El País

Crítica: Los que susurran en la oscuridad.

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Borgman

Lo mejor:
La mezcla a fuego lento de registros, que hace del visionado de la película una experiencia desconcertante de principio a fin.

Lo peor:
Pretendiendo lo contrario, es una propuesta algo burguesa, propia de retoño díscolo criado en familia acomodada y lleno de sus dejes.



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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 11/07/2014
  • Director: Alex Van Warmerdam
  • Actores: Jan Bijvoet (Camiel Borgman), Hadewych Minis (Marina), Jeroen Perceval (Richard), Alex Van Warmerdam (Ludwig), Tom Dewispelaere (Pascal), Sara Hjort Ditlevsen (Stine), Elve Lijbaart (Isolde), Dirkje van der Pijl (Rebecca), Pieter-Bas de Waard (Leo), Eva van de Wijdeven (Ilonka), Annet Malherbe (Brenda)
  • Nacionalidad y año de producción: Noruega, Dinamarca, 2013
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

+ info

El octavo largometraje del director Alex van Warmerdam se estrena en nuestros cines un año después de su exitoso paso por los holandeses, y transcurridos nueve meses desde que obtuviese el premio a la mejor película en el Festival de Sitges; espaldarazo promocional que, a fecha de hoy, ha quedado en agua de borrajas. Sin embargo, este enésimo ejemplo de las peculiares estrategias de las distribuidoras españolas, resulta tener un gran sentido de la oportunidad, dada la coincidencia inesperada del estreno con el auge de cierto activista con coleta cuyo discurso ha hecho saltar todas las alarmas en el complejo político-económico-mediático que lleva las riendas de nuestro país.

Y es que el Borgman que da título al film de Van Warmerdam, como el movimiento que aspira a que podamos, supone menos por lo que es en sí mismo, que por dejar en evidencia el escenario corrompido en que hace traumático acto de aparición. Argumento recurrente en la pantalla, como ponen de manifiesto Boudu salvado de las aguas (1932), Teorema (1968), Visitor Q (2001) o la reciente Post Tenebras Lux (2012). Películas todas ellas que han jugado con la idea del extraño desclasado, de un Mal más o menos personificado que se enseñorea de espacios de bienestar social y emocional, y cuya facilidad para hacerlo nos descubre que dichos espacios solo habían podido concretarse aplicando censuras y silencios férreos, marcos opresivos para con la mirada y la moral, que resquebraja la inyección de lo que llaman veneno cuando quieren decir purgante.

La novedad de Borgman, si puede calificarse de tal, es que las actividades del misterioso vagabundo en un hogar pudiente donde le ha acogido una joven esposa y madre, actividades consistentes en un acoso y derribo metódicos de la familia, no pueden por menos que remitirnos a esa Europa contemporánea, abstraída en sí misma, insolidaria y autocomplaciente, cuyas costuras primorosas han saltado por los aires con la presente recesión ética y económica. Desde los primeros minutos de la película, en que se nos muestra a Borgman y otros extraños como él escondidos en el subsuelo, es obvio que se nos está hablando alegóricamente de las corrientes ocultas que permean y hasta nutren nuestras delicadas superficies sociales; superficies que basta rascar, que a veces gusta punzar con prepotencia y ánimo represor, para que los excrementos nos rieguen de los pies a la cabeza.

Como puede apreciarse, Borgman es una película llena de interés, y está resuelta además formalmente con un gran rigor, que atañe a las interpretaciones, el equilibrio entre humor negro, absurdo y hasta terror, y la labor de realización y montaje. Aunque ese exceso de cálculo audiovisual, y su crítica excluyente a lo religioso y la familia como instituciones fundacionales a demoler, tenga algo de ideológicamente trasnochado, de ejercicio para epatar a la burguesía en sí mismo burgués.

Realizaciones previas de Alex van Warmerdam como Abel (1986), Los norteños (1992) y Ober (2006) ya habían dado fe de la condición de enfant terrible de su autor, lo que no termina de casar bien con el hecho de que su producción suele contar con apoyo público, y necesitar para su visibilidad de su programación en infinitos festivales de cine. Su supuesta radicalidad, por ello, es tal solo para los políticos, programadores y críticos que jalean su existencia y valores por aquello de tener un espejo deformado ante el que disculpar su mala conciencia. Borgman, aunque recomendable, no deja de ser uno de esos espectáculos "provocadores" que hacen caer el monóculo de los remilgados en la copa de champán; mientras que, fuera, en las tinieblas que rodean el Palacio de Invierno, formas renovadas e indistinguibles del Mal, con coleta y sin coleta, afilan los cuchillos con los que pasarán a los gerifaltes del régimen y a sus bufones.

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