El País

Crítica: El fracaso como sublimación del éxito

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

Lo mejor:
Una planificación modélica y un elenco en estado de gracia

Lo peor:
Quizá el último acto no está a la enorme altura del resto de la cinta

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 09/01/2015
  • Director: Alejandro González Iñárritu
  • Actores: Michael Keaton (Riggan), Emma Stone (Sam), Zach Galifianakis (Jake), Naomi Watts (Lesley), Jeremy Shamos (Ralph), Andrea Riseborough (Laura), Damian Young (Gabriel), Keenan Shimizu (Han), Natalie Gold (Clara), Edward Norton (Mike), Clark Middleton (Sydney), Amy Ryan (Sylvia)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Riggan Thomson, el actor venido a menos que trata de resucitar de entre los muertos con un proyecto de desorbitadas pretensiones que lo legitime como artista frente a la crítica y al público, bien podría ser el propio Michael Keaton, o incluso, y he ahí una de las lecturas más sustanciosas de este salto al vacío fílmico con doble tirabuzón, González Iñárritu, denostadísimo por el periodismo cinematográfico por la desgarrada cosmología de sus apabullantes tragedias múltiples, por ese determinismo siniestro del dolor perpetuo, a ratos enfático y afectado, las cosas como son, que impregnan cada plano de sus cuatro primeras películas, instaladas en una depresión perpetúa que algunos interpretan como impostada.

Por eso, de algún modo Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) es un puñetazo encima de la mesa, un rotundo y desafiante aquí estoy yo, de mano de un director que necesita reivindicar su genio y su capacidad para hacer la película que le venga en gana. Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) es, de hecho, la película que esperas que Iñárritu no haría nunca: una comedia negra y cáustica sobre la insoportable levedad del ser artista o simulacro de tal. Una película, decíamos, de pretensiones nada modestas, en la que lo fácil era darse de bruces entre pretensiones y deslices de novato, con un sarcasmo envenenado, con ramalazos de Charlie Kaufman, que cultiva un humorismo del absurdo y un incesante bombardeo de metáforas y aparatosos símiles entre la pantomima de la vida y la verdad de la pantomima y el simulacro.

Filmada en un único y prodigioso plano secuencia (trucado, eso sí), el filme zigzaguea entre los pasillos y camerinos de un backstage que preludia una función ruinosa, entre las bambalinas de la vida a la deriva de un actor acabado de películas de superhéroes que quiere ser artista, asfixiado por las monumentales contradicciones y paradojas de un proyecto y de una etapa vital desfigurados en un ambiente de egos desmesurados, entre los contraluces cegadores del éxito y del fracaso como caras complementarias de la misma moneda. Iñárritu se sumerge en ese universo de sombras, en las falacias y vanidades de ese mundo de artistas y hienas eternamente al acecho, reflexionando con lúcida mala uva acerca de esa gruesa o fina línea que separa el empeño del artesano y del artista, el arte con mayúsculas y la contaminación industrial del mismo.

Todo sin medias tintas, pero con una sutileza que ni se le conocía ni sospechaba a Iñárritu, tomando el pulso a la decadencia de un tipo ahogado por el peso de la nostalgia y el narcisismo malherido de la estrella que ya no brilla, que camina sobre asfalto sucio y no sobre alfombras rojas. Un formidable y sugerentemente excéntrico estudio de personajes que fluye con soltura insultante a rebufo de la indiscreta cámara de Iñárritu, que pulula por los pasillos del teatro, como recreándose en la miseria y el cotilleo, moldeando un asombroso trabajo de planificación que enseña la mejor cara de un puñado de actores desatados, en uno de los tour de force actorales colectivos más potentes del cine de los últimos tiempos, coronado con la resurrección de un heroico Michael Keaton, desnudo en cuerpo y alma, autor de una de las grandes composiciones masculinas del año.

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