El País

Crítica: Los fantasmas y demonios de la infancia en una sombría adaptación del cuento de Maurice Sendak a cuenta de un inspirado Spike Jonze

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Donde viven los monstruos

Lo mejor:
Su mera e insólita existencia

Lo peor:
Que haya quien la venda como una película infantil-familiar

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  • Género: Aventuras
  • Fecha de estreno: 18/12/2009
  • Director: Spike Jonze
  • Actores: Catherine Keener (Connie), Max Records (Max), Mark RuffaloLauren Ambrose (KW), James Gandolfini (Carol ), Catherine O´Hara (Judith), Forest Whitaker (Ira)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2009
  • Calificación: Todos los públicos

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Lo nuevo de Spike Jonze no es, como se ha dicho, una película para niños. Es, por el contrario, una película sobre la infancia e, inevitablemente, orientada más bien a adultos que una vez fueron niños. Jonze, experto en derramar sobre el guión el lado más turbio del subconsciente, desentraña a su bola los rincones más oscuros del espléndido librito de Maurice Sendak, alumbrando (es un decir) la ensoñación turbia de una fábula que, en sus manos, adquiere rasgos perturbadores.

El universo monstruoso de Jonze es un lugar inhóspito en el que el miedo cobra cuerpo con nitidez tal, que a ratos "Donde viven los monstruos" es, primordialmente, una película de terror. El estilo directo, agresivo y a quemarropa de una puesta en escena construida sobre planos de proximidad y cámara al hombro extreman la vertiente más amarga e histérica de un relato que traza un mapa mental extraordinariamente complejo y difícilmente apto como excursión lúdica para chavales. A ratos, no pocos, "Donde viven los monstruos" es una película incómoda de ver, y lo es porque el universo monstruoso no es sino una representación que oscila entre extremos de los fantasmas (que no son blancos, precisamente) de la infancia.

Jonze nos confronta con el mundo ingrato de las emociones límite, de los instintos incontrolables y del miedo atroz a uno mismo sin el dominio de los mandos del aparato. Sendak sigue ahí, sin duda, pero deformado. Jonze simpatiza con sus monstruos, pero su universo paralelo de salvajismo mental es infinitamente menos acogedor, si cabe, que el de aquel. Cine para meditarlo despacio, que exige ser absorbido sin racionalizarlo más de la cuenta, lo nuevo del director de "Quiero ser John Malkovich" agita y sacude los adentros, sustituyendo la pantalla por un espejo en el que se intuyen los puñeteros demonios del subconsciente.

Jonze juega con el desconcierto como una de sus mejores bazas. A ratos el desconcierto es excesivo, y el drama se aturulla entre la concepción más blanca de Sendak del mundo monstruoso y la del propio Jonze, mucho más escorada hacia el umbral de las pesadillas. Es en esos pasajes de indefinición, de no saber del todo hasta qué punto la cinta se quiere divorciar o no definitivamente de la sensibilidad meramente infantil donde la turbadora propuesta de Jonze desliza su peor cara. Pecata minuta, claro, en el balance de los incontables aciertos de esta insólita película. Jonze se hace valer, como siempre, y sigue alimentando la impresión de que su cine es y será imprescindible para explicar la personalidad cinematográfica del presente.

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