El País
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Crítica: Tonto útil

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El abuelo que saltó por la ventana y se largó

Lo mejor:
Los gags en torno a varias muertes accidentales

Lo peor:
Es poco más que el resumen de una novela de por sí vulgar



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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 11/07/2014
  • Director: Felix Herngren
  • Actores: Robert Gustafsson (Allan Karlsson), Iwar Wiklander (Julius), David Wiberg (Benny), Mia Skäringer (Gunilla), Jens Hultén (Gäddan), Bianca Cruzeiro (Caracas), Alan Ford (Pim), Sven Lönn (Hinken), David Shackleton (Herbert Einstein), Georg Nikoloff (Popov), Simon Säppenen (Bulten), Manuel Dubra (Esteban)
  • Nacionalidad y año de producción: Suecia, 2013
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Lo burdo del maquillaje que enmascara los rasgos del actor Robert Gustafsson cuando encarna al protagonista de El abuelo que saltó por la ventana y se largó en su vejez, simboliza a la perfección, se haya pretendido o no, la naturaleza de sainete carnavalesco sobre el paso del tiempo y del Tiempo ostentada por esta adaptación de una novela de Jonas Jonasson que solo en España ha vendido trescientos mil ejemplares; naturaleza farsesca que subraya la escena de una fiesta de disfraces ubicada en la París de 1968.

Y es que, en la estela de Forrest Gump (1994) y El curioso caso de Benjamin Button (2008), de Bienvenido, Mr. Chance (1979) y Woyzeck (1979), El abuelo que saltó por la ventana y se largó es una fábula dislocada sobre el tránsito, a través de la Historia y su propia historia, de un individuo cualquiera contemporáneo, sabedor de que los relatos orquestados por la modernidad en torno al progreso íntimo y colectivo han sido falacias, pero incapaz todavía de otorgar sentidos autónomos, renovadores, a su devenir existencial.

Así pues, las peripecias rocambolescas de Allan Karlsson (Gustaffsson) en el hoy, anciano a la fuga de una residencia, y en el ayer, pluma al viento que liga puntualmente su destino a Harry Truman, Francisco Franco, Iósif Stalin o Ronald Reagan, están caracterizadas por un relativismo posmoderno de manual, que pone en solfa no solo la eficacia de las ideologías para honrar los anhelos personales, sino la importancia de la misma vida humana; abocada, a partir del descreimiento sobre su valor y una posible trascendencia, a lo que puedan procurarle el hedonismo y el azar.

Un discurso que afecta incluso a la articulación del propio relato, acogido a la máxima "quienes solo saben contar la verdad, no merecen ser escuchados" para justificar lo improbable de lo referido, y que en 2014 empieza a sonar periclitado. Si algo nos están enseñando los años últimos y convulsos que vivimos, es que no somos más libres por renunciar a tener una voz en el coro de lo real; otros ya se ocuparán de modular nuestro silencio a su conveniencia. Ser imbécil o hacérselo, renunciar a nuestro poder y nuestra responsabilidad para con nosotros mismos y lo que nos rodea, como hace Allan a lo largo y ancho de El abuelo que saltó por la ventana y se largó, no hace de nosotros sabios inconformistas, sino tontos útiles para el orden presente de las cosas.

La supuesta obsesión de Allan por los explosivos, que nunca llega a concretarse en deflagración, siquiera autodestructiva -al contrario de lo que lograba otro autista de ficción, el Jean-Baptiste Grenouille de El perfume, asimismo llevada al cine-, termina por erigirse en metáfora perfecta de un gran potencial echado a perder en nombre de la abulia conformista, lo que podría extenderse a la propia película: La novela de Jonas Jonasson no es que fuese un prodigio de complejidad y hondura, pero el trabajo sobre ella del guionista y director Felix Herngren apenas puede tacharse de funcional. La persistente voz en off de Allan; las frases sentenciosas aquí y allá de él mismo y otros personajes sobre la vida, en realidad lugares comunes dignos de hallarse impresos en la tapa de una caja de bombones; las maneras telegráficas de la narración; y la complacencia palpable de que hace gala el reparto, mucho menos gracioso de lo que se cree, hacen de El abuelo que saltó por la ventana y se largó una película que no deja la menor huella en el espectador, desechable. Lo que, bien pensado, aunque duela reconocerlo después de perder dos horas en su visionado, es coherente con la filosofía flácida que anima sus imágenes y animaba las páginas de Jonasson.

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