Crítica: Reescribirse

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
El apóstata

Lo mejor:
Es raro toparse con una película tan ligera y con tal riqueza de matices a distintos los niveles

Lo peor:
No todas las escenas oníricas resultan igual de sugestivas

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 02/10/2015
  • Director: Federico Veiroj
  • Actores: Alvaro Ogalla (Gonzalo Tamayo), Bárbara Lenni (Maite), Marta Larralde (Pilar), Jaime Chávarri (Padre Quirós), Joaquín Climent (Padre), Juan Calot (Obispo)
  • Nacionalidad y año de producción: Uruguay, España, Francia, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Para hablar del estilo de Federico Veiroj, esa suerte de esencialismo -argumental y cinematográfico- sobre el que se proyecta la sombra de un sofisticado dispositivo audiovisual, siempre reacio a traicionar la errática ligereza de sus historias, bien podríamos aludir a la manera en que utiliza la música en Acné (2008), su notable ópera prima. Mientras Bregman (Diego Radzewicz) sobrevive a su confusa pubertad, la melodía que el protagonista ejecuta torpe y arrítmicamente en las clases de piano funciona a modo de banda sonora extradiegética de su estado anímico. Un recurso que encuentra continuidad en aquellos planos secuencia, melancólicos y jubilosos a la par, que en La vida útil (2010) siguen a Jorge (Jorge Jellinek) cuando este comprende que su mundo no ha desaparecido, sino que late aún dentro de él; o el suave lecho de herencias fílmicas y literarias del que emergen las imágenes de El apóstata, filme extraordinario sobre reescrituras improbables (o imposibles) que se alzó en el Festival de San Sebastián con el premio FIPRESCI y obtuvo la mención especial del jurado.

 Asimismo, Bregman es el paradigma del antihéroe veirojiano: transita la adolescencia desde la vergüenza de la infancia y el extrañamiento de una adultez por venir que se refleja, sombría, en el rostro alienado de sus padres. De igual manera, Jorge ha de asumir el final de una forma de entender y vivir el cine, representada por la Cinemateca uruguaya, para terminar reinventándose gracias a la memoria viva de lo extinto. Tal como sucede con el Gonzalo Tamayo (Álvaro Ogalla) de El apóstata, ambos se embarcan en un redescubrimiento de su hábitat a través de la concreción de sus necesidades afectivas. En todo caso, las metamorfosis relatadas en sus dos primeras películas nos llevan hasta su tercer trabajo, el más complejo y ambivalente en lo que se refiere a la elaboración de un discurso acerca del peso de la Historia en nuestra historia y la aceptación, o no, de la carga que supone.

 Gonzalo, treintañero cándido e inconstante, ha tomado la decisión de apostatar. Se trata menos de un acto de posicionamiento ideológico que de la necesidad de romper con un ayer, cultural y familiar, por el que siente un ostensible rechazo. Como si tal gesto le permitiera viajar en el tiempo y borrarse a sí mismo de la memoria de sus progenitores y del país que lo vio crecer, España. Esta resolución trastorna su entorno inmediato: su madre (Vicky Peña) se avergüenza manifiestamente de él, y ni su prima, Pilar (Marta Larralde), ni Maite ( Bárbara Lennie), la vecina de abajo, parecen preparadas para dejar fluir anhelos y sentimientos a su lado.

 El apóstata, rodada en Madrid, disfraza de narración vacua e intrascendente a una obra de inusitada riqueza que, además, supone un paso adelante en el quehacer creativo del cineasta. Y es que la magnética y densa atmósfera que envuelve las ensoñaciones -ya anunciada en la fantasiosa La vida útil- apunta hacia esa crisis del minimalismo, cada vez más evidente en el cine de autor contemporáneo, a la que se refería Ángel Quintana ("Ante la crisis del minimalismo", en Caimán. Cuadernos de cine, n.º 29, julio-agosto de 2014). Podríamos aproximarnos a El apóstata desde diversas perspectivas: como un retrato generacional que bascula entre lo ácido y lo luminoso; o, quizás, como aventura individual de tintes kafkianos en torno a la ruptura con un pretérito del que acaso solo podamos librarnos simbólicamente, al grito quijotesco de: "¡Yo soy quien digo ser!".

 Eso sí: no conviene obviar su talante multirreferencial (véase la entrevista publicada en Guía del Ocio), cuyo alcance trasciende el mero homenaje. Este punto nos conduce a una de las lecturas más estimulantes que nos ofrece El apóstata, pieza opresiva y divertida, amarga y extasiada: pese a la obstinación por resetear su ADN, Gonzalo sigue siendo un personaje claramente heredero de unas coordenadas culturales que se manifiestan, a ojos de los espectadores, a partir de los guiños y alusiones que incluso impregnan la escenografía. Cada uno debe decidir si, finalmente, prevalece el espíritu de Alonso Quijano o si Tamayo está condenado a reencontrarse, una y otra vez, con los "caballos perdidos" de Leo Maslíah.

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