El País

Crítica: Calparsoro no tiene quien le escriba

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Cien años de perdón

Lo mejor:
La fotografía, y los diseños de producción y vestuario

Lo peor:
Desde el minuto uno, la ficción no transmite ningún poder de convicción

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 04/03/2016
  • Director: Daniel Calparsoro
  • Actores: Luis Tosar (Gallego), Rodrigo De la Serna (Uruguayo), Raúl Arévalo (Ferrán), Jose Coronado (Mellizo), Patricia Vico (Sandra), Marian Álvarez (Cristina), Luciano Cáceres (Varela)
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Como ya se ha apuntado en alguna que otra ocasión en esta misma página, aún están pendientes de analizar en profundidad las causas del auge y la caída de un puñado de directores vascos que hace cuarto de siglo parecieron capaces de revolucionar el panorama del cine español, y que han acabado siendo hoy por hoy meros supervivientes en un orden particular y global del audiovisual que no comparte en nada lo que fueron antaño sus desvelos creativos. Es difícil calibrar qué es más inquietante, si la desustanciación de Álex de la Iglesia y Julio Medem, la condición fantasmática de Juanma Bajo Ulloa, la incomprensible precariedad de la filmografía de Enrique Urbizu, o, todo lo contrario, el carácter prolífico del director de Cien años de perdón, Daniel Calparsoro, que se ha cobrado cualquier carga de vitalidad que pudiesen atesorar sus películas primeras.

 En efecto, poco queda en Invasor (2012), Combustión (2013) o esta su nueva película del realizador desgarrado y de talante marginal que abordase Salto al vacío (1995) o A ciegas (1997); a pesar de que sigan habitando el cine de Calparsoro personajes muy poco dóciles a lo que se nos ha instruido a consensuar como realidad, y de que su objetivo continúe manifestado una contundencia inusual para lo que se estila por estos lares. De hecho, la tragedia en su caso puede que no resida en una supuesta traición a ciertos postulados de la autoría fílmica, sino en que su conversión a artesano de la televisión y el cine comerciales y de género -que dio lugar en un primer momento a títulos tan interesantes como Ausentes (2005)- no ha hallado hasta la fecha correspondencia persuasiva en lo que se refiere a los guiones propios o ajenos con que se ha plantado tras la cámara.

 Cien años de perdón vuelve a ser muestra de tal deficiencia. Se trata de un thriller que, como la reciente y asimismo fallida El desconocido (2015), aspira a reformular en clave local clásicos norteamericanos contemporáneos -en el caso de la cinta de Calparsoro, Heat (1995), Plan oculto (2006) o El caballero oscuro (2008)- cuya repercusión ha cambiado la faz del cine de acción y espectáculo urbanos; y que, a la vez, se atreve a plantear una denuncia de tintes sociopolíticos a raíz de la presente crisis económica que se remonta al cine social de atracos más o menos perfectos producido hace medio siglo. La excusa para ello, el relato de un golpe llevado a cabo por varios enmascarados contra un gran banco valenciano; en principio, podría pensarse que los delincuentes aspiran a reventar todas las cajas de seguridad que tengan tiempo antes de verse forzados a abandonar el lugar mediante un elaborado plan de fuga. Pero este no solo se frustra, sino que, además, hay un interés muy concreto por una de las cajas que podría tener repercusiones al más alto nivel gubernamental. El título de la película, segunda mitad de un conocido refrán español, da una pista esencial acerca del discurso que enarbola.

 Hay que reconocerle al guión escrito en solitario por Jorge Guerricaechevarría -no solo colaborador habitual de Álex de la Iglesia, sino firmante junto a Daniel Monzón de un noir determinante para explicar el boom del género en España, Celda 211 (2009)- su ambición; era muy difícil aunar en un todo coherente y armónico la remisión a modelos fílmicos casi contrapuestos, el intento de otorgarles vida nueva en el panorama hispano contemporáneo, y la exposición de una intriga absorbente que funcionase como tal y que, al tiempo, suscitase sin fricciones determinadas lecturas. Por desgracia, esa ambición no llega a buen puerto. Desde el primer momento, no resultan convincentes ni las interpretaciones de los actores, ni las tensiones que se desencadenan entre sus personajes, ni el desarrollo de la historia -el metraje de Cien años de perdón ronda los 90 minutos, pero se hace mucho más largo-, ni las connotaciones críticas; que, tal y como están plasmadas, resultan más chistosas y demagógicas que otra cosa.

 Y poco hace Calparsoro por remediar estas flaquezas, más allá de aportar un empaque superficial a las imágenes, en el que cuentan mucho su empleo del formato panorámico pero, también, la fotografía de Josu Inchaustegui -bastante más inspirado que en El desconocido o Extinction (2015)- y los diseños de producción y vestuario a cargo respectivamente de Angela Nahum y Patricia Monné. Puede, en resumidas cuentas, que Cien años de perdón, cuya producción han respaldado grupos multimedia como Telecinco Cinema y Telefónica Studios, logre obtener un éxito fugaz de taquilla y hasta entretener a los turistas accidentales que invaden los multicines los fines de semana. Pero no le auguramos mucho recorrido en la memoria cinéfila. Calparsoro continúa, por ahora, sin tener a nadie fiable que le escriba.

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