El País
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Crítica: Autorretrato del artista

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Big Eyes

Lo mejor:
Amy Adams y Christoph Waltz, que hacen lo que pueden por insuflar vida a monigotes

Lo peor:
Habrá quien empiece a hablar de clasicismo en Burton a propósito de las imágenes rancias de Big Eyes

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 25/12/2014
  • Director: Tim Burton
  • Actores: Amy Adams (Margaret Keane), Christoph Waltz (Walter Keane), Krysten Ritter (DeeAnn), Jason Schwartzman (Ruben), Danny Huston (Dick Nolan), Terence Stamp (John Canaday), Jon Polito (Enrico Banducci), Vanessa Ross (dama del local San Fran), Elisabetta Fantone (Marta), James Saito (juez)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Hay dos maneras de asomarse a las imágenes de Big Eyes. La primera, sin conocimiento o interés por su productor y director, Tim Burton. En este caso, el espectador habrá de darse por satisfecho con una película biográfica menor, casi una producción televisiva de sobremesa, sobre la pintora estadounidense Margaret Keane (1927).

 Keane es conocida por sus pésimas representaciones pictóricas de mujeres y niños con ojos enormes, que le han procurado un lugar destacado en la escena pop del presente. Cuadros, pese a lo que profetizaba irónicamente Woody Allen en El dormilón (1973), que resulta dudoso hagan de ella un referente en futuras historias del arte.

Pero Margaret también es famosa por dejar durante años que su segundo marido, Walter Keane, pasase por autor de sus obras. Situación inaudita que, mientras estuvieron casados, solventaron recurriendo a la creación de una sociedad lucrativa pero llena de secretos y mentiras. Situación que, cuando se separaron, derivó en guerra judicial entre ambos por hacerse con los derechos de las exitosas pinturas.

 La historia de los Keane está llena de interés. De apuntes implícitos sobre las relaciones de poder en el seno de la pareja, la problemática naturaleza del arte en el marco de la sociedad de masas, la consideración de la mujer en el Occidente de hace medio siglo, la idiosincrasia del artista y la percepción ajena de la misma... Apuntes que Big Eyes no hace otra cosa que ilustrar, carentes sus fotogramas de valores más allá de lo divulgativo, lo didáctico, lo informativo.

 Como equivalente cinematográfico a un artículo sobre los Keane con el que podríamos toparnos en un suplemento dominical, Big Eyes tiene un pase. Ahora bien, como ficción, es decir, como expresión creativa capaz de calar en las pulsiones ocultas bajo nuestros consensos sobre lo real, roza el fracaso absoluto. Y es aquí donde adquiere importancia que el máximo responsable de Big Eyes sea Tim Burton, quien, para colmo, vuelve a trabajar con los guionistas Scott Alexander y Larry Karaszewski, cómplices en la que podría considerarse a fecha de hoy la mejor realización de su carrera, Ed Wood (1994).

 Aquella película era menos el retrato del protagonista también biografiado, el considerado peor director de todos los tiempos, que una estampa del propio Tim Burton, intoxicado por el cine, el entretenimiento basura y una mirada en los márgenes, que se preguntaba cuál era su lugar como creador en una cultura sumida en cambios de los que él era partícipe.

 Pasados veinte años, Burton confirma con Big Eyes que la victoria del frikismo, su propia validación cultural, ha supuesto, no solo la desactivación de sus rasgos más subversivos, sino su cosificación al servicio del mercado. El Burton de Ed Wood es equiparable a Margaret Keane, encerrada en un ático rodeada de sus creaciones inquietantes, mientras que el Burton de Big Eyes, el Burton de los últimos quince años, está ejerciendo de Walter Keane, engañándose a sí mismo y los demás, viviendo de las rentas y la nostalgia, más atento al enaltecimiento de su persona que a la significación de sus obras.

 En estas circunstancias, la única duda que nos surge es si Tim Burton ha realizado Big Eyes sin reparar en que trata de su propia depreciación, lo que diría poco de su inteligencia; si es consciente y ha seguido adelante en alas del cinismo, tan consustancial a sus últimas películas -véase el alegórico desenlace de Frankenweenie (2012)- y a nuestra época; o si es una suerte de autocrítica… aunque entonces resulte incomprensible que su próximo proyecto sea ¡Bitelchús 2!

 El paso del tiempo es implacable. Los talentos de un cineasta pueden mudar de rasgos con los años, pero también pueden desembocar en los manierismos y la insolvencia, una vez agotada la inspiración; aunque sus adeptos consideren una traición a sus propios buenos recuerdos y a la construcción de sus criterios cinéfilos el admitirlo, y sigan alabando el autoplagio creativo, la desidia, lo cercano a la tomadura de pelo.

 Allá cada cual, dirá el lector. El problema es que, cada alabanza que se siguen llevado directores como Tim Burton, Woody Allen, Clint Eastwood, Roman Polanski o David Cronenberg, en base a méritos pasados que se proyectan sobre el presente con criterios analíticos distorsionados, supone una pedrada contra los cineastas realmente vivos, que ofrecen algo nuevo a considerar, víctimas de esta glorificación de la decadencia a la que contribuyen tantos críticos y cinéfilos. Continuar riéndole las gracias a Tim Burton, implica que el Tim Burton que merecería nuestro presente tenga menos oportunidades de aflorar.

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