El País

Crítica: La guerra inexpiable

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Corazones de acero

Lo mejor:
Un tono crepuscular muy conseguido

Lo peor:
Un desenlace tan brillante como improbable

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 09/01/2015
  • Director: David Ayer
  • Actores: Brad Pitt (Don ´Wardaddy´ Collier), Shia Labeouf (Boyd ´Bible´ Swan), Logan Lerman (Norman Ellison), Michael Peña (Trini ´Gordo´ Garcia), Jon Bernthal (Grady ´Coon-Ass´ Travis), Jim Parrack (Sergento Binkowski), Anamaria Marinca (Irma), Alicia von Rittberg (Emma), Scott Eastwood (Sergento Miles)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Alemania en los primeros meses del 45 era territorio comanche. Los aliados avanzaban inexorablemente hacia Berlín en un escenario de destrucción y autodestrucción apocalíptico. La experiencia de los soldados que participaron en ese último rush con destino a la capital germana, avanzando sobre tierra quemada, es la estampa dantesca de una matanza innecesaria, toda vez que Hitler se había quedado sin peones, y defendía lo indefendible con ejércitos de niños y civiles militarizados empujados al combate con un cañón de pistola en el cráneo. Fue uno de los escenarios más dantescos de un conflicto muy proclive a lo dantesco. Los perros de la guerra en su versión más grotesca y primitiva, un paisaje de destrucción visceral, de ajustes de cuentas, de sacrificios estériles, de odio encarnizado y enquistado después de cinco años de sangre sin cuartel.

El eco de una guerra que en verdad ya había terminado, que desató los peores instintos de unos, peleando por una paz imposible, y otros, peleando por una paz demasiado cara. El cine ha desglosado las miserias de la II Guerra Mundial, pero no hasta hoy aquellos meses del 45 en la guarida del enemigo en los que había que ganar pueblo a pueblo, colina a colina, palmo a palmo, por culpa de la demencia de un Hitler que movía en un mapa ejércitos imaginarios desde Berlín.

David Ayer bucea en ese agónico avance en tierra hostil, tras la estela de la tripulación de un carro de guerra, en la rutina de una división acorazada estadounidense encargada de neutralizar a los temibles Tiger del Reich. De algún modo Corazones de acero viene a ser a los tanques lo que fue "Salvar al soldado Ryan" a la infantería. Y es que, como Spielberg, Ayer no escatima esfuerzos para dar fe de los horrores más siniestros de la guerra proporcionando una experiencia de combate desde la butaca de cine de una proximidad desarmante, de un naturalismo demoledor, escarbando en el sacrificio heroico de cinco soldados abducidos por la rutina de muerte, por un rencor incurable, atravesados por cicatrices de esas que nadie quiere enseñar porque no provocan orgullo sino vergüenza.

El mayor mérito de esta película es precisamente ese, ofrecer un retrato a cinco bandas de esa desolación colectiva, de ese terrorífico proceso de deshumanización al calor de la metralla y las bombas que solo el espíritu de corps, la camaradería de soldado, puede paliar en medio de semejante orgía de destrucción. Corazones de acero propone magníficas secuencias de guerra acorazada (memorable el enfrentamiento del Tiger germano contra el Fury y otros tres tanques estadounidenses), pero cuaja como película bélica de fuste sobre todo gracias a la plasmación de ese heroísmo crepuscular y desmitificado moldeado en las tribulaciones morales y emocionales de un puñado de personajes muy bien definidos.

Le falta el vuelo de las películas que te dejan poso perpetuo, la pegada de las historias inspiradas en hechos reales (el desenlace es tan emotivo como poco verosímil) o del antibelicismo fílmico más bronco y descarnado, pero Corazones de acero es una notable película de II Guerra Mundial, con un discurso bastante agrio complejo dada su condición de cine de multisala. Ayer arranca, además, de Brad Pitt una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha, en la piel de un sargento que es héroe porque perdió su alma en los años de masacre, inspirado por un grotesco ideal de la patria y del hogar. Y es que cuando las cicatrices te atraviesan las entrañas de arriba a abajo no queda más patria que un cigarro a la luz de la luna con tus camaradas, ni más hogar que proteger que el gélido y claustrofóbico interior de un carro armado.

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