El País

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Crítica: Vidas no tan distantes

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El cartero de las noches blancas

Lo mejor:
El uso de la cámara y de la fotografía digitales

Lo peor:
Algún que otro arrebato lírico

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 14/08/2015
  • Director: Andrey Konchalovskiy
  • Actores: Aleksey Tryapitsyn (Lyokha), Irina Ermolova (Irina), Timur Bondarenko (Timur), Viktor Kolobkov (Kolobok), Viktor Berezin (Vitya), Irina Silich (Sestra Tatyany), Yuriy Panfilov (Yura), Nikolay Kapustin (Kolya)
  • Nacionalidad y año de producción: Rusia, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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En el plano inicial de El cartero de las noches blancas, ganadora del León de Plata al mejor director en la última edición del Festival de Venecia, unas manos muestran a la cámara unas fotografías mientras la voz en off de quien las sostiene nos descubre que narran la historia de su vida. Después, manos e instantáneas desaparecen, la voz calla, y la pantalla se abandona al fondo contra el que se habían exhibido unas fotos con apariencia de ser auténticas: la estampa kitsch de un escenario natural. El cineasta ruso Andréi Konchalovski nos deja así muy claro desde el minuto uno la estrategia y las tensiones que conformarán su nueva película, la primera suya que se exhibe comercialmente en nuestro país -si exceptuamos la desastrosa producción familiar El Cascanueces en 3D (2010)- desde El círculo del poder (1991).

 Y es que El cartero de las noches blancas es un intento, en buena medida logrado, por otorgar a una forma de ficción estereotipada, el retrato de la Rusia profunda, el pulso de un tiempo tangible, aquel en que se ha rodado la propia película. Konchalovski recupera además con esta estrategia el talante que animó sus primeros largometrajes, gestados hace la friolera de medio siglo, tras los que se abocó a una filmografía casi incomprensible plagada de títulos de falso prestigio, producciones estadounidenses variopintas, y encargos. Diríase que Konchalovski ha pretendido también devolver al cine, a su cine, el contacto con la realidad.

 Para ello, brinda a la plasmación de unos pocos días en la vida de un cartero que ejerce su labor en una región desahuciada al norte de Rusia, una textura audiovisual propia del reportaje o el documental, a lo que contribuye el recurso a cámaras ocultas, la filmación en digital, actores no profesionales que aportan a sus personajes vivencias verídicas, y una sucesión de anécdotas que nunca se permiten traicionar el tono de lo costumbrista incluso cuando se apele puntualmente a la fábula, el realismo mágico, la comunión sublime con la naturaleza o la perspectiva subjetiva del protagonista, Lyokha (Aleksey Tryapitsyn). De esta manera, las inquietudes de este -que duda entre continuar distribuyendo la correspondencia en la zona deprimida donde ha transcurrido la mayor parte de su existencia o abandonarla para internarse en los modos y costumbres del siglo XXI- pasan a adquirir un carácter testimonial compartido por las reflexiones y cotidianidad de aquellos vecinos a los que Lyokha entrega o de los que recibe misivas y bienes de consumo encargados.

 En este sentido, El cartero de las noches blancas no se diferencia demasiado de una película de un compatriota de Konchalovski, Andréi Zvyagintsev, estrenada en España el pasado mes de enero: la desapacible Leviatán (2014). Aunque, a sus casi ochenta años, Konchalovski posiblemente no pueda ni quiera simular las inquietudes autorales que caracterizan a Zvyagintsev y, tal vez por ello, su esfuerzo por perfilar un panorama humano y social de la Rusia de 2015 adolece de aristas creativas y críticas explícitas. Sin embargo, que su mirada abogue por lo contemplativo, lo impresionista, en ocasiones lo humorístico; que en los últimos compases del film se rastreen los ecos de un clásico neorrealista como Ladrón de bicicletas (1948) y del realismo socialista -parte del presupuesto de la película fue sufragado por instancias públicas y Konchalovski es un superviviente nato-, son señales, en su conjunto, no tanto de una rendición, como de unos modos sutiles de combate. Para el espectador que sepa prestar atención, que no se deje llevar por el imaginario trasnochado que Andréi Konchalovski está jugando a deconstruir y reconfigurar cámara digital en mano, el comentario del director ruso sobre su país, sus grandezas y fantasmas y espejismos y miserias, tiene un signo obvio.

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