El País

Crítica: Operación Triunfo

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El chico del millón de dólares

Lo mejor:
Jon Hamm, un actor limitado, pero que siempre podrá ganarse la vida dando discursos motivacionales a ejecutivos desesperados

Lo peor:
Nos hallamos menos ante una ficción que ante una sesión de coaching

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 24/10/2014
  • Director: Craig Gillespie
  • Actores: Jon Hamm (JB), Pitobash (Amit), Suraj Sharma (Rinku), Madhur Mittal (Dinesh), Aasif Mandvi (Aash), Darshan Jariwala (Vivek), Lake Bell (Brenda), Alan Arkin (Ray), Bill Paxton (Tom House), Gregory Alan Williams (Doug), Allyn Rachel (Theresa), Tzi Ma (Chang), Bar Paly (Lisette)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: Todos los públicos

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Con Jerry Maguire (1996) como precedente, Oliver Stone supo darle un giro incómodo en su última gran película, Un domingo cualquiera (1999), a un registro tan estadounidense como el de las películas deportivas, epítomes de la superación personal ante la adversidad y de los valores morales que aspiran a definir la identidad colectiva de aquella nación. En los años previos al estreno de Un domingo cualquiera, las décadas de los ochenta y los noventa, este tipo de cintas se había convertido en un auténtico fenómeno local en la taquilla, con hitos como Hoosiers: más que ídolos (1986) y Campo de sueños (1989); hasta el punto de derivar en la articulación plena de un género, de unos códigos menos deudores de nuestra realidad que de sus propios rituales representativos.

Aunque después se han seguido realizando películas deportivas centradas en la pertinencia de los ideales comunitarios y las recompensas que procuran al individuo el sudor, la sangre y las lágrimas -véase sin ir más lejos la irónica Cuestión de pelotas (2007), ópera prima del director de El chico del millón de dólares, Craig Gillespie-, Un domingo cualquiera las hizo parecer anacrónicas al delatar que, en nuestro presente, el deporte se ha convertido en la máscara alienante de otro escenario mucho más competitivo, el capitalista, en el que dictan las reglas del juego los intereses mediáticos y especulativos. Los jugadores, de fútbol americano en la película de Stone, pasaban a ser gladiadores al servicio del pan y circo brindados al vulgo por los nuevos gobernantes, poderes fácticos que desde los palcos VIP hacían y hacen todo tipo de negocios al margen de la política representativa supuestamente al mando del timón social.

No es por ello casual que, en películas como Karate Kid (2010), Moneyball (2011) o La batalla del año (2013), tenga menos importancia el terreno de juego, del tipo que sea, que las bambalinas del mismo, donde los protagonistas se ven obligados a reinventarse para adaptarse a un escenario socioeconómico muy diferente a aquel que se había dado por sentado durante décadas, y que había tenido tiempo por tanto de generar una escala de valores trascendentes justificativa de los mecanismos sociales más útiles al entonces. Hay en este sentido en El chico del millón de dólares dos momentos notables, que el agente de deportistas J.B. Bernstein ( Jon Hamm, icono por otra parte de la cultura publicitaria gracias a la celebérrima serie Mad Men), vive significativamente frente a la televisión: uno es el visionado lacrimoso de El orgullo de los yanquis (1942), biopic clásico sobre el bateador de béisbol Lou Gehrig (1903-1941), que mostró el mismo pundonor durante sus trece años en el campo de juego que ante la esclerosis que le fulminaría cuando aún no había cumplido los cuarenta. El otro es una mirada calculadora sobre la edición del programa televisivo británico You´ve Got Talent en la que saltó a la fama la cantante aficionada Susan Boyle.

Obviamente, el modelo escogido por Bernstein para superar una época precaria como agente será el segundo, es decir, el primar los aspectos asociados a la sociedad del espectáculo y el oportunismo, sobre el rigor y la filosofía ligados a un deporte concreto. De esta manera, a partir de una historia verídica cuyos desarrollo y desenlace han sido mucho más problemáticos de lo que aquí se nos muestra, El chico del millón de dólares nos cuenta cómo a Bernstein se le ocurre transformar a dos jóvenes hindúes en celebridades del béisbol norteamericano, basándose simplemente en que saben lanzar la pelota con fuerza y en que han sido los vencedores de un concurso de talentos ...organizado en la India por el propio Bernstein.

Las imágenes, por tanto, no albergan ninguna moraleja épica, ni prestan atención a esos chicos sacados de su ambiente y convertidos en estrellas fugaces en los medios de otro país; su objetivo es concretar, sin apenas disimulos, una ficción corporativa que seguro estará proyectándose ya en muchas escuelas de negocio, sobre un emprendedor que sabe reciclarse como tal, adaptarse a las estrategias y el espíritu que exige un marco transnacional, y sacar ventajas competitivas de cualquier cosa o persona que le salga al paso. Y, en este aspecto, da igual que el espectador se sienta fascinado o asqueado ante lo que ve, El chico del millón de dólares no solo es efectiva; demuestra ser el reflejo perfecto de una de las compañías involucradas en su producción, Mayhem Pictures, especializada en auspiciar siempre la misma película deportiva, pero adaptada con ingenio al pulso de cada momento: El novato (2002), El milagro (2004), Invencible (2006)...

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