El País

Crítica: El cine como fantasía suprema

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Dioses de Egipto

Lo mejor:
Haciendo gala de todos sus artificios, la película acaba siendo tan mágica como cualquier visionado en la infancia

Lo peor:
Si la película es tan mal acogida en España como en EE.UU., tan solo demostrará hasta qué punto está acartonada la mirada de críticos y espectadores

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  • Género: Aventuras
  • Fecha de estreno: 22/06/2016
  • Director: Alex Proyas
  • Actores: Nicolaj Coster-Waldau (Horus), Gerard Butler (Set), Rachael Blake (Isis), Bryan Brown (Osiris), Elodie Yung (Hathor), Emma Booth (Nephthys), Chadwick Boseman (Thoth), Courtney Eaton (Zaya), Brenton Thwaites (Bek), Goran D. Kleut (Anubis), Geoffrey Rush (Ra)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Nos hallamos en un Egipto milenario en el que las divinidades de aquella mitología existieron realmente, y constituyeron una dinastía que rigió con sus superpoderes los destinos de la población. Se celebra ante la misma la abdicación como rey por parte de Osiris (Bryan Brown) y la coronación de su hijo Horus ( Nikolaj Coster-Waldau). Pero Seti ( Gerard Butler) interrumpe la ceremonia: asesina a su hermano, deja ciego a Horus, y usurpa el trono de Egipto, abocando al país a un régimen de injusticia y terror. En su lucha por reinstaurar el orden previo, Horus habrá de aceptar el auxilio de un simple mortal, Bek (Brenton Thwaites), interesado tan solo a cambio en que Horus le ayude a recuperar desde el reino de los muertos a su amada Zaya (Courtney Eaton).

 Es improbable que el espectador se tope a lo largo de 2016 en la cartelera española con una propuesta más loca que Dioses de Egipto. Pero no porque nos abisme en un universo de fábula -ahí está la reciente y tediosa Warcraft- que trate con todas sus fuerzas de resultar inmersivo, grave, convincente, para otorgar verosimilitud a las fantasías más descabelladas. Por el contrario: consciente de que la única opción viable para enmendar el descrédito actual de la ficción pasa quizá por reflexionar con franqueza acerca de sus mecanismos, la película que nos ocupa juega a suscitar el entusiasmo, el sentido de la maravilla, a partir de un reconocimiento explícito por parte de sus artífices de su naturaleza de espectáculo cinematográfico puntuado por innumerables condicionantes en lo que respecta a sus efectos especiales, el género mitológico en boga a que se adscribe su relato, la presencia de ciertos actores, las hechuras y la recepción que se esperan de ella en tanto superproducción. Un reconocimiento que también se le ruega aceptar a un cinéfilo cuya supuesta inocencia a la hora de disfrutar hoy por hoy del audiovisual es, en muchas ocasiones, un mero simulacro esforzado de tal.

 Ello da lugar a unas imágenes chocantes, propias de cortometraje de Georges Méliès, representación teatral de instituto, videojuego de 64 bits. Imágenes que sería fácil tachar de ridículas, puesto que lo son. Pero que, de avenirse quien mira a cómo apelan al ensueño mismo de fraguar cine a partir de tramoya, dispositivos, comedia del arte, puede mudar en experiencia muy satisfactoria. Incluso, verdaderamente mágica, en comparación a tanto ejercicio contemporáneo de prestidigitación -pensamos también en El Hobbit (2012-2014)- que, a pesar de adoptar los aspavientos y ropajes más vistosos, arrogantes, acostumbra en demasiadas ocasiones a descubrirse desnudo. Dioses de Egipto prefiere honrar con pureza inusual aquella concepción del cine de atracciones enunciada por Tom Gunning: el que muestra y se muestra de manera exhibicionista, que no teme desvelar sus trucos porque los mismos son parte integral de su hechizo.

 En este sentido, el director del filme, Alex Proyas, es muy fiel además al entendimiento del medio que ya había puesto de manifiesto en El cuervo (1994), Dark City (1998), Yo, robot (2004) o Señales del futuro (2009). Títulos, todos ellos, en los que las estructuras y las lógicas de los mundos respectivos plasmados en pantalla se delataban antes o después, en palabras del propio Proyas, construcciones, hiperrealidad. Hasta que dichos mundos se veían sometidos a un evento traumático que obligaba a los protagonistas -como al Horus de Dioses de Egipto, como al público de este tipo de películas- a perfilar, a partir de las ruinas de lo que habían creído inmutable, natural, otra configuración de la mirada.

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