El País

Crítica: La verdadera historia.

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
Betibú

Lo mejor:
Sin recurrir a la alegoría ni lastrar a sus imágenes con el peso de lo simbólico, propone entre líneas una oscura mirada a la historia argentina reciente.

Lo peor:
Una intriga flácida y artificiosa que, por momentos, eclipsa el apreciable subtexto de la película.

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  • Género: Policíaca
  • Fecha de estreno: 12/09/2014
  • Director: Miguel Cohan
  • Actores: Mercedes Morán (Nurit Iscar), Daniel Fanego (Jaime Brena), Alberto Ammann (Mariano Saravia), Jose Coronado (Lorenzo Rinaldi), Marina Bellati (Karina), Norman Briski (Gato), Lito Cruz (Venturini)
  • Nacionalidad y año de producción: Argentina, España, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Pedro Chazarreta, el empresario cuyo asesinato sirve como detonante para la trama de Betibú, dice en un vídeo de archivo al que recurren los protagonistas en busca de respuestas: "Quieren saber la verdad. Es un rasgo muy argentino, muy nuestro. No les interesa saber realmente lo que pasó, lo único que les interesa es ajustar la verdad, su verdad, a los hechos". Una reflexión clave para comprender el sentido final de un thriller periodístico que, bajo su lustroso aspecto de filme de evasión, ofrece una reflexión sobre el estado de descomposición moral de la Argentina actual que, por otro lado, resulta sumamente relevante a la hora de aproximarse a la aún breve filmografía de Miguel Cohan, todo un autor en ciernes.

 En su curiosa -aunque a veces algo escuálida y esquemática- ópera prima, Sin retorno (2011), el realizador bonaerense relataba cómo un humilde humorista y padre de familia se veía obligado a cargar con una condena que no le correspondía. El desenlace volvía a situar al protagonista en las calles de la ciudad, apenas ya una sombra de lo que fue, lacónico vengador consciente de que la justicia no pertenece al reino de este mundo y que solo nos queda creer en el poder restaurador de la verdad, por perturbadora que pueda llegar a ser. Las disquisiciones acerca de lo justo y lo verdadero reaparecen obsesivamente en los objetos culturales de la Argentina de las últimas décadas. Dos conceptos en los que se cifra un siglo XX de historias oficiales impuestas a golpe de sable, crímenes humanos irreparables y complots revelados a medias, dejando un amplio margen a la imaginación.

 Desde finales de los años 40, el cine negro encontró en la industria cinematográfica argentina un incomparable caldo de cultivo temático, legándonos títulos tan estimables como Apenas un delincuente (1948), Deshonra (1952) o Mercado negro (1953), que supieron hacerse eco del convulso estado sociopolítico del país latinoamericano y exprimir el potencial estético de una Buenos Aires pintada a modo de monstruosa jungla de cemento. Haddock Films lleva cinco años dedicando notorios esfuerzos a devolver al género el esplendor comercial de antaño, y lo hace a través de la producción de largometrajes técnicamente vistosos, con un notable influjo del cine norteamericano, pero que no dan la espalda a su denominación de origen. Tomando como punto de partida la novela homónima de Claudia Piñeiro -autora, asimismo, de otro libro adaptado a la gran pantalla, Las viudas de los jueves (2009)-, Betibú se inscribe en una prolífica tradición narrativa nacional que va de José Hernández a Jorge Luis Borges, de Domingo Faustino Sarmiento a Roberto Arlt, y que entiende la política "como gran máquina paranoica y ficcional" (en palabras de Ricardo Piglia), en esta ocasión tomando como referencia los códigos del noir.

 La escritora de novelas policíacas Nurit "Betibú" Iscar ( Mercedes Morán interpretando a un trasunto de la propia Piñeiro) y los periodistas Jaime Brena (magistral Daniel Fanego, para variar) y Mariano Saravia ( Alberto Ammann) se embarcan en una atropellada investigación que pondrá en riesgo sus vidas, pues alcanzar la meta implica desmantelar esas mentiras oficiales que, una vez consensuadas socialmente -por comodidad-, se convierten en verdades inamovibles. La encantadora dinámica que se establece entre ellos sirve no solo como telón de fondo para retratar la tensión generacional entre dos formas de entender el periodismo, sino, sobre todo, para hablar de la ficción como herramienta capaz de alumbrar verdades recónditas, secretas.

 El leitmotiv de Betibú es una intriga rutinaria, en ocasiones empapada de afectación, pero cuyos contornos deliberadamente borrosos nos permiten entreverar de manera esquinada los fantasmas de una Argentina tenebrosa que no termina de desaparecer, hoy atrincherada en millonarias urbanizaciones y reencarnada en una lúgubre elite corporativa y política. Es más: en la inquietante conclusión, Cohan se atreve a insinuar el inminente resurgimiento de viejas formas de terror, en apariencia erradicadas tiempo atrás. Ya solo por su audacia y por la capacidad de sugerencia de sus imágenes, merece la pena Betibú, película imperfecta y con altibajos, pero también bello elogio de la conjetura literaria y advertencia, en absoluto banal, de la fragilidad de los sistemas democráticos que trasciende fronteras geográficas.

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