendo un thriller, y una entronización de los lenguajes de lo publicitario y la autoayuda que barre con las formas intrínsecas del drama.

Belleza colateral acaba por ser una película menos sobre la superación con madurez de hechos trágicos, que sobre las taras de nuestra contemporaneidad para entenderse a sí misma, si no es a través de códigos interesados no tanto en que ello sea posible, como en que sigamos rindiendo provechosamente, sin importar nuestras circunstancias personales, a los intereses de un orden capitalista del trabajo y las emociones. Véase el sensible epitafio dedicado estos días por su patrón a un conductor de camión asesinado por terroristas: "era un buen chófer, uno de los pocos buenos que quedaban en el mercado". Una filosofía lamentable, voceada por el propio Will Smith en tanto apóstol de ciertos estilos de vida, el único papel que parece interesarle de unos años a esta parte. Por desgracia para él, se ve que la mayor parte del público no está dispuesto a pasar por taquilla para atender a sus charlas motivacionales.

 

Ir a la película >




Servicios


Recibe semanalmente los mejores
planes y premios del Club. ¡Suscríbete!


Blogs