El País

Crítica: Reflexión sobre el drama

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El amor es más fuerte que las bombas

Lo mejor:
La película no es un drama más, sino una reflexión sobre la plasmación cinematográfica del drama

Lo peor:
Aun con su carácter experimental, la película no deja de responder a parámetros rígidos

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 04/03/2016
  • Director: Joachim Trier
  • Actores: Jesse Eisenberg (Jonah), Amy Ryan (Hannah), Rachel Brosnahan (Erin), Gabriel Byrne (Gene Reed), David Strathairn (Richard), Isabelle Huppert (Isabelle Reed), Ruby Jerins (Melanie), Megan Ketch (Amy)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, Dinamarca, Noruega, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Hay dos maneras de aproximarse a El amor es más fuerte que las bombas. Se puede apreciar sin más, y habrá tendencia a hacerlo, como uno de tantos dramas europeos que llegan a la cartelera a razón de uno o dos al mes, honrados previamente en certámenes decorosos y destinados a un público interesado por lo adulto, lo profundo, los misterios y las revelaciones que alberga la existencia. Como tal, el tercer largometraje del cineasta noruego Joachim Trier -del que también vimos en nuestro país el segundo, Oslo, 31 de agosto (2011)- se adapta a la plantilla a la perfección: ha sido programado en los festivales de Munich, Estocolmo y Cannes, cuenta en su reparto con una presencia tan icónica como la de Isabelle Huppert, y su argumento gira en torno a interioridades familiares que acontecen en un ambiente intelectual, artístico, civilizado: Pasados tres años de su fallecimiento, se celebra una exposición retrospectiva sobre la labor de Isabelle (Huppert), una fotógrafa de guerra; el evento reúne en el hogar familiar a su viudo, Gene ( Gabriel Byrne) y sus dos hijos, el adolescente Conrad (Devin Druid) -que intenta superar sin éxito el duelo sumiéndose en lo virtual- y el treintañero Jonah ( Jesse Eisenberg) -quien, a su vez, acaba de ser padre-.

 Nos hallamos ante la película ideal para que críticos ebrios de humanismo concluyan sus reseñas con dictámenes del estilo "drama sutil y de exquisita sensibilidad que reafirma, pese a todo, nuestra fe en el cine como medio". Ahora bien, dichas apreciaciones, no solo dejarían reducido El amor es más fuerte que las bombas a la condición de producto menos fílmico que ideológico, abocado a caducar antes incluso de que acabe la presente temporada; es que, además, errarían por completo el tiro. Como las anteriores realizaciones de su autor, la presente es menos un drama que una cavilación acerca de los mecanismos del drama; una película mucho menos cercana en espíritu a las que está planteando un contemporáneo de Trier como el danés Thomas Vinterberg - Submarino (2010), La caza (2012)- que a las firmadas en los comienzos de su carrera por el canadiense Atom Egoyan -El liquidador (1991), Exótica (1994)-.

 A Trier, como a Egoyan, no le interesa abordar las emociones y los sentimientos tal y como nos han acostumbrado a interpretarlos constructos expresivos codificados por un género -porque este tipo de cine es un género-. El director noruego aspira más bien a cuestionar y refundar ese aparato representativo; a interrogarse por la creación fílmica como exploradora de significados en nuestro mundo de hoy, tan refractaria a los mismos, y por el valor real de criaturas de ficción cuyas voces no son a menudo sino las impostadas por su demiurgo, un ventrílocuo.

 No es de extrañar que en su cine, y su nueva película no es una excepción, sean omnipresentes, tanto el suicidio como inquietante figura metafórica de la inmolación del artista en la pira de sus obsesiones, como los flujos de conciencia por parte de los personajes, que inciden en la cualidad fluida, ambigua, autorreflexiva, de sus imágenes. Gracias a una meticulosa alternancia de ensoñaciones, flashbacks, texturas visuales y requiebros narrativos, El amor es más fuerte que las bombas se constituye ante todo en discurso formal y metafísico: lo relevante no es que Gene, Conrad y Jonah lleven sus dramas particulares a buen puerto, que logren conciliarlos con los ajenos en el marco del relato; sino que este pueda alumbrar a partir de sus múltiples facetas un ramillete de sentidos coherentes. Sin embargo, Trier solo es capaz de conseguir todo esto a medias. En ocasiones, por abandonarse al estilo antes que a la composición de las formas. Pero, casi siempre, por su rigorismo discursivo. Quien haya seguido su filmografía hasta la fecha, sabe antes de verla qué va a expresar y cómo El amor es más fuerte que las bombas, y la previsión se cumple plano a plano.

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