Crítica: La fe derriba montañas

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Camino de la cruz

Lo mejor:
El rigor de durante casi todo el metraje de montaje y realización

Lo peor:
Es un tipo de película que probablemente solo vayan a ver quienes tengan conciencia previa de las atrocidades que se cuentan

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 12/12/2014
  • Director: Dietrich Brüggemann
  • Actores: Lea van Acken (Maria), Lucie Aron (Bernadette), Anna Brüggemann (Ärztin), Michael Kamp (padre), Moritz Knapp (Christian), Florian Stetter (padre Weber), Franziska Weisz (madre)
  • Nacionalidad y año de producción: Alemania, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Sin necesidad de retrotraernos más en el tiempo, el lector que haya visto películas producidas en la pasada década como Réquiem (2006) y Camino (2008) tendrá de inmediato una idea precisa de lo que nos plantea Dietrich Brüggemann en su cuarto largometraje, ganador de premios varios en los festivales de Berlín, Edimburgo y Valladolid. Y es que, con la ayuda nuevamente de su hermana Anna Brüggemann, actriz y co-guionista del film, el escritor y director alemán hace de Camino de la Cruz la crónica de una destrucción anunciada por culpa del fundamentalismo religioso.

Esa destrucción es la de la joven Bernadette (interpretada por Lucie Aron), nombre escogido con toda intención por los Brüggerman para remitirnos al de la campesina canonizada por la Iglesia Católica en 1933 en virtud de sus supuestas visiones de la Virgen y los supuestos milagros que las acompañaron. Pero la Bernadette de Camino de la cruz, está lejos de ser una pastorcilla bucólica a la que se puede transformar en un icono sin mayores repercusiones; es una chica de 2014 que, en vísperas de recibir el sacramento de la confirmación bajo las alas de su madre, una fanática, y la congregación preconciliar en que vive su fe, comete el error fatal de sentir curiosidad y querer dar vía libre a sus sentimientos y emociones.

 En un ambiente como el que la rodea, restrictivo y manipulador como el de un estado policial, Bernadette se verá abocada a experimentar la época crucial de la adolescencia como un tormento de presuntos crímenes y castigos ciertos; sumida en un estado perpetuo de culpa y asfixia que la lleva a distorsionar por completo el sentido de su existencia. Los Brüggerman retratan ese descenso a los infiernos de lo católico equiparándolo con no poca ironía a las estaciones del vía crucis que sufrió Jesucristo desde su arresto hasta su crucifixión, por lo que el público se ve sometido así a una suerte de ritual cinematográfico perturbador, inexorable, cuyo desenlace es sabido desde el minuto uno pero contra el que nada puede hacerse.

 Camino de la cruz acentúa la sensación de impotencia que embarga tanto a Bernadette como al espectador formalizando dichas estaciones mediante planos fijos y de grupo, en varios casos excepcionales, que evidencian la dinámicas familiares y sectarias en que la chica ha dirimido hasta el momento y dirimirá su vida, y que enfatizan el carácter representativo de lo contado al modo de pinturas religiosas, eso sí, muy poco edificantes. Hasta casi el final de la película, los Brüggerman mantienen un control absoluto, admirable, de la ficción, dejando que esta invoque por sí misma el horror de lo que se nos muestra, sin apostillas ideológicas zafias; pero, en la penúltima estación, que reúne a los padres de Bernadette frente a un catálogo cuya naturaleza no desvelaremos, todo ello está a punto de irse al traste por la torpeza de querer imponer a las imágenes un discurso que ya nos había quedado meridianamente claro.

Tampoco termina de resultar convincente que, de puntillas, la película cargue las tintas contra el credo católico, quedando por comparación el protestante como una mal menor. Pero son problemas que no quitan para recomendar encarecidamente Camino de la cruz, una película que llega además a los cines en un momento muy diferente a aquel de bonanza, más plácido, en que se estrenaron las citadas Réquiem y Camino. La recesión económica y moral que atravesamos, y las victorias electorales de partidos reaccionarios, han desembocado en los últimos años en cierto resurgir de ideologías conservadoras, entre ellas la religiosa, como ponen de manifiesto no solo el goteo incesante en la cartelera de títulos más o menos píos y pseudoespirituales o, sin ir más lejos, la deriva cristianoide última de un programa tan popular como Cuarto Milenio; también los insospechados apoyos a la ley del aborto que pretendía se aprobase en nuestro país el ex-ministro Alberto Ruiz Gallardón, la tolerancia de la sociedad española ante los casos de abusos sexuales que se están destapando en el seno del clero granadino, o la normalidad con que se aceptan noticias como la de esa joven burgalesa sometida a exorcismos en serie por una anorexia interpretada como posesión diabólica (sic). Como puede apreciarse, por duras que puedan parecernos películas como Camino de la cruz, se quedan cortas ante los esperpentos en que es capaz de sumirnos la religión en la vida real.

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