El País

Crítica: Ser el paisaje

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Blackhat (Amenaza en la red)

Lo mejor:
La película es un festín para los ojos.

Lo peor:
No es "Heat", ni falta que hace. "Heat" ya existe.

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 30/01/2015
  • Director: Michael Mann
  • Actores: Chris Hemsworth (Nicholas Hathaway), Viola Davis (Carol Barrett), Wei Tang (Lien Chen), William Mapother (Rich Donahue), John Ortiz (Henry Pollack), Sara Finley (agente del FBI), Leehom Wang (Chen Dawai), Ritchie Coster (Kassar), Spencer Garrett (Gary Baker), Tracee Chimo (secretaria)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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¿Cuántas películas le quedarán a Michael Mann en la recámara? El artífice de clásicos populares como la serie Corrupción en Miami (1984-1990), El último mohicano (1992) y Heat (1995) tiene ya setenta años. Hacía seis que no dirigía un largometraje. Concretamente, desde Enemigos públicos (2009), recreación de los últimos trece meses de correrías sentimentales y delictivas del fuera de la ley John Dillinger (1903-1934). Aquel film, interpretado por Johnny Depp y Christian Bale, se constituyó en el enésimo autorretrato espiritual de Mann en torno a profesionales empeñados en desprogramarse, en violentar el uso instrumental que de ellos había hecho hasta entonces el sistema, por la vía del "quererlo todo, ahora, sin pensar en el mañana", como proclamaba Dillinger, o de vivir "mi propia condena, no la que me han impuesto otros", como secunda Nick ( Chris Hemsworth), el hacker protagonista de Blackhat (Amenaza en la sombra).

 Nick, de hecho un convicto cuando empieza la película que nos ocupa, es sacado de la cárcel por el gobierno estadounidense para que ayude a resolver una serie de misteriosos cibercrímenes capaces de poner en jaque la seguridad de una central nuclear o de provocar cataclismos financieros. Una peligrosa labor que le llevará de Los Ángeles a Kuala Lumpur, con Hong Kong y Yakarta como jalones intermedios, siempre escoltado por dos miembros del FBI y dos agentes de la ley chinos, pues la amenaza que se combate trasciende las fronteras de estados soberanos. El guión escrito para   Blackhat (Amenaza en la sombra) por el desconocido Morgan Davis Foehl, es irrelevante: con pocas variaciones, podría haber dado lugar a una entrega más o menos legible, más o menos delirante, de las series James Bond, Jungla de Cristal o Mission: Impossible. Aunque su mirada sobre las actividades informáticas y su repercusión intenta ser verosímil, y resulta de innegable actualidad dadas las noticias crecientes sobre una ciberguerra internacional en la sombra.

En todo caso, Mann hace suyo, vampiriza el libreto de Davis Foehl, al abandonarse por completo a una imagen digital con la que había experimentado progresivamente en Ali (2001), Collateral (2004), Corrupción en Miami (2006) y la citada Enemigos Públicos, pero que alcanza aquí autonomía estética y argumental plena, en sintonía con una preeminencia actual de la imagen que ha roto con cualesquiera diques expresivos, y esas actividades de hackers que, como se enuncia en los compases iniciales de Blackhat (Amenaza en la sombra), "no solo provocan cambios, sino que también los camuflan hasta que es demasiado tarde para reaccionar". Conviene recordar que Enemigos Públicos albergaba un homenaje explícito al cine clásico que era también una forma de despedida, una postrera mirada atrás a una concepción del medio y del género en que Mann siempre se ha movido, el thriller. Despedida que, en cierto modo, le incluía a él mismo, en tanto heredero inevitable de una tradición... y aspirante a su renovación, que siempre ha querido afrontar, como sus personajes, libre de deudas o cortapisas, reacio a las expectativas de críticos y aficionados amigos de usarle como arma arrojadiza. Hasta el extremo, si es necesario, del hackeo cinematográfico y la autoinmolación.

 Por ello, al espectador no le sorprenderá constatar que Blackhat (Amenaza en la sombra) se regodea en lo virtual y la ausencia, en planos que apelan a la digresión lumínica y las convulsiones de color, en rostros que apenas son otra cosa que claroscuros y texturas. Lo que propicia evaluarla en primera instancia como espectro de la filmografía previa de Mann, un simulacro manierista hasta lo paródico de las situaciones y las relaciones que ha plasmado durante décadas; como si su autor se delatase tan perdido en el presente audiovisual, tan incómodo con intérpretes, registros, contextos poco familiares a él, como lo estuviesen a partir de cierto momento el Alfred Hitchcock de Topaz (1969) o el Billy Wilder de Fedora (1978). Pero, por otra parte, bien podría considerarse que su cine ha devenido por fin pura imagen, "escritura una vez esta se ha liberado de la literatura, cuando es ya lenguaje inidentificable que se remite a sí mismo, grado cero del discurso" (Roland Barthes).

 En este sentido, parece ocioso debatir si Blackhat (Amenaza en la sombra) funciona como intriga o no, si "lo peta" en sus escenas de acción o no, si sus personajes son "multidimensionales" (sic) o no, dado que el conjunto presume de un impresionismo narrativo evidente, propio de quien, con fervor casi panteísta, se ha dejado deslumbrar por el poder rector del píxel, sin dejar de ser consciente de los peligros latentes en lo hiperreal. Un dato significativo: Nick Hathaway -quién sabe si un homenaje al cantautor virtual creado como broma en 2012 por un grupo de artistas multimedia- sobrelleva su estancia en prisión leyendo libros de pensadores como Michel Foucault o Jean Baudrillard, analistas de la imagen en tanto origen y destino de lo contemporáneo; una imagen en la que se confunden y diluyen corporeidad e identidades, la esfera privada de las emociones y los sentimientos y su representación pública, la libertad plena para reformularse y el principio de visibilidad obligatoria.

 Las escenas primeras y finales de Blackhat (Amenaza en la sombra) se hacen eco de esta dialéctica, al ilustrar un viaje desde el retrato de nuestro mundo como interfaz, superficie, del signo virtual, hasta la obligación de elegir entre el panóptico vigilante del poder al que todos contribuimos hoy por hoy, y una nueva forma de conciencia, disolución, invisibilidad, comunión con el medio, ya apuntada por otros títulos recientes como Open Windows (2014) o Lucy (2014). Comunión a la que aspira en el fondo toda expresión artística digna de tal: "Ahora me siento como el paisaje, soy el paisaje" (Claude Monet).

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