Crítica: Nunca volveremos a casa

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
El desafío (The Walk)

Lo mejor:
Pasar por la animación ha redundado en la libertad y virtuosismo del director

Lo peor:
Peca de literal en su escena culminante

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  • Género: Biográfica
  • Fecha de estreno: 25/12/2015
  • Director: Robert Zemeckis
  • Actores: Joseph Gordon-Levitt (Philippe Petit), Charlotte Le Bon (Annie), Ben Kingsley (Papa Rudy), Steve Valentine (Barry Greenhouse), James Badge Dale (Jean-Pierre / J.P.), Ben Schwartz (Albert)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Cuando la décimo séptima película ya de Robert Zemeckis se aboca a sus minutos culminantes, los que recrean casi en tiempo real la hazaña llevada a cabo por el equilibrista francés Philippe Petit un amanecer de 1974 -recorrer sobre un cable suspendido a cuatrocientos metros del asfalto la distancia que separaba las azoteas de las hoy desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York-, el espectador puede llegar a sentirse decepcionado. Al fin y al cabo, aunque realzan la secuencia unos efectos visuales impresionantes, culminación de un metraje previo en el que Zemeckis ha hecho gala de un virtuosismo espectacular y elegante, lo que presenciamos no dejan de ser imágenes enunciativas, empeñadas en honrar de manera tan literal el paseo por las nubes de Petit (interpretado por Joseph Gordon-Levitt), que requieren el abusar de su voz en off para que alcancemos a comprender todo el alcance espiritual de su aventura.

 Es el único momento en que El desafío queda a una altura creativa inferior que Man on Wire, el aclamado documental con el mismo argumento realizado por James Marsh en 2008. Marsh se centraba en la logística asombrosa que concretaron Petit y su equipo a lo largo de seis años para llegarse hasta la cúspide de los rascacielos gemelos y tender el alambre que recorrería el funambulista, así como en el carácter de este; un ser humano que, como el Timothy Treadwell de Grizzly Man (2005) o el Chris McCandless de Hacia rutas salvajes (2007), ha precisado de más espacios físicos y mentales que el común de los mortales, siempre en busca de esos momentos que Werner Herzog ha definido como de "verdad extática", conjurados en su caso en equilibrio sobre el vacío.

 A Zemeckis, en cambio, le interesa más durante el grueso de su película lo que representan las aspiraciones de Petit en tanto labor artística. El desafío se constituye en reflexión sobre el creador, el sentido de su obra, la interacción de la misma con el espectador. Una reflexión que, paradójicamente, adquiere pleno sentido en una de las escenas más intimistas: aquella en la que Petit es adiestrado por su maestro, el empresario circense Papa Rudy ( Ben Kingsley), en la práctica de la entrada en escena, retener la atención del público, despedir una actuación. En este sentido, el film juega, como otros recientes -véase La invención de Hugo (2011)-, a recuperar la ilusión en el espectáculo, la atracción de feria, el propio cine. Una ilusión teñida, todo sea dicho, de melancolía.

 No hay que olvidar que, Tras Polar Express (2004), Beowulf (2007) y Cuento de Navidad (2009), con las que trató sin éxito de reinventar el cine popular para la mirada digital, Robert Zemeckis ha vuelto tanto con El vuelo (2012) como con El desafío a la imagen todo lo tangible que permite el presente. Ambas siguen dando cuenta de un argumento perceptible en toda su filmografía: el encuentro con horizontes incógnitos que aportan nuevos mimbres a nuestra identidad y propician redescubrir el hogar. En la saga Regreso al futuro (1985-1990), Forrest Gump (1994), Contact (1997) y, quizás, Náufrago (2000), el talante de Zemeckis era optimista. Sin embargo, en sus dos últimas películas, parece haber comprendido la imposibilidad de conciliar el instante sublime, en el que somos uno con el cielo, y las obligaciones contractuales de nuestra existencia.

 En El vuelo, Whip Whittaker ( Denzel Washington) se veía obligado a renunciar a su yo para seguir aspirando a un lugar emocional en nuestro mundo. Mientras que el cobijo existencial del Petit encarnado por Gordon-Levitt resulta ser un espacio que, como todos sabemos, ya no es más que un fantasma de la historia. Las imágenes casi sacrílegas de El desafío prestan a ese fantasma una textura virtual de verosimilitud pasmosa. No recrean en el fondo la gesta de Petit. Pretenden devolvernos al escenario literal y metafórico donde aquella aconteció, ni mucho menos tan precario como el actual para el equilibrista, el cineasta, nosotros mismos. Zemeckis sabe desde el primer momento que para contemplar desde el hoy ese entonces, rozar con las yemas de los dedos ese tiempo hogar, ha de recurrir a una impostura; pero, durante dos horas, consigue que nos olvidemos de su artimaña; que tengamos fe en que hubo y hay aún algo sólido en base a lo que columpiarse: "el arte es la magia liberada de la mentira de ser verdad" (Theodor W. Adorno).

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