El País

Crítica: Costa-Gavras explora el paisaje desolador de la inmigración con una sugestiva alegoría alejada del tono realista habitual en su cine

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Edén al Oeste

Lo mejor:
La estrategia para la transmisión del discurso

Lo peor:
Está lejos de la mejor versión de Costa Gavras

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 23/10/2009
  • Director: Costa Gavras
  • Actores: Ricardo Scamarcio (Elías), Ulrich Tukur (Nick Nickelby), Juliane Köhler (Christina), Eric Caravaca (Jack), Constantinos Markoulakis (Yvan), Antoine Monot (Karl),
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, Grecia, Italia, 2008
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Más allá del aura alegórica y fabulesca de "Edén al oeste", intuimos inequívocamente los rasgos faciales de un Costa-Gavras que no se traiciona nunca a sí mismo. Su cine pretende una cosa por encima de cualquier otra: agitar conciencias e incomodar indiferencias. Su última película, pese a la cosmética y las apariencias, sigue en los raíles del cine político por el que ha transcurrido todo su género. La pirueta consiste en pulir las aristas del discurso, en distanciarse de la solemnidad y del gran drama, en huir del realismo de los concreto en pos de la metáfora del abstracto.

El cineasta griego cambia de estrategia en la transmisión de su feroz discurso, pero los cimientos son los mismos de casi siempre. Riccardo Scamarcio (que se saca de la manga la mejor interpretación de su carrera hasta la fecha) es un inmigrante varado en las orillas de una tierra de abundancia que pelea por conquistar su pequeño rincón del paraíso en medio de un vendaval de dificultades.

La metáfora es evidente, y el tono alegórico nada rebuscado, y sin embargo "Edén al Oeste" proyecta un aura de honestidad que desarma y vence cualquier reserva derivada de la aparente obviedad de su discurso. Rara avis en el contexto de la filmografía de su autor, la cinta logra su principal propósito: sumergirnos en el espejismo de la fábula sin que perdamos la conciencia de la realidad a la que ésta se refiere. Entre la ironía y la tragedia atemperada construye Costa-Gavras su singular exploración de los demonios de un mundo bipolar que utiliza pero desprecia al inmigrante como un mal necesario en un contexto de inhumanidad irrespirable.

No hay dogmatismos ni didactismos de más en mitad del lúcido análisis, si bien es cierto que, lejos del mordiente visceral de sus mejores obras, el director griego ha dejado aparcada por una vez la máquina perforadora de conciencias. Buen cine, en definitiva, lejos de la excelencia.

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