El País

Crítica: La fantasía en tiempos del capital

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha: 06/02/2015
El destino de Jupiter

Lo mejor:
Los fans de los Wachowski podrán agarrarse a algunas cosas para salvar la película.

Lo peor:
Los detractores de los Wachowski podrán agarrarse a muchas cosas para cargarse la película.



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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 06/02/2015
  • Director: Andy Wachowski, Lana Wachowski
  • Actores: Mila Kunis (Jupiter Jones), Channing Tatum (Caine), Sean Bean (Stinger), Gugu Mbatha-Raw (Famulus), Douglas Booth (Titus), Eddie Redmayne (Balem), Tuppence Middleton, Christina Cole (Gemma Chatterjee), Terry Gilliam, Maria Doyle Kennedy (Aleksa), James D´Arcy, Vanessa Kirby (Katharine Dunlevy), Doona Bae
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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A la hora de escribir estas líneas, aún no está del todo claro que El destino de Jupiter vaya a ser el fracaso de público y crítica que anticipaban el retraso en su fecha de estreno y la tibia recepción a sus tráilers y otros avances. En cualquier caso, si se cumplen los peores presagios, será posiblemente el último cartucho de que hayan dispuesto Lana y Andy Wachowski para recuperar el crédito en la industria estadounidense que consiguieron hace ya demasiado tiempo con la soberbia Matrix (1999) y sus secuelas, y que ha ido menguando a lo largo de los años con Speed Racer (2008), divertimento alucinógeno para niños del siglo XXII, y la co-producción con Alemania El atlas de las nubes (2012), drama de época(s) visionario que habrían sabido apreciar los votantes a los Oscar del siglo XXIII.

El destino de Jupiter es un intento obvio de los hermanos Wachowski por lograr de una vez otro éxito, aunque traten al mismo tiempo de subvertir el registro de moda a que se acogen: la fantasía desmesurada y autocomplaciente, idónea para ninis, sobre elegidos para el poder y la gloria que, cuando arranca la ficción de turno, no son sino el común de los mortales, cuando no supuestas víctimas de mobbing por parte de la cotidianidad. En la nueva película de los Wachowski, la princesa destronada es Jupiter ( Mila Kunis), hija de una viuda rusa exiliada en Estados Unidos, que se gana el sustento ejerciendo con su madre como limpiadora en hogares acomodados de Chicago. La vida rutinaria y sacrificada de Jupiter, escobilla de water en mano un día sí y otro también, da un vuelco cuando hace acto de aparición Caine Wise ( Channing Tatum), un experto combatiente alienígena que la rescata de una muerte segura y la introduce en un culebrón de alcance galáctico en torno a tres hermanos depravados que se disputan la posesión de la Tierra y la explotación de sus habitantes.

Si el espectador no tiene ganas de complicarse la vida, El destino de Jupiter le puede entretener hasta cierto punto como mezcla de cuento de hadas de toda la vida, romance actual para adolescentes, space opera llena de efluvios glam –la banda sonora de Michael Giacchino hace de la película en muchos momentos una ópera rock– y, por supuesto, espectáculo conjugado en base a efectos visuales y sonoros abrumadores y sin sentido estético de la medida. En este aspecto los Wachowski siempre habían sido revolucionarios; más, incluso, por cuanto se remitían sin disimularlo a imaginarios populares que absorbían, cohesionaban y resignificaban de cara a su propio discurso como autores y una concepción del cine sin miedo al qué dirán. Sin embargo, por vez primera en su filmografía, El destino de Jupiter adolece de imágenes, aunque impactantes en ocasiones, derivativas en líneas generales, en las que es más fácil encontrar ecos de un cine pasado que hallar pistas de otro futuro.

Imágenes incapaces además de sublimar las nefastas interpretaciones de Mila Kunis y Eddie Redmayne; lo arbitrario y flácido de la historia de amor entre Júpiter y Caine; un humor pueril empleado en los momentos más inconvenientes (al contrario que en Speed Racer, película al fin y al cabo infantil); un contraste horriblemente ejecutado entre lo terrenal y el sense of wonder; una narración reiterativa, y torpísima a la hora de suspender nuestra incredulidad; y una apuesta por crear un universo fantástico de vastísimo espectro, susceptible por supuesto de expandirse a través de videojuegos y cómics y novelas, que se da de bruces con el hecho de que todo se decide entre cuatro gatos que van y vienen por otros tantos escenarios, en plan menos space opera que soap opera.

Lo triste de una película que llega a caer en varias secuencias en el ridículo y la vergüenza ajena, indigna de los creadores de El atlas de las nubes, una película que aboca a los Wachowski a cierto callejón sin salida, es que, como habíamos apuntado, continúa albergando las ideas que han hecho de ellos una referencia apasionante, crítica, del cine contemporáneo, le pese a quien le pese. No es casual que en un delirio escapista como el que se nos brinda en apariencia, que los amantes del guiño-guiño codazo-codazo celebrarán como apoteosis del kitsch y el-niño-que-aún-llevan-dentro, tenga papel subrepticio Terry Gilliam, en un fragmento que delata los entresijos burocráticos y mercantilistas del imaginario fantástico al que Júpiter ha sido abocada en virtud de los sueños megalomaniacos de su padre (un detalle que liga El destino de Jupiter a Interstellar). Como en las anteriores películas de los Wachowski, la rebelión inicial de Júpiter contra un orden de las cosas que percibe como jaula, da paso a la constatación de que todo lo que está por encima, incluyendo nuestras ansias inmaduras de progreso y victoria, también nuestro consumo cual droga de la cultura de masas y, más concretamente, de un cine escapista como el que ellos mismos realizan, está programado, al servicio del sistema. En nuestro presente, de un capitalismo que nos seduce ofreciéndonos no ya productos tangibles, sino una mentalidad que hace que lo intangible, las relaciones personales, se definan cada vez más por modelos económicos y políticos de negociación e intercambio, hasta el extremo de convertir los anhelos, las emociones, nuestra propia condición, en mercancías, como han analizado Eva Illouz y otros ensayistas.

Las monstruosas intenciones en esa línea del villano Balem Abrasax (Redmayne) son puestas de manifiesto en una reflexión final en voz alta perfectamente equiparable a las que enunciaban El Arquitecto (Helmut Bakaitis) en Matrix Reloaded (2003) y Matrix Revolutions (2003) y el empresario automovilístico Arnold Royalton ( Roger Allam) en Speed Racer. La rebelión auténtica de Jupiter, por tanto, tendrá menos que ver a la postre con materializar sus fantasías compensatorias, que con aceptar su condición de habitante a la intemperie del desierto de lo real, lucidez que constituirá el primer paso para una emancipación digna de tal nombre. Lástima que reflexiones tan fascinantes haya que rebuscarlas en un corpus de imágenes sumisas, propias de quien tiene pánico a perder una posición ilusoria en un escenario, en el mercado. Como casi todos los artistas, Andy y Lana Wachowski no están haciendo películas sino sobre sus propios dilemas como creadores. A veces, como en El Atlas de las Nubes, esos dilemas se concretan como emocionantes cantos a la libertad. Otras, véase El destino de Jupiter, como elegías a las manos atadas.

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