El País

Crítica: Malick se descuelga con un complejísimo poema visual acerca de relación del hombre consigo mismo y con Dios entre genial y pretencioso

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
El árbol de la vida (2011)

Lo mejor:
Su portentosa intensidad visual

Lo peor:
La autocomplacencia new-age de su discurso

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 16/09/2011
  • Director: Terrence Malick
  • Actores: Brad Pitt (Sr. O’Brien), Sean Penn (Jack), Jessica Chastain (Sra. O’Brien), Fiona Shaw (Abuela), Hunter McCracken (joven Jack), Irene Bedard (Mensajera), Laramie Eppler (R.L.)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2011
  • Calificación: Todos los públicos

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Puede que no sea la película más ambiciosa de Terrence Malick (La delgada línea roja está, en ese aspecto, un punto por encima del resto), pero sí es la más arriesgada y sin ninguna duda la más íntima. Con el empaque de un poema visual desplegado con la cadencia y la musicalidad de una sinfonía que indaga, nada menos, en el sinvivir del hombre en la infructuosa persecución de lo divino, de lo trascendente,

Malick se desmelena desarrollando su ensayo en dos planos; el uno destripa las miserias de un adolescente acongojado por la autoritaria presencia de un padre inflexible, de un educador despiadado que secuestra su crecimiento condenándole a una madurez de incertidumbres, el segundo es un collage de imágenes que ilustran el poema susurrando preguntas acerca del atávico origen, entre estampas volcánicas, correrías de dinosaurios y paisajes paradisiacos en un intento de fotografiar el fin, que es el origen, trascendente de toda vida.

Malick se vuelve más y más místico con cada película que pasa; sus tres últimas películas hablan del hombre como grano de arena en un cosmos inasible en el que Dios es una presencia enigmática y conflictiva. El director de Malas tierras se afana en " El árbol de la vida (2011)" en intuir lo divino en las pequeñas cosas, a Dios en el filtro de luz de las copas de los árboles (acaso el plano más recurrente en sus tres últimas películas). Su última cinta habla sobre la vida y, sobre todo, sobre el miedo a la muerte, habla del perdón, de la redención a través del amor, de la libertad y de su opuesto, habla de jerarquías microcósmicas (la familia) que subvierten el orden y la armonía del macrocosmos.

El dolor por la pérdida, la soberbia, la ira y el rencor nos apartan del abrazo primordial a la Naturaleza, que como en La delgada línea roja y El nuevo mundo es raíz y destino, es, al fin y al cabo, la materialización sensorial de lo divino. "El árbol de la vida (2011)", decíamos, es más que una película un ensayo, un tratado audiovisual sobre la fragilidad humana frente a la providencia; un ejercicio de reflexión grandilocuente, brillante, sobrecogedor y en ocasiones autocomplaciente y pretencioso.

Malick filma con un dominio del tiempo y el espacio apabullante, con una destreza incontestable en la composición del plano, en la definición pictórica de los estados de ánimo. Pocas veces trató el cine con tan delicada sensibilidad el mundo de la infancia, pocas veces la asimetría de una relación disfuncional padre-hijo desde lo sutil, sin aspavientos ni manipulaciones dramáticas.

Pero también acusa "El árbol de la vida (2011)" una sonada tendencia a la dispersión metafísica, al ensimismamiento espiritual-trascendente. No encaja el precipitado marasmo adulto del adolescente adulto (Sean Penn) extraviado en las convenciones de cemento y cristal de la vida urbana; tampoco logra Malick clarificar sus propósitos en la digresión visual y en la abstracción new age de esas escenas que parecen robadas a un documental de National Geographic. El árbol de la vida (2011) es una película excesiva, en propósitos y resultados; bordea la genialidad a ráfagas para acto seguido ahogarse en el barroquismo de su discurso humanista y, por qué no decirlo, religioso. Es un Malick desbocado que intenta quizá volar demasiado alto.

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