El País

Crítica: Equilibrios creativos

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Eddie el águila

Lo mejor:
Contemplar cómo implicados en un material por debajo de sus talentos, intentan adaptarse al mismo

Lo peor:
No hay ni un ápice de subversión en el tratamiento de las feel-good movies

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  • Género: Biográfica
  • Fecha de estreno: 10/06/2016
  • Director: Dexter Fletcher
  • Actores: Taron Egerton (Eddie Edwards), Hugh Jackman (Bronson Peary), Jo Hartley (Janette), Keith Allen (Terry), Tim McInnerny (Dustin Target), Edvin Endre (Matti Nykänen), Iris Berben (Petra)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Alemania, Reino Unido, 2016
  • Calificación: Todos los públicos

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Como Elegidos para el triunfo (1993), Eddie el águila es una ficción que se toma bastantes libertades a la hora de recrear un hecho real, ya de por sí pintoresco, acaecido durante la XV edición de los Juegos Olímpicos de Invierno, celebrados en Calgary (Canadá) en febrero de 1988. En el caso de Elegidos para el triunfo, se trató de la participación en aquel evento de un equipo jamaicano de bobsleigh, cosa obviamente insólita dado que, en aquel país tropical, brillan por su ausencia la nieve y el hielo. Mientras que Eddie el águila se centra en las aventuras de Eddie Edwards (1963), un británico que trascendió una condición humilde, ciertas deficiencias físicas, y la falta de apoyos institucionales y patrocinadores, para concretar su ilusión de competir en la disciplina de salto de esquí a partir de un entrenamiento amateur. Pese a no obtener ninguna medalla, Edwards devendría un héroe mediático al acabar por convertirse en el primer atleta que representó a su país como saltador y, por tanto, en el primero que ostentó un récord nacional en unos juegos olímpicos.

 No resulta casual que, en un diálogo determinado de Eddie el águila, se haga una broma que hace referencia directa a Billy Elliot (2000), la muestra posiblemente más popular de un género, la feel-good movie -títulos optimistas e inspiradores, también edulcorados en sus apuntes sociales, en torno a la superación de las adversidades y la consecución de los propios sueños-, en el que el cine inglés se ha revelado en las últimas décadas una máquina expendedora de éxitos: Tocando el viento (1996), Full Monty (1997), Quiero ser como Beckham (2002), Radio encubierta (2009), Pride (2014)... Es evidente que el productor de Eddie el águila, Matthew Vaughn, ha querido probar suerte en el ámbito de las feel-good movies para diversificar y sanear los intereses de su compañía, Marv Films, orientados habitualmente hacia un cine popular más áspero y de resultados ajustados en taquilla. Véanse Layer Cake, crimen organizado (2004), Kick-Ass (2010) o Kingsman: Servicio secreto (2014).

 El protagonista de aquella, Taron Egerton, es, de hecho, quien da vida en esta ocasión a Eddie Edwards, recurriendo a unos tics y unos peinados lindantes con lo estrambótico; mientras que el veterano Hugh Jackman encarna un rol inexistente en la vida del esquiador -Bronson Peary, un amargado ex-saltador que recuperará la ilusión entrenando a Eddie- apelando con un ánimo casi paródico a agrestes interpretaciones propias en Acero puro (2011) o la saga X-Men. Es en esas fricciones, en esa conciencia que se percibe en muchos momentos -no ya por parte de los actores, también de los guionistas-, de estar realizando con premeditación y alevosía una película para satisfacer las expectativas de un público predispuesto, donde reside lo más interesante de Eddie el águila. No estamos hablando tanto de cinismo por parte de los responsables de la película, como de un ánimo juguetón, que da pábulo a la profesionalidad, incluso al entusiasmo hacia el proyecto, y, a la vez, a un cierto distanciamiento o a retorcer notas emocionales y épicas familiares.

 Esto da lugar a algunos desequilibrios, que cabe achacar también a la labor de Dexter Fletcher; actor, y director con dos créditos anteriores como tal de lo más convencionales: Wild Bill (2011) y Amanece en Edimburgo (2013). En Eddie el águila, Fletcher vuelve a dar cuenta tras la cámara de una corrección válida para ilustrar, pero ineficaz para modular con armonía los desajustes de la historia y los roces que señalábamos. El fruto de todo ello es una comedia dramática meritoria en su mensaje a favor, no tanto del triunfo material, como de la ambición y el esfuerzo para alcanzar las metas que uno se ha propuesto -mensaje tristemente impopular en la esfera sociocultural española-. Aunque, a partir de cierto punto, se estime que la excusa del relato sobra, y nos veamos bombardeados hasta el final del metraje por una sucesión de escenas que son discursos, monólogos plagados de frases sentenciosas, momentos enfáticos y sensibleros hasta rozar lo kitsch. Eddie el águila se deja ver sin pestañear, resulta muy agradecida. Y también es susceptible de generar mucha vergüenza. Por uno mismo, para empezar, al apreciar que se deja vencer por recursos melodramáticos elementales. Y por los implicados en la producción de la película, que, en definitiva, no saben hacer otra cosa que equilibrios con el material que tienen entre manos; que no se atreven a trastear más que solapadamente con un género tan discutible como el de las feel-good movies.

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